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Piropos y epitafios

Julio César Londoño

08 de abril de 2016 - 03:18 p. m.

Si convenimos en que la social es la función primera del lenguaje, entonces tenemos que aceptar que el elogio y la injuria son expresiones claves por el reconocimiento o la sanción social que cifran. En lo que sigue, consignaré injurias y elogios célebres.

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Mi amigo Germán Patiño, por ejemplo, sabía insultar: Hay dos clases de hijueputas, decía: los de nación y los autodidactas. Los primeros son hijos de madres esforzadas. Los segundos adquieren el título por su propio esfuerzo.

Para denigrar de un libro, alguien inventó esta fórmula: “Los libros del doctor equis (digamos Carlos Alonso Lucio) decaen al principio”.

Según Borges, Vargas Vila acuñó una injuria insuperable: “Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo, muriendo en él. Ahí está vivo, después de haber fatigado la infamia” (injuria tanto más singular, añade el maledicente argentino, si consideramos que es “el único roce de su autor con la literatura”).

Pasando a un capítulo más grato, hay que decir que debemos a Alexander Pope un elogio superlativo, quizás el mejor de las letras. Lo escribió con pan de oro sobre el mármol sahara de la tumba de Newton en la nave derecha de la Abadía de Westminster: “Dios dijo sea la luz, ¡y fue Newton!”. Pese a su hiperbólica apariencia, la frase es literalmente cierta: la óptica sale hecha y derecha, sin aberraciones ni distorsión alguna, de los prismas y las lentes del laboratorio de sir Isaac Newton.

Cuando se pensaba que era cursi hablar de valores en la cínica poesía moderna, y que ya nada podía agregarse sobre la amistad, por ejemplo, Raúl Gómez Jattin salió con esta revelación: “Si mis amigos no son una legión de ángeles clandestinos, qué será de mí”.

En una calle de Cali leí ayer este piropo: “Betsimar, a tu paso florecen, súbitamente, los guayacanes de la avenida”. La idea es adolescente; el desarrollo y el pulso, maduros; la imagen, absolutamente cinematográfica. Provoca hacer una película solo para grabar una escena donde estallen al tiempo, y a su paso, decenas de guayacanes lila malva o amarillo cadmio.

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Creo que fue José Zuleta, uno de los mejores cuentistas latinoamericanos contemporáneos, quien dijo, derretido de gratitud por no sé qué novela: “Es un libro tan bueno, que provoca quedarse a vivir en él”. Estamos de nuevo ante una falsa hipérbole. El deseo de Zuleta está concedido. Uno queda atrapado entre las páginas de los libros que lo tocan de manera íntima. En adelante, miramos el mundo a la luz de esos libros y morimos buscando sabores parecidos.

El poeta Germán Rincón asegura que las líneas de la Torre Eiffel fueron rectas hasta el día que los Campos Elíseos fueron sacudidos por la explosión de una bomba de platino. “Por ti, Marilyn, doblan su soberbia los fierros de la Tour Eiffel”.

El agua no se puede hendir porque “cicatriza” de manera instantánea. El único que ha logrado conjurarla es John Keats, cuya tumba reza: “Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito sobre el agua”. Y así, con fluida humildad, forjó un epitafio tan elemental como el agua; tanto, que puede ir sobre cualquier tumba, en la del rey o en la de su palafrenero.

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En una escena del film Delicadeza, dos rivales conversan de manera muy civilizada sobre la mujer que aman. “¿Por qué la amas?”, pregunta A, el desdeñado. “Porque cuando estoy con ella soy la mejor versión de mí mismo”, responde B, el amado, y A explota: “¡Además poeta el maldito!”.

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