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La torre de Babel

Julio César Londoño

06 de marzo de 2015 - 08:56 p. m.

La construcción de una torre que llegue hasta el cielo no fue una ocurrencia aislada; es un proyecto recurrente.

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Aparece en la mitología mejicana (pirámide de Cholula), los karen de Birmania, los mikir tibetanos, los isleños del archipiélago del Almirantazgo, los zambeses, los bambala del Congo, los ashanti y otros pueblos, todos de llanura, porque nadie que viva cerca de los Andes, o del Himalaya, digamos, se anima a construir rascacielos.

Para construir babeles hay que ser ingenuo, o llanero, o delirante, y vivir en un tiempo donde el cielo sea bajito, no como ahora, cuando la tierra nos queda estrecha y el cielo alto.

Es pertinente recordar que a Jehová no le pareció ingenuo el edificio que levantaban los hombres en la llanura de Sinar. Algo lo impresionó cuando inspeccionó las obras. Quizá fue la profundidad de las excavaciones, o el área de las zapatas, o la dureza de los ladrillos de barro cocido al fuego, o la utilización de betún de Judea en lugar de argamasa. Lo cierto es que saboteó el proyecto confundiendo las lenguas de los albañiles, en vez de permitir que la torre se hundiera por el infinito peso de su infinita arrogancia... Bueno, también pudo haber allí un sentimiento humilde: construir una escalera para llegar a los pies de una divinidad amada, invisible y muda.

“El silencio de los espacios siderales me espanta”, blasfemaba Pascal. “Como Dios en la tierra no tiene amigos, como no tiene amigos anda en el aire”, blasfemaba Alejandro Durán.

La torre pudo ser también la cifra de una invitación. No una escalera para subir al cielo sino una invitación para que los dioses bajaran.

Como nadie ignora, el proyecto fracasó, pero Jehová no salió ileso. Con las muchas lenguas y los muchos pueblos originados por la babélica diáspora, nacieron también muchos dioses, y el Dios único perdió rebaños ingentes.

En La búsqueda de la lengua perfecta, Umberto Eco señala una distracción del Espíritu: en Génesis 10,5 se lee: “... Estos son los hijos de Jafet, según sus prosapias, lenguas, linajes y países”. ¡Es decir que ya había diversidad de lenguas antes de Babel (Génesis 11) y, en consecuencia, la torre de Babel es una leyenda apócrifa, o la maldición divina un decreto redundante! Para castigar su audacia, Jehová condenó al profesor italiano a nadar en oro, “el estiércol del Demonio”, y a hablar una lengua oscura, la semiótica.

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Estas reflexiones me las inspira un ensayo de Juan Benet, el ingeniero que hace una espléndida lectura de La torre de Babel (1653) de Peter Brueghel el Viejo, “el primer cuadro europeo donde el protagonista es un edificio y la anécdota pasa a un segundo plano”. En unas pocas páginas, Benet interroga la pintura, la arquitectura y el mito, con una prosa semejante a la de François Jacob y un humor capaz de dibujar una sonrisa en los labios de la irascible divinidad del Antiguo Testamento.

Por alguna misteriosa razón, soberbio como la torre misma, Benet no cita a Kafka. Que no cite a Chesterton, vaya y venga, pero ignorar al gran experto checo en megaproyectos es algo que quizá sólo pueda explicar el psicoanálisis. Nadie puede hablar del delirio y atisbar construcciones infinitas sin pararse sobre los hombros de quien dijo: “Lo esencial de la empresa es el pensamiento de construir una torre que llegue al cielo. Lo demás es del todo secundario. Ese pensamiento, una vez comprendida su grandeza, es inolvidable: mientras haya hombres en la tierra, existirá también el imperioso deseo de terminar la Torre”. (Franz Kafka, El escudo de la ciudad).

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Las Torres Gemelas, las Petronas, el Burj Khalifa, la Shanghai Tower… son vertiginosas demostraciones de que el orejón de Praga tenía razón.

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