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La vaca, la lógica y el pastor

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Julio César Londoño
19 de marzo de 2016 - 02:00 a. m.
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Entre las leyes del mundo hay unas férreas, como las que rigen la física y la matemática; leyes “porosas”, como las del caótico mundo de las ciencias sociales; leyes “embudo”, como las de la banca, y leyes definitivas, como la de Voltaire: “He llegado a la conclusión de que las leyes naturales se cumplen a veces sí y a veces no”.

También podemos dividirlas en “famosas”, como la ley de la gravedad, o “discretas”, las que nadie conoce. Veamos algunas.

Ley de Max Kleiber, o “la escala de la cuarta potencia negativa”: la vida de un animal es proporcional a la raíz cuarta de su masa. Por ejemplo: la vaca tiene una masa mil veces mayor que la de una rata, y vive 5,6 veces más (la raíz cuarta de 1.000) que la rata. Las consecuencias de esta ley son extraordinarias: en todos los animales, el producto de la masa por la frecuencia cardiaca es constante. Es decir, a mayor masa, menos latidos por segundo. El corazón del colibrí late 100 veces más rápido que el de un hombre, y vive 100 veces menos. El número de latidos del corazón es el mismo en todas las especies. Algunas los gastan rápido, otras lo hacen más lentamente. Así, es muy probable que resulte exacta la Ley de Gabo: “Uno nace con los polvos contados”.

De las tres leyes de Darwin, solo la primera es popular: 1. Todos los cambios de los seres vivos son debidos a la selección natural. 2. Son muy pequeños (el cuello de la jirafa, digamos, no puede explicarse por selección natural). 3. Y se producen por azar. La evolución no tiene norte ni programas ni “diseños inteligentes” ni propósitos de perfección. Funciona a punta de ensayo y error.

Cuando se ponen metafísicos, los físicos de partículas hablan de una “ley de extrañeza” (no la comentaré aquí por falta de espacio… en mi cabeza, se entiende).

La “ley de las iglesias cristianas” es una conclusión obvia. Ávidos de diezmos, los pastores la adoran: “primero se acaba la aguamasa que los marranos”. ¡Aleluya!

“La ley de Piglia” pertenece al orbe literario. Asegura que todos los grandes cuentos cuentan dos historias: la explícita y la subterránea. Es parienta de “la teoría del iceberg”, de Hemingway: el texto, la parte visible, está sostenido en un silencio elocuente, la parte sumergida, lo que el autor calla, lo que sugiere entre líneas. La diferencia estriba en que Piglia se refiere a dos historias en un mismo cuento. Hemingway, al pudor y la eficacia de la elipsis. Bueno, esto es lo que dicen los técnicos. Yo, y Monterroso, pensamos que en literatura no hay nada escrito.

La piedra angular de la filosofía aristotélica es conocida como “el principio del tercero excluido”: nada puede ser y no ser al mismo tiempo. Una cosa es blanca o negra, no hay tercera opción. El que no está conmigo está contra mí, no hay lugar para una tercera posición. Así razonaban, y razonan, los sátrapas y los moralistas, e incluso los hombres de ciencia hasta los años 30 del siglo pasado, cuando apareció la lógica borrosa y fue la luz. Comprendimos entonces que el blanco y el negro solo eran los extremos de un vasto espectro de grises; que una proposición podía ser falsa y verdadera a la vez, como el famoso cretense que miente cuando es veraz y franco cuando miente; como la historia, que debe compulsar diversas historiografías. Como los pueblos, que deben conciliar narrativas antagónicas.

La lógica borrosa es una herramienta cotidiana hoy en el gabinete del humanista y en los laboratorios de la tecnología digital. Su postulado central es audaz y discreto a la vez: una cosa puede ser y no ser a la vez.

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