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OTRA SEMANA DE HORROR. COMO para tirársela a los perros. Y lo peor es que el mundo ya ni siquiera experimenta náuseas. Yo tampoco.
Es muy difícil sentirlas después de que un bombardeo estadounidense mata 60 niños afganos y nadie dice nada, Occidente en bloque mira para otro lado como cualquier chulo con ínfulas de gran señor. Mañana Al-Qaeda hará algo más atroz, invocando también la libertad, la justicia y el nombre de Dios, y el mundo musulmán bailará sobre los cadáveres. ¡Merde!
A nivel doméstico el menú es sustancioso. Se descubrieron negocillos entre un importante empresario, un fiscal regional, hermano del Ministro de Gobierno, un general de la República y Don Diego, el narcotraficante que lidera Las Águilas Negras, la facción emergente de la desmovilización paramilitar, es decir, su tentáculo más gordo y peligroso. Ante semejante plato, el liberalismo y el Polo no podían quedarse callados, pidieron la cabeza del Ministro y volvieron a sugerir, ¡bellacos!, que el Presidente es paraco. El Presidente se ofuscó (no hurguen la perra que los muerde, les había advertido Fabio Echeverry), le recordó al senador liberal Juan Fernando Cristo sus enredos en el proceso 8.000, al Polo Democrático el holocausto del Palacio de Justicia y a César Gaviria su alianza con Los Pepes, la hermandad laica que le ayudó a acabar con el cartel de Pablo Escobar.
César Gaviria le pidió respeto al Presidente y el Vice llamó a todos a la mesura. Idéntico llamado han hecho los columnistas, los industriales y la Conferencia Episcopal. ¡Moderación en el vocabulario, señores! Estoy de acuerdo: que todos nuestros dirigentes tengan semejantes rabos de paja es deprimente. Pero que anden sacándose los trapos al sol con franqueza paisa, sin ningún rubor, sin la caridad de un eufemismo, es mucho más de lo que podemos soportar.
Podíamos sugerirles a nuestros dirigentes que cambiaran sus métodos de hacer política para que no tengan que ponerse a cambiar el lenguaje con el que luego se critican mutuamente los métodos, pero esto ya es pedir demasiado.
Como toda esta crisis institucional que atravesamos ahora se origina en la parapolítica y en los procesos judiciales resultantes, uno puede pensar que basta ir hasta el fondo del asunto —es decir: paz, justicia y reparación— y listo. Pero es un sueño imposible. Ir hasta el fondo implicaría llevar a los tribunales a los últimos cinco presidentes, decenas de generales, miles de líderes políticos, miles de empresarios y a los millones de colombianos que ayer no más simpatizaban (¿simpatizan?) con el paramilitarismo. Un juicio de esta envergadura nadie quiere hacerlo, nadie puede hacerlo. Se ha calculado que sólo los procesos de los tres mil homicidios confesados por H.H. le tomarían cuatro años a la Fiscalía si pusiera todo su personal a trabajar exclusivamente en ellos.
Si en mis manos estuviera, yo propondría que miráramos para otro lado, como el chulo de arriba; que hiciéramos borrón y cuenta nueva, como en todos los procesos de paz del mundo; que expidiéramos una amnistía amplia a todos esos criminales de cuello blanco, negro o camuflado, con la única condición de que desmantelen de verdad sus ejércitos clandestinos y que se desarticule la infernal manguala de político y matón, es decir, la parapolítica.
Claro que esto me queda fácil decirlo a mí, que no tuve que dejar la parcela para venir a mendigar en la ciudad, que no vi violar a mi hija ni tuve que presenciar la masacre de mis padres.
