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Los días impares

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Julio César Londoño
09 de agosto de 2013 - 11:00 p. m.
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Hay días aciagos (casi siempre impares).

Uno se levanta y no sabe si desayunar o suicidarse, o seguir una dieta macrobiótica, o hacerse Krisna, adoptar un credo cristiano, tomar clases de mandarín medieval, ser león o rotario o comprar la colección de Paulo Cohelo o los discursos de Angelino; o emprender un crucero con la señora, los rotarios y un grupo de pastores cristianos; o mejor: sacar una póliza para adquirir un combo que los comprenda a todos: la dieta, los credos, las colecciones, las lenguas y el crucero.

Mi analista dice que todo es cuestión de litio; que por eso me deprimen tantas cosas: la Navidad, o la apoteósis de los niños, de los insufribles niños. La gente que escupe en la calle. Los que tiran papeles. La música trance. Juanes, guasca-pop, mitad divo, mitad gamín. El verbo plasmar. La expresión “soy una persona realizada”. Los Concejos Municipales. Los consejos. La junta de inquilinos. Las trasmisiones radiales. Los que no pueden pronunciar dos frases seguidas sin invocar a Jehová tres veces. Los pastores vociferantes (también los de voz meliflua). Los que en todo –la tanga, el número 666, las torres gemelas, el Sida, los ciclones– ven signos satánicos. Los libros del Fondo de Cultura Económica: hasta Las mil y una noches se vuelven pesadas cuando las publica esa prestigiosa editorial. Los textos a doble espacio. Los pies de página largos. Los tragos cortos. La numerología (la altura de la pirámide de Keops multiplicada por 8 y dividida por 9 es igual a pi-catorce-dieciséis). Las locas fariseas (Galat & Ordoñez). Las pitonisas, como Walter Mercado (¿es una astróloga disfrazada de Michael Jackson o una gorda con ínfulas de drag queen?). Las fresas con crema de leche (tiene más sabor Nhora Puyana de Pastrana). Los bafles en los andenes. El perifoneo. La tarde del domingo, ya maculada por la inminencia del lunes. Los pedófilos. La palabra pedófilo. Los que empastan sus colecciones de El Tiempo o Semana. La gente que interrumpe. Las empalagosas velas de incienso, la música ambiental y los televisores públicos. La parentela de la cónyuge. Los cuentachistes. Don Jediondo. El mal aliento. Tropezar. Las cadenas de mailes. Vargas Llosa, vida y obra. Otto Morales, sus decenas de intactos volúmenes. Fernando Botero, su insípida y previsible superproducción. Las mayúsculas fijas. Las márgenes mezquinas. Las uñas largas y/o decoradas. El habla puertoriqueña. La gente que da la mano sin mirar a los ojos. El tomate de árbol. “Los amantes del arte”. Las personas que desconocen la duda. La televisión peruana. La televisión.

También hay cosas que me gustan, por supuesto. La voz de una mujer en la mañana del domingo (incluso la voz de la cónyuge). El olor del café y los periódicos. Ciertos recuerdos. La elegante plasticidad del gato. El ajedrez y la conversación. Las versales, esas mayúsculas leves. El sexo, “abismo de la razón”. El caminao “como de garza recién posada” de Silvia Corzo. El tamarindo y las mandarinas. Las palabras tamarindo y mandarina. Las obras que Borges escribió sin colaboración. La prosa de Juan José Arreola. Los ensayos de François Jacob, luminosos frescos del pensamiento. El amor, “que nos permite ver a los otros como los ve la divinidad”. Enero, el mes que no nos obliga a la felicidad. El vino compartido. Los quioscos de revistas, que lo prometen todo y no entregan nada. Las auroras boreales. Los dolores espirituales moderados. Los días grises y sus grietas eléctricas. El olor de las librerías. El de la cebolla frita. La hospitalidad de los pobres. El minucioso arroz. La manera como resbala el balín del bolígrafo sobre papel periódico. La serenidad de los viejos e incluso yo, algunos días pares.

 

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