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El año pasado, el físico de partículas Fernando Rivera y el escritor Julio Roberto Arenas me invitaron a dictar una charla sobre el ensayo de divulgación a un grupo de científicos colombianos que andan regados por las universidades del mundo. Al final, uno de los asistentes señaló con delicadeza que yo había incurrido en una contradicción. No recuerdo el punto concreto ni cómo salí del apuro; lo cierto es que no ha pasado un día sin que yo no imagine un argumento para defender las contradicciones. «Debí decirle tal cosa y tal otra», me digo cuando cuelo el primer café de la mañana.
Desde hace 2.400 años, la contradicción es una mancha fatal en un discurso argumentativo. Aristóteles dijo que una cosa era o no era, que no había un «punto medio de existencia». «Principio del tercero excluido». Una proposición es falsa o verdadera, no hay una tercera opción. Con este principio obramos todos los días. A un médico no le permitimos que nos diga «su tumor resultó benigno y maligno», ni que ella nos suelte esa frase fatal: «Te amo, pero quiero que nos demos un tiempo». El amor es o no es.
Aunque mi ignorancia sobre oncología es total, oí que en patología de tejidos hay unas zonas de sombra donde un tumor no es maligno ni benigno, y todos sabemos que es muy frecuente amar y odiar a una misma persona.
A principios del siglo XX, la lógica dejó de ser ese tranquilo tablero de cuadros blancos o negros y fue un inquietante y espléndido fresco de grises. El cisma empezó con Bertrand Russell. A Rusell le preocupaba cierta clase de paradojas verbales, unas proposiciones que son, al tiempo, falsas y verdaderas. Por ejemplo: si un cretense afirma que «todos los cretenses son mentirosos», ¿está mintiendo o dice la verdad? Si está mintiendo, entonces los cretenses son veraces y él, cretense, es un hombre veraz. Si dice la verdad, entonces todos los cretenses son mentirosos y él, cretense, miente.
Russell pensó que el problema radicaba en que las lenguas no son instrumentos precisos, y trabajó con su profesor de filosofía, Alfred North Whitehead, en la construcción de una lengua perfecta, un artefacto lógico y simbólico que nos dijera de una vez por todas cuál era la verdadera calidad moral del bendito cretense.
Cuando Russell y Whitehead terminaron su magna obra y revisaban las pruebas de imprenta del tercer volumen de Principia Mathemática, luego de siete años de trabajo, les llegó la noticia de que un lógico austriaco, Kurt Gödel, había demostrado un teorema que probaba que era imposible construir un aparato lógico libre de contradicciones.
Uno puede encogerse de hombros y alegar que los cretenses y las paradojas verbales nos tienen sin cuidado. El problema es que la lógica y el problema de la verdad y de la justicia se cruzan con la vida corriente en cada esquina, con dilemas morales y políticos que no podemos ignorar. Muchos preceptos religiosos son absurdos, pero, a la vez, son mandatos divinos y están grabados a fuego en la memoria de las naciones. El político, incluso el más escéptico, sabe que hay tabúes morales que las políticas públicas no deben tocar.
Todas las guerras son infames. Todas son guerras perdidas. Una tribu puede ganar una batalla, pero el ser humano siempre perderá la guerra. Y, sin embargo, «la guerra es la partera de la historia», la cuna de los grandes inventos, la solución final a la que acudimos cuando todas las soluciones pacíficas fallan. La guerra es tan natural, «tan humana», que no podemos imaginar mundos pacíficos ni siquiera en la ficción. Las novelas que inventan mundos felices y pacíficos son en realidad pesadillas totalitarias controladas.
Las contradicciones se filtran incluso en los severos laboratorios de los hombres de ciencia; la luz es materia, partículas hechas y derechas, pero también es una onda, la sombra de un número; toda la mecánica cuántica es contraintuitiva.
Las personas somos más ilógicas que la ciencia: el muerto es una criatura que está y no está; la familia es algo entrañable… y un poquito aburrida; la vecina en chanclas es más sexi que la esposa en tacones; por un lamentable error de diseño, tenemos el erotismo en la calle y en la casa apenas el cariño; «No hago lo que amo, hago lo que odio», confiesa san Pablo; «Solo los que amamos pueden herirnos», dijo el coronel Tom Parker, el mánager de Elvis Presley; Jesús no estimaba el trabajo: Mirad los lirios del campo, no hilan ni trabajan y sus vestidos son más regios que los del rey Salomón.
Nietzsche dijo que no había hechos morales, solo interpretaciones morales de los hechos. Supongo que se refería a esa insoportable relatividad moral que lo contamina todo y que diluye las responsabilidades de las personas y de las naciones. Pero no creo que pensara que todas las interpretaciones de un suceso fueran igualmente válidas. Hay infamias que una persona mentalmente sana no puede justificar, así haya mil razones que las expliquen.
