Paradojas literarias

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Julio César Londoño
02 de febrero de 2019 - 05:00 a. m.
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Aunque el objeto del conocimiento es la búsqueda de explicaciones lógicas de las cosas, la búsqueda del “mapa del laberinto”, las paradojas, verdades que desafían la lógica, son unos juguetes del espíritu muy populares. La lógica puede ser culta. La paradoja es definitivamente sexi.

Las humanidades son paradojales por definición. Incluso las ciencias duras están llenas de resultados ilógicos.

La literatura no escapa a esta fascinación. La poética tiene preceptos lógicos. Sensatos. Obvios. “Para escribir bien hay que leer mucho”, repiten los maestros. “La única manera de hacer libros propios es tirar los libros ajenos”, nos susurra el demonio.

Veamos algunas paradojas célebres.

“Toda la poesía mala es sincera”, escribió W. H. Auden para recordarnos que, por más poética que te parezca tu vida, por muy novelesca que sea la saga de tu familia, siempre es necesaria la impostura, la edición. (Nota: la proposición recíproca es obviamente falsa: “Toda la poesía sincera es mala”).

“El buen poema se reconoce en que se lo puede mejorar fácilmente”. (J. L. Borges). La demostración de esta paradoja es breve y económica: un mal poema no lo arregla nadie.

En el siglo XIX, el crítico Sainte-Beuve comprobó en carne propia una paradoja cruel: “Jamás se le erigirá una estatua a un crítico”. La frase resume la maldición que persigue al género más nuevo, más necesario, más despreciado, más difícil.

Cioran tiene un ensayo con un título irresistible: Valéry y los estragos de la perfección. Aquí el cargo es paradojal. Cioran no resiste la poesía de Valéry “porque es perfecta. Es hiperconsciente, artificial, penosa en grado sumo. Los positivistas (y él lo fue) terminan cayendo en la teología, idolatrando la forma. Incapaces de rozar siquiera la esencia de las cosas, se aferran a las apariencias o a cualquier otro sucedáneo. No es verdad que un poema se haga con palabras. Las palabras son un pretexto. La exactitud es una superstición. Es necesario un mínimo de fatalidad en las cosas del espíritu, como en las demás”.

“El hastío fue su mal y su obsesión, su experiencia capital, y para huir de él, Valéry se refugia en esa elegancia ininterrumpida que vuelve monótona su obra”.

“Valéry es el representante más destacado del crepúsculo de Occidente”.

La primera página de El arco y la lira de Octavio Paz contiene una famosa colección de definiciones de la poesía: “Pan de los elegidos. Alimento maldito. Plegaria al vacío. Expresión histórica. Negación de la historia. Sentimiento. Emoción. Intuición. Pensamiento no-dirigido. Hija del azar. Fruto del cálculo. Arte de hablar en una forma superior. Lenguaje primitivo. Obediencia de las reglas. Violación de las reglas. Locura. Éxtasis. Logos. Juego. Trabajo. Actividad ascética. Pura e impura, sagrada y maldita, popular y minoritaria, la poesía ostenta todos los rostros pero hay quien afirma que no posee ninguno: el poema es una careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana!”.

Todas las preceptivas y todos los decálogos son verdades parciales. Discutibles. Por fortuna, la literatura no es una ciencia exacta. Fue por esto que Wilde se atrevió a afirmar que el crítico no tenía que ser justo. Que no estaba obligado a acertar con el valor de una obra justamente porque las obras no tienen “un” valor. Tienen “lecturas” y nadie, ni siquiera el autor, tiene la última palabra, ni siquiera en el terreno de la interpretación de sus argumentos.

Augusto Monterroso resumió esto en una sentencia paradojal que es, por ahora, la única verdad absoluta de la crítica: “En literatura no hay nada escrito”.

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