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Para leer el “Ulises” de Joe Broderick

Julio César Londoño

18 de abril de 2026 - 12:08 a. m.

Intento por vigésima vez la lectura del Ulises (hoja por hoja y diente por diente) ahora por culpa de un libro, Para leer el Ulises de Joyce, una guía para perderse de manera feliz en ese famoso laberinto. Su autor es el colombo-irlandés Joe Broderick, un señor que durante varios años leyó Ulises ante diversos auditorios de los cinco continentes, en las siete lenguas que le son íntimas y con un formato similar al del teatro-escritorio, solo que interrumpido por los «pies de página» con los que Broderick interrumpía la lectura para explicar algún pasaje.

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O para desenredar esos juegos de palabras que solo han servido para que los traductores se rompan la cabeza. Recordemos que Joyce tuvo dos secretarios a los que explotó sin pudor: el poeta Iván Goll y Samuel Beckett; que les imponía tareas agotadoras, y que insultaba a los traductores de sus libros en la lengua correspondiente.

Para leer el Ulises de Joyce es el resumen imposible de las muchas horas de las lecturas públicas y de los estudios privados de Broderick.

«El Ulises de James Joyce se propone como una obra épica y, al tiempo, íntima», explica Broderick. «Toma como modelo La Odisea de Homero, y basa su personaje principal en Ulises, el nombre latino de Odiseo. Pero el Odiseo de la novela de Joyce no es un guerrero de la Antigüedad sino un modesto vendedor de publicidad que anda por las calles del Dublín entre la mañana del jueves 16 de junio de 1904 y la madrugada del día siguiente. Joyce muestra cómo, en el transcurso de menos de veinticuatro horas, un hombre del común puede vivir toda una odisea».

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Ulises desconcierta porque tiene muchos narradores, son muchas voces contándonos la historia desde diferentes ángulos y con diferente estilos. En medio de una narración normal y lógica, de pronto, y sin previo aviso, Joyce introduce la parodia de un reportaje periodístico o la sátira de una leyenda celta contada de manera hiperbólica. Hay un capítulo redactado en el estilo de las revistas cursis, y otro que está compuesto solo de preguntas y respuestas.

Cada uno de los 18 capítulos corresponde a un arte, a un sentido corporal, a un color, a un símbolo, a una técnica literaria o a una de las aventuras de Ulises de Ítaca.

«De estas múltiples voces, la más célebre es la del subconsciente: el famoso stream of consciousness o monólogo interior. Tal vez bajo la influencia del psicoanálisis, Joyce decidió introducir al lector en los más recónditos recovecos de la mente de sus personajes». Para decirlo con palabras de Sábato, Joyce metió un micrófono en la cabeza de sus personajes y el resultado fue una naturalidad, un intimismo que nunca tuvo el narrador omnisciente clásico. «El monólogo interior de Joyce es un intento por poner en palabras algo que en realidad no tiene una expresión verbal».

«Ulises es solo una novela, no es una escritura sagrada ni es para todos los gustos. Ningún editor aceptaría hoy un texto tan autocomplaciente», o le exigiría al autor un gran número de recortes y la introducción de algunas convenciones tipográficas para guiar al lector en medio de esa algarabía de voces. Silvia Beach, la joven norteamericana que publicó la primera edición del Ulises, no tenía ninguna experiencia como editora y dejó el texto intacto.

Nos quedamos con un experimento monumental. Para algunos, un monumental fracaso, la más famosa forma del tedio.

Diecinueve veces intenté leer el Ulises. Siempre salí derrotado y me sentí lerdo, indigno de Joyce y de la literatura toda, porque Joyce es una suma literata. El libro de Broderick me libró de este viejo trauma. Es como una caja de chocolatines para el cerebro. Allí aprendí más cosas sobre el espíritu irlandés y sobre literatura universal que en ningún otro libro que hayan leído mis viejos ojos. Sobre todo, aprendí un secreto: como a otros libros difíciles –La Biblia, A la búsqueda del tiempo perdido, El Quijote– al Ulises hay que abordarlo con una mezcla precisa de inocencia y desorden, hojearlo, dejarse sorprender, o aburrirse y recordar que la literatura, como la vida, no tiene que ser como esos relojes de sol que solo registran las horas felices.

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Inicié por vigésima vez la lectura de Ulises. Quizá fracase nuevamente, la diferencia es que ya no me importa. Gracias, Joe.

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