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Las ‘n’ ventajas de ser hombre

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Julio César Londoño
26 de junio de 2010 - 03:05 a. m.
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LAS CUALIDADES DE LAS MUJERES saltan a la vista.

Y no me refiero sólo a las que resaltan demasiado sino también a otras más sutiles, como la intuición, esa operación que desafía al racionalismo. La mujer piensa más rápido y en varias cosas al tiempo gracias a la muy buena conexión interhemisférica derivada de la mejor conductividad eléctrica del cuerpo calloso de su cerebro. Nadie discute su inteligencia emocional, su habilidad social y su fortaleza sexual, ni esa inteligencia cinética que les permite a las niñas bailar cuando los niños apenas están aprendiendo a caminar, ni sus habilidades artísticas para diseñar, decorar o dibujar sin necesidad de asistir a escuelas. El lenguaje, quién lo duda, es femenino. No hablo, claro, del lenguaje de la ciencia: plano, lacónico, masculino, sino del lenguaje de cada día, el del bar y el de la oficina, el del costurero, la calle y el convento: lenguas facundas, hiperbólicas, digresivas, redundantes, picantes, sesgadas, cadenciosas y dicharacheras, como ellas.

Pero tienen una gran debilidad, algo que las acosa desde siempre, los hombres. A juzgar por las portadas de las revistas femeninas, los dos grandes interrogantes de las mujeres son: a) por qué los hombres son unos cerdos repugnantes. b) qué hacer para atraerlos.

La conclusión evidente es que, cerdos y todo, somos irresistibles. ¿Por qué? En una reunión de amigos hicimos un listado de las ventajas de los hombres y encontramos estas razones. El lector encontrará aquí chistes viejos, guachadas y lugares comunes, sí, pero también algunas verdades incontrovertibles.

Entre las razones prácticas, encontramos: nuestras charlas telefónicas duran treinta segundos. Puedes estar bañado y listo en quince minutos, sentarte con las piernas abiertas sin importar lo que lleves puesto, irte cinco días de vacaciones con una sola maleta y conseguir ropa interior de $20.000 por un paquete de tres. Todo lo que tienes en la cara es de color natural, y los mecánicos te cobran menos.

Las relaciones entre hombres son tranquilas: puedes apostar al que arroje el chorro más lejos. A nadie le importa si tienes 35 años y eres soltero. Tus amigos no te celan y los tiene sin cuidado si has subido o bajado de peso. Nunca les da por probar tu postre ni te piden prestadas las camisas. Puedes burlarte del que no está y nadie le irá con el chisme. No tienes que alabarles el traje ni estás obligado a llevarles un detalle cuando los visitas. Con un amigo puedes ver televisión en silencio total sin pensar: “¿Estará enfadado conmigo?”, y te importa un carajo si nadie nota tu nuevo corte de pelo.

También tenemos ventajas en lo laboral: nos pagan mejor (es injusto pero es mejor). La forma de tus nalgas no es un factor clave en las entrevistas de trabajo. La gente nunca le echa miraditas a tu pecho mientras hablas. Que te caiga mal una compañera de oficina no impide que puedas tener un buen “cuerpo a cuerpo” con ella. Cuando haces amigas no tienes que estar pensando si están contigo sólo porque estás “bueno”, y si lo único que quieren es acostarse contigo.

También salimos bien librados en nuestras relaciones con ellas. Para empezar, todos tus orgasmos son reales. Unas flores remedian todas tus embarradas. El control remoto es todo tuyo. Tres pares de zapatos son suficientes, y ninguno tiene que ser fucsia. No tienes que cargar una cartera llena de maricadas a todas partes, y para aceptar una propuesta indecente no tienes que pensar si tienes rasuradas las piernas.

Pero sobre todo, ser hombre es maravilloso porque en lugar de andar con esos orangutanes cuadriculados, psicorrígidos, monotemáticos y prepotentes con que andan ellas, nosotros salimos con criaturas inteligentes, diversas, flexibles, cadenciosas, fragantes y llenas de gracia, ¡las mujeres!

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