MÁS QUE UNA BIOGRAFÍA, LA VIDA del poeta y matemático persa Omar Khayam parece una fábula sacada de Las mil y una noches.
Era hijo de un vendedor de carpas. Por eso cuando Omar se convirtió en poeta se llamó “al khayam”, el hijo del que vende carpas.
Cuando estudiaba en Nishapur hizo dos amigos entrañables, Abdul Kasem y Hasan Sabbah. Una noche de fiesta Abdul propuso un pacto: el primero que alcanzara gloria y fortuna, ayudaría a los otros dos.
Diez años después Abdul fue nombrado visir del sultán. Omar y Hasan fueron a felicitarlo. Abdul le ofreció a Omar un alto cargo en la corte. “¿Qué mal te he hecho para que quieras encerrarme en este palacio?, –le reprochó el poeta–. Proporcióname los medios para que pueda estudiar hasta que la vejez cierre mis ojos, y te llevaré siempre en mi corazón y pondré tu nombre a una estrella”.
Abdul convino, le hizo construir un observatorio (Omar era también astrónomo) y le fijó una pensión mensual de diez mil dinares (un camello costaba 500 dinares).
Hasan aceptó el cargo que Omar rechazó, se ganó la confianza del sultán y conspiró contra Abdul. Prudente y poderoso, el visir paró el golpe e hizo condenar a muerte a Hasan. Por mediación de Omar, la pena de muerte le fue conmutada por destierro. Hasan se refugió en las cimas más altas de las montañas que se levantan al sur del mar Caspio y fundó una secta de guerreros temibles, a quienes sometía a rudos entrenamientos, los hacía fumar hachís y les recordaba que el Paraíso era el premio a los que morían en combate. (El Paraíso del Islam es rico en vino, ríos, frutas, vientos y huríes, una especie de ninfas de piel morena y ojos de jade). La secta tomó el nombre de su jefe y se llamó hasashin, “los puñales de Hasan”. (De aquí deriva la palabra asesino. Otros, como Voltaire, creen que la palabra viene de hashin, fumadores de hachís).
Abdul murió un día apuñalado por un hombre de Hasan. Omar le puso su nombre a una estrella (ya era uno de los más destacados matemáticos y astrónomos de Persia) y reformó el calendario, el mismo que hoy rige los negocios y las fechas del mundo árabe. Descreía de la astrología fiduciaria. Fracasó, como tantos, al tratar de reducir a teorema el 5º postulado de Euclides pero se desquitó encontrando soluciones analíticas para las ecuaciones de 1º y 2º grado, y soluciones gráficas para las de 3º. Nunca necesitó más de cuatro versos para hacer un poema. Por ejemplo:
No sepas de otra senda que la de la taberna / ni aspires a otra cosa que a vino, amor y música. / Con la copa en la mano, con el odre a la espalda / bebe, bebe querido, y calla, calla siempre.
O este otro:
Si ha sido el Hacedor el que creó los seres / ¿Por qué tan prontamente tiene que destruirlos? / Si imperfectos y feos, ¿quién tiene la culpa? / Y si bellos y buenos, ¿para qué aniquilarlos?
En Oriente lo consideran un filósofo. En Occidente lo leemos como un poeta ebrio de cinismo, ebrio de lucidez, fatal, concupiscente, bohemio, musical, preciso. También contradictorio: Khayam fue un existencialista feliz.
Aunque no era muy creyente, invocó la ayuda de Alá en un pasaje intrincado de su Álgebra. Profesó la doctrina pitagórica de la reencarnación. Fue platónico: leyó a Plotino, que en el Islam es más acatado que su maestro Platón. Fue antiplatónico: siguió a Alfarabi, quien aseguraba que las formas universales no existen por fuera de las cosas, y a Avicena, que creía en la eternidad del mundo. No le gustaba la caligrafía árabe porque “su belleza distrae, y uno termina pensando que escribe muy bien”.
Murió hacia el año 1123. Sus cuartetas, o rubaiyat, tienen la concisión de un aforismo, la gracia de las canciones, el cinismo de los modernos y la amoralidad de los clásicos.