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En los últimos 75 años los países más desarrollados de América Latina han tenido una saludable alternancia de gobiernos de izquierda y derecha. Así ha sucedido en México, Brasil, Uruguay, Argentina y Chile. Mientras inventamos nuestro propio ornitorrinco chino, la alternancia es lo mejor: gobiernos de derecha que privilegien la economía de mercado y destapen los torcidos de la izquierda, seguidos por gobiernos de izquierda que pongan el énfasis en lo social y destapen los torcidos de la derecha.
Colombia no tuvo esta suerte. Aquí la única alternancia fue entre liberales y conservadores, dos partidos tan semejantes que terminaron desteñidos en ese caldo de babas fucsia de los Gaviria, Uribe, Pastrana… saurios que hoy le menean la cola a cualquier outsider y cuyos rugidos acatarrados ya no alebrestan a nadie.
La izquierda civil fue excluida siempre (recordemos el caso emblemático del Frente Nacional). Con mayor razón se excluyó a la guerrilla. Al principio se la despreció por ser comunista y luego se la acusó de abandonar los nobles postulados comunistas. Sin embargo, el Estado le aventó a la Unión Patriótica una jauría de 3.000 sicarios por la sospecha de que seguían abrazando esos nobles ideales.
En esta aldea jurásica, la irrupción de un gobierno de izquierda tenía que caer muy mal, es comprensible. Un guerrillero en la Casa de Nariño es algo tan insólito como ver a Esperanza Gómez en el púlpito. Para completar, pusieron una negra en la vicepresidencia, un negro en Washington y una muchacha plebeya en la Cancillería, ¡donde siempre hubo personas mayores y muy distinguidas, alguien del linaje de los Santos-Holguín-Pombo-Urrutia & Brigard! Te pasaste, Gustavo Francisco.
Si exceptuamos el color de la piel y los apellidos, el Gobierno del Cambio fue moderado en las formas y en los contenidos.
Recordemos el discurso de posesión del presidente y su primer gabinete, que fue plural hasta diciembre de 2022, cuando Cecilia López, Alejandro Gaviria y José Antonio Ocampo le pegaron tres puñaladas traperas al presidente en las escalinatas del Capitolio.
Sus reformas fueron audaces, plantearon cambios estructurales para resolver problemas estructurales, pero respetaron siempre los postulados del modelo «economía social» del sistema capitalista.
El presidente utilizó un lenguaje rudo solo desde mediados del 2023. Lo hizo para ponerse a tono con la rudeza del establecimiento, y porque entendió que un lenguaje tibio podía confundir al pueblo y dejar sin empleo a Fajardo. Cuando necesitó decir que los empresarios eran mezquinos, dijo «los empresarios son mezquinos».
La reacción del establecimiento fue más ruin y monolítica de lo esperado. La extrema derecha repitió (y repite) la cantinela de que seremos como Venezuela, incluso hoy, cuando Venezuela es el singularísimo Estado 51 de los United States of America.
Aquí no hay sorpresa alguna. ¿Qué podíamos esperar de Los Trizas, esa facción que le dijo «No» a la paz?
El centro y la derecha se concentraron en denunciar los errores del gobierno, que fueron muchos, es innegable, y en torpedear cualquier posibilidad de acierto.
Todas las reformas fueron rechazadas o mutiladas, excepto la reforma laboral, que fue criticada durante dos años… hasta que el Senado aprobó un articulado casi idéntico a la propuesta del Gobierno; y el salario mínimo, que fue una «hecatombe» desde diciembre hasta febrero, cuando el establecimiento en pleno comprendió de manera súbita que dos millones de pesos era una suma apenas justa.
Y desde todos los puntos del espectro (el centro, la derecha, la para-derecha e incluso viejos aliados de centro-izquierda) se disparó día y noche contra el Gobierno y contra todas sus iniciativas.
Se alegó que atender los desastres naturales no era muy urgente, que las leyes de financiamiento solo financiaban la corrupción y que los subsidios a los viejos y a los estudiantes eran maniobras políticas del presidente, dijeron los políticos de la oposición, como si un presidente o cualquier político pudiera hacer algo que no fuera político.
Tampoco les gustó el pago para los médicos residentes ni para los aprendices del Sena ni para ese estamento que dicen amar, las Fuerzas Armadas. Sobre la reforma a la salud, repiten de manera incansable que este gobierno arruinó el Sistema Nacional de Salud, el mejor del mundo; gritan que a Kevin lo mató el Gobierno y repiten la caricatura del chu-chu-chu, como si esta onomatopeya fuera la prueba reina de la perversidad del presidente, y fingen ignorar que el chu-chu-chu de las EPS es una tragedia crónica, denunciada ya por todos los presidentes de los últimos 32 años (con la obvia excepción de Uribe, padre del engendro).
Claro, uno entiende la furia del establecimiento contra un gobierno que entrega cientos de miles de hectáreas a los campesinos, que termina su periodo con cero falsos positivos, que insiste en el insólito sermón de que debemos cuidar el agua y el aire, que critica el imposible aritmético del crecimiento infinito en un planeta finito y que, para rematar, le tiende la mano al submundo del negro, el indio, el campesino y el pobre. Lo volviste a hacer, Gustavo Francisco.
La suerte de un nuevo periodo de gobierno del Pacto Histórico es incierta: puede patinar otros cuatro años en su brega contra el establecimiento, es verdad, pero también puede afinar los cambios sociales que viene haciendo y que el país demanda con urgencia. Un regreso de la política tradicional, en cambio, solo tiene un destino, la vuelta al pasado, a lo que siempre han hecho ellos: dedicarse a sus negocios, a la orgía de la guerra, a concentrar aún más la riqueza, mantener el Gini general por encima del obsceno 0,54 y el Gini de tierras de 0,89 –o sea que estamos a once centésimas de que todo el país sea un enorme latifundio.
Un Gobierno que tiene a todo el establecimiento en contra debe estar haciendo bien las cosas, piensa uno. Por estas razones, mañana votaré para Senado y Cámara por el Pacto Histórico.
