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Mentes anómalas

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Julio César Londoño
20 de noviembre de 2010 - 04:26 a. m.
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ENTRE LAS REGLAS NO ESCRITAS DEL mundo intelectual hay una especialmente severa: ningún mocoso descollará en este campo.

Es decir, que para sobresalir en literatura, economía, filosofía o historia, una persona debe aplicarse al estudio durante muchos inviernos y sólo entonces, después de los cuarenta, digamos, estará en capacidad de publicar una monografía legible.

 Esto es cierto. Y justo. Y lógico. Pero hay tres disciplinas intelectuales, y sólo tres, en las que muchos jóvenes, incluso niños, han brillado de manera pasmosa: el ajedrez, la música y la matemática.

Los psicólogos cognitivos han registrado estos casos con una mezcla de reverencia y estupor:

Una tarde de 1947 el gran maestro de ajedrez Mijail Botvinnik levantó la mirada del tablero durante unas partidas simultáneas de exhibición, se encontró con los ojos grandes y límpidos de un colega de diez años de edad llamado Boris Spasky, y pronunció con infinito placer por primera vez en su carrera las palabras fatales: “Me rindo”.

En el verano de 1804 los habitantes de Pésaro, pueblo de Italia, vieron enternecidos cómo el violonchelo de la banda municipal era virtuosamente frotado por un monito de seis años de la familia Rossini. Pero cuando supieron que la pieza (una sonata para dos violines, violonchelo y contrabajo) había sido compuesta por el diminuto violonchelista, ¡huyeron espantados del parque ante esa prueba palpable de los poderes del demonio!

Cualquier día de 1876 un profesor castigó a sus pupilos poniéndolos a sumar todos los números del 1 al 100. A los dos minutos un niño de nueve años le entregó la respuesta exacta: 5.050. Haragán como buen mocoso, el niño Gauss había ideado una “máquina” que podía calcular en segundos la suma de progresiones aritméticas de cien o de un millón de números.

Lo más raro de todo es que los casos de niños prodigio son relativamente numerosos. Raúl Capablanca, Alexander Alekhine, Paul Morphy, Samuel Rechevsky y Bobby Fischer, para sólo citar nombres míticos, tenían la desfachatez de sacrificar piezas mayores frente a jugadores profesionales mientras chupaban bombón. Wolfgang Amadeus Mozart, Felix Mendelssohn, Ludwig van Beethoven, Franz Liszt, Fréderic Chopin y Claudio Arrau hicieron composiciones notables antes de los diez años. Hay que aceptar que eran piezas muy marcadas aún por la influencia de sus maestros, sí, pero las variaciones eran espléndidas y llenas de imaginación, y las líneas melódicas principales eran ya muy propias.

Los matemáticos son los más “retardados” en el club de los cerebros prodigio. Evariste Galois, Blaise Pascal, Regiomontanus, María Gaetana Agnesi, William Rowan Hamilton y Sophie Germain sólo llegaron a resultados profundos después de los quince años. Para completar, tienen una vida media útil muy corta, más corta que la de una modelo o un futbolista: a los 30 años, un matemático está acabado. Andrew Wiles, que demostró el “último teorema de Fermat” a la decrépita edad de 42 años, es un caso anómalo. Gauss hizo aportes importantes a la teoría de números a edad avanzada, pero el punto más alto de su producción lo alcanzó entre los 23 y los 25 años.

Los niños prodigio son prodigiosos en su especialidad y niños en todo lo demás. Pasan del performance magistral al berrinche craso sin solución de continuidad. Por eso los neurólogos dicen que tienen una “inteligencia localizada”, expresión que no hace sino añadir misterio al misterio. Tal vez cuando sepamos cómo funciona una mente normal, podremos empezar a entender esa anomalía que llamamos “el genio”, y el milagro dentro del milagro, ese genio precoz que es el niño prodigio.

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