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LA PUBLICIDAD ES UN MILAGRO ENtrópico: medios + arte + mercadeo = caldo de babas. Reconozco que siento por ella un amodio esquizoide.
A ratos me encantan sus avisos, algunos mejores que los contenidos de los programas. Los avisos de joyas y licores, son exquisitos. Los de alta costura parecen todos copiados de una vitrina milanesa: un telón gris rata, un vestido negro de tiritas, una bufanda de seda fucsia, una pulsera de diamantes tirada por ahí y una pequeña luz de sodio iluminando el vestido en contrapicado. Punto.
Pero la mayoría de los avisos son fatales. Para anunciar detergentes, por ejemplo, siempre ponen a lavar chiros a una mujer risueña, dichosa ella de quebrarse el espinazo en el lavadero, cosa que debe enfurecer a las señoras. Después de 200 años de publicidad, ¿aún no se les ocurre poner a lavar la ropa a un hombre? No digo que esos comerciales sean menos ramplones si el que lava es un hombre, pero al menos serán política e hipócritamente correctos.
Los larguísimos avisos de telemercadeo son deprimentes. ¿No sería mejor pagar menos tiempo y más calidad? Son de un cinismo que ofende: miden la cintura de una gorda hiperbólica, le untan un menjurje, a los 45 minutos la vuelven a medir y ya está esbelta. Esto es una estafa incluso en países tan laxos como el nuestro, y los medios incurren en el delito de complicidad penal; pero como a nadie le importan las gordas, ni los que quieren aprender mandarín durmiendo, no pasa nada. Los medios son doncellas por delante y zorras por detrás: en la portada defienden altos valores; en las últimas páginas irrumpe una pandilla de rubias, trigueñas, jóvenes, “catanas ardientes”, chicas “universitarias” que ofrecen triservicios (la palabra más obscena del español) y “muchachos apuestos y dotados pa’ las que sean”.
Alguien dijo que la pulsión central del ser humano es el conocimiento. Lo dudo. El conocimiento implica trabajo. Es más cómodo creer, especialmente en milagros baratos, en soluciones fáciles, en paraísos artificiales, como los que venden los pastores, los políticos, los autores de superación y los publicistas.
Nadie le pide a la publicidad que reemplace las nalgas doradas de muchachas en flor en una playa imposible por ojos entornados y cánticos a la Virgen. Pero de tarde en tarde debería usar su tremendo poder para que Carmenza sea feliz a pesar de unos kilos de más; que Pacho advierta que ese diente torcido le da un toque chévere, y que Cecilia entienda que una mujer de 50 aguanta. (El desprecio por la gente madura es un invento perverso de patronos y publicistas).
Urge tomar antídotos contra la publicidad, o terminará por enloquecernos. Quiere que practiquemos los deportes extremos que ella oferta y, al tiempo, que pisemos con pies de plomo, de cierto plomo que ellos venden, claro; quiere que seamos castos como ese papá que juega con su familia sobre un prado de perenne verdor, pero nos empuja a la lujuria y al desenfreno; quiere que seamos audaces en los negocios, pero que tomemos ciertas precauciones (¡le tengo la póliza!); quiere que seamos glotones para que engullamos las mil y una tentaciones que nos ofrece, y frugales para que nos parezcamos a esos jóvenes perfectos que nos restrega en las narices.
Y no ahorra artimañas para convencernos de que ese bálsamo nos hará más bellos, que ese menjurje nos hará más esbeltos, cierto método más inteligentes, El Secreto más exitosos, esta pócima más sanos; que este documento nos blindará contra cualquier desgracia y este otro contra los incumplimientos del primero.
Sería ingenuo echarle toda la culpa del despelote moderno, pero es obvio que la publicidad tiene buena parte de la responsabilidad de que estemos naufragando viscosamente en su mar de babas rosadas.
