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Semiótica de tocador

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Julio César Londoño
09 de enero de 2010 - 01:41 a. m.
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COSMETOLOGÍA VIENE DE COSMOS, orden. De manera que cuando ellas dicen “voy a arreglarme”, son rigurosamente etimológicas.

Es un arte tan viejo como la vanidad y lo idearon los mismos de siempre, los de la rueda, la escritura, el derecho, la química, la botánica, la zoología, la medicina, las matemáticas, los mapas, las bibliotecas y la astronomía, los babilonios. Empezaron utilizando incienso para atenuar el olor de los animales que ardían en los sacrificios. Luego lo usaron para las curaciones, durante los exorcismos y después del acto sexual.

Pero los padres del ramo fueron los egipcios, pueblo sibarita, obsesionado por la higiene e inventores del suntuoso arte del baño, que podía ser sensual, religioso o calmante. Después del baño venía un masaje con aceites aromáticos para tonificar los músculos y relajar los nervios, es decir, aromaterapia, una ciencia derivada de las técnicas de los embalsamadores de cadáveres.

Las egipcias sabían alargar con rímel sus pestañas para abanicar los salones con un solo parpadeo. Delineaban los ojos con antimonio y los rodeaban con sombras de colores. La más popular era una sombra verde y escarchada que obtenían triturando la caparazón de un escarabajo iridiscente verde-dorado. Se arrancaban las cejas para dibujarse otras tan largas como las “colas” de las sombras, se pintaban los labios de azul, negro o rojo, y teñían sus pies con henna. Las ricas se tatuaban flores y animales sagrados en los senos y espolvoreaban con oro los pezones.

Sus hombres fueron los primeros metrosexuales de la historia. Depilaban todo su cuerpo, excepto la barbita del mentón, larga y engominada con esmero, y se untaban las cremas de sus mujeres.

Las romanas decoloraban sus cabellos con estiércol de paloma para teñirlos de dorado. Ser mona era importante entonces porque las rubias escaseaban, y continúa siendo importante hoy, cuando todas son rubísimas. También fueron ellas las inventoras de las cremas hidratantes en el siglo II, y copiaron la moda egipcia de depilarse las cejas. “Esta noche le harás señas a un hombre con la ceja que sacaste del cajón esta mañana”, le escribe Marcial a Galia, una cortesana impúdica y famosa. Los jefes militares del imperio consideraban deshonroso combatir sin antes pasar por el salón de belleza.

Las árabes descubrieron que las sombras negras agrandaban los ojos. Utilizaron para ello el delineador egipcio, una grasa negra que resultaba de la destilación del alcohol, palabra formada con el artículo árabe al y el sustantivo khol, antimonio, un elemento usado en el proceso de la destilación. Fue tal el éxito del khol que el paraíso del Islam se llenó de huríes, “mujeres de ojos negros”.

Con el auge del cristianismo y su desprecio por el cuerpo, la cosmetología sufrió un largo período de oscuridad y tuvo que esperar el advenimiento del color del Renacimiento. En el siglo XVII las mujeres y los hombres de Europa usaban lunares falsos en forma de corazón, luna o estrella para disimular las huellas de la viruela. En el XVIII las damas tomaban sin vacilar sellos de arsénico para envenenar la hemoglobina de la sangre y lucir una blancura glacial, esa “piel de alabastro” que tanto cantaron los poetas.

La modernidad ha vuelto a copiar el tatuaje egipcio, esta vez para inventar el maquillaje permanente. Pero hoy, como ayer, la cosmetología sigue siendo una semiótica sensual: el delineador y las sombras imitan la dilatación sexual de los ojos, y el rubor enciende las mejillas y el rouge los labios, a la manera de la pasión, que lleva la sangre a flor de piel. Al final, no está de más un toque de “brillo” en los labios para que parezcan recién besados.

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