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Todos los mundiales tienen al menos un suceso memorable. En Brasil 2014, el suceso fue la eliminación de Brasil por Alemania, 1-7, la peor tragedia desde el «maracanazo» de 1950. En Rusia 2018, un «palo» histórico: la Croacia de Luka Módric salió subcampeona cayendo ante Francia 2-4. En Catar 2022 vimos el intenso 3-3 de Argentina-Francia al final de los 120 minutos de juego y luego los penales que le dieron la copa a Argentina. También fue la comprobación de que el torneo era una «cosa nostra» muy paradojal: montañas de oro para comprar la sede del Mundial, y salarios de miseria para los migrantes que construyeron los estadios.
Lo bueno. Los equipos chicos animaron el torneo: Egipto le pegó un susto a Argentina. Cabo Verde clasificó invicto en la fase de grupos y fue eliminado por Argentina en el alargue tras un vibrante 2-2. Noruega, ausente de los mundiales desde 1998, llegó a los cuartos de final de la mano de «la máquina» Erling Haaland y eliminó a Brasil, que completó seis copas sin llegar a la final, la peor racha en la historia del gigante del fútbol de selecciones. El papel de Colombia fue aceptable. Llegó en el puesto 13 del ranquin FIFA y terminó en el 11. Gustavo Puerta fue la revelación del equipo. Los dioses le dieron la espalda a Lucho. Suiza nos cerró todos los caminos y nos mandó a casa en los penales.
Lamine Yamal no mostró todo el potencial que despliega en el Barça, su serena plasticidad, su finta hacia el fondo por la punta derecha para luego enganchar hacia adentro, disparar con la zurda desde fuera del área y poner la pelota, con una «rosca» endemoniada, en el vértice superior del segundo palo. Pero pesó en lo futbolístico y en lo político: cuando anotó ante Arabia, celebró el tanto dibujando con sus dedos el 304, el código postal de Rocafonda, el barrio obrero donde se crio, en un pueblo que la ultraderecha española sueña con bombardear porque está lleno de migrantes africanos. Ante tantos superastros adultos y dóciles frente al poder, conmueve el carácter de este joven de 19 años.
La actuación de España, especialmente en los dos últimos partidos, fue magistral. Borró del campo a dos rivales tan temibles como Francia y Argentina. Ante España, Francia lució como un equipo de la B. Aunque hombre por hombre Francia era más fuerte, como equipo España fue muy superior. El juego ante Argentina fue tan desigual que el partido resultó soso, una final aburridísima, una «herradura» que se jugó casi todo el tiempo en territorio argentino. Baste, para resumir el partido, este dato: Argentina no hizo ningún tiro al arco en los 120 minutos de juego.
Lo feo. Con un esquema mezquino («dos bloques bajos» dijeron los analistas) Paraguay eliminó a Alemania por penales y le enredó el partido a la talentosa selección francesa.
Los árbitros parecían argentinos. En el partido Argentina-Egipto, el Var descubrió una supuesta falta, ocurrida 80 metros atrás, para anularle un gol a Egipto, y luego el árbitro desestimó una falta en el área contra el egipcio Mohamed Salah sin siquiera consultar el VAR. En el partido contra Cabo Verde, el árbitro ordenó el cobro de un tiro libre cuando el arquero Vozinha apenas estaba ubicando la barrera desde su palo derecho. Pero Vozinha, el mejor arquero del mundial, corrió y luego voló hasta el ángulo superior izquierdo y desvió el buen cobro de Messi.
Pero la «tapa» del ridículo estuvo a cargo de Trump, «el VAR del var», que le ordenó a Infantino anular una tarjeta roja para que la estrella estadounidense Folarin Balogun pudiera jugar contra Bélgica. Con todo y Balogun, Bélgica ganó 4-1. Es la primera vez que Trump intercede por un negro. Ahora quiere poner a Infantino en la secretaría de la ONU, quizá para que bendiga las operaciones militares de Israel y Estado Unidos en Irán y Gaza. No me extrañaría que mañana infiltre al famoso calvo en el Vaticano para controlar al incómodo León XIV.
Lo triste. Debió ser un gran mundial, una fiesta a la altura de esa constelación de ensueño que le decía adiós a los mundiales: Cristiano, Módric, Messi, Neymar, Manuel Neuer, Riyad Mahrez. Pero el exceso de equipos, las «pausas de hidratación», las maniobras chapuceras de Infantino y Trump y el altísimo nivel de España arruinaron la fiesta.
