En apenas tres meses el Gobierno de Petro ya obró varios milagros. El más notable consiste en la conversión de la extrema derecha. Ahora son revolucionarios, viven en las calles y su lema podría ser: “¡No produzco, marcho en primera línea!”; rechazan la reforma tributaria, que tiene el visto bueno de la OCDE, el Vaticano del capitalismo; lamentan la muerte de los líderes sociales, el genocidio cuyos móviles eran “problemas de faldas”, como explicó un agudo mindefensa de Duque; ayer eran aristócratas y partidarios de gravar la canasta familiar de la chusma, hoy viven preocupados por precios del pan, la salchipapa y la gaseosa.
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Consideran que Uribe y Lafaurie son mamertos. Traidores. No le perdonan al primero sus devaneos con Petro, ni al segundo que le venda tierras al Gobierno por la bicoca de $60 billones, una puñalada mortal al fantasma de la expropiación.
Pusieron el grito al cielo cuando la ministra de Minas repitió lo que la economía ortodoxa del mundo está gritando desde los años 90: la alternativa de la humanidad es decrecer o morir. La extrema derecha piensa como los muchachos emprendedores: hay que ser disruptivos y ampliar el local. O como los foros de las potencias: la meta para el 2080 es disminuir las emisiones de CO2 en 2 %.
Pero, hay que reconocerlo, el núcleo central de los “Trizas” se mantiene: la paz es mortal, todas, la total, la parcial, la de Santos; les molesta el vocablo, no lo pasan ni así ni asá… solo les sirve el modelo de Santa Fe de Ralito, ese que le valió una ovación a Mancuso en el Capitolio, el prócer que lideraba una bancada que reunía el 35 % del Congreso, según sus propias palabras.
Petro, hay que decirlo, no colabora. En lugar de presidir el Gobierno totalitario que temían los partidarios del estadista Rodolfo Hernández, gobierna con una amplia coalición que está lejos del unanimismo y donde la regla es el disenso y la divergencia. En los debates de la reforma tributaria, por ejemplo, el gran capital está saliendo bien librado. El sector minero-energético tributará más, lo que es apenas justo si tenemos en cuenta la subida del dólar y el aumento de los precios internacionales por efecto de la guerra en Ucrania.
Las iglesias siguen exentas de impuestos. Dios es grande y sus senadores son legión. “Al pastor, mi señor, nada le faltará”.
Pese a todo lo anterior, coincido plenamente con los fachos: es el colmo que el nuevo Gobierno no haya corregido en estos tres largos meses los problemas que desovó la serpiente de la política tradicional en unas pocas decenas de años.
P. S. 1. La Amazonía y yo saludamos el triunfo de Lula, uno de los pocos mandatarios que han reducido de manera significativa la pobreza de sus países (los otros son los presidentes chinos de los últimos 40 años). Chile, Argentina, Brasil, Colombia y México conforman ahora un eje político que pondrá el énfasis en lo social y cambiará la historia de la región.
P. S. 2. Es verdad que hay gobiernos de “izquierda” fallidos, como Perú, Venezuela, Cuba y Nicaragua, regímenes abominables. Pero la lista de países capitalistas subdesarrollados es más larga y la integran casi todos los países latinoamericanos, todos los del África subsahariana, con la excepción de Suráfrica, y casi toda Asia, si exceptuamos los Emiratos Árabes y los “tigres” de Asia Oriental.
P. S. 3. En una economía social de mercado, al pueblo le va mal solo cuando sus gobernantes se equivocan. En las economías neoliberales el pueblo lleva del bulto incluso cuando sus gobernantes aciertan, porque les preocupa más el capital que el bienestar de la gente. ¿No les suena familiar la colombianísima frase “el país va mal pero la economía va bien”?