¿Qué es la poesía? en la primera página de El arco y la lira, Octavio Paz resume las definiciones que los preceptistas han inventado: todas válidas, ninguna suficiente.
Recordemos las últimas líneas de esa página ya famosa: “Voz del pueblo, lengua de los elegidos, palabra del solitario. Pura e impura, sagrada y maldita, popular y minoritaria, colectiva y personal, desnuda y vestida, hablada, pintada, escrita, la poesía ostenta todos los rostros pero hay quien afirma que no posee ninguno. El poema es una careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana!”.
Ezra Pound también lo intentó: “La poesía —dijo alguna vez ese fascista brillante— es lenguaje con la carga más alta posible de significación”. Carl Sandburg la sentía como el diario de un animal marino que vive en tierra y quiere volar a los cielos. El autor de Peter Pan estaba convencido de que los versos servían para jugar a escondidas con los ángeles. Otro dijo que el poema era una comunión con el misterio (muchos poetas contemporáneos suscribirían esta afirmación). Otro dijo que el verso intentaba hacer visible el lenguaje. Se refería al hecho de que cuando se dicen las cosas de una manera directa, las palabras son tan transparentes que se vuelven invisibles y sólo captamos el sentido. Un ensayista, por ejemplo, puede escribir: “Europa es pragmática y racionalista; América Latina, intuitiva y mágica”. Un poeta dirá: “Al norte está la razón estudiando la lluvia, descifrando los truenos./ Al sur están los danzantes engendrando la lluvia, al sur están los tambores inventando los truenos” (William Ospina).
Paul Valéry acuñó la más precisa: “La poesía es una manera de nombrar el mundo que oscila entre el sonido y el sentido”. Pero la que más me gusta se la inventó Gabo en Estocolmo: “La poesía es la energía secreta que cuece los garbanzos en la cocina”. Me gusta porque encierra entre líneas una declaración de principios, una poética, y porque trasciende el ámbito de lo meramente literario. La definición de García Márquez nos recuerda que la poesía es una manera de respirar el lenguaje, sí, pero también una manera de sentir, una actitud ante la vida. Que puede haber poesía en casas donde no hay libros y en calles donde no hay poetas. Que se la puede hallar en una rayuela, en un jingle publicitario o en la conversación de dos hombres rudos. O en los garabatos que traza esa luciérnaga en la pizarra de la noche.
Un siglo antes, Baudelaire y su pandilla nos habían enseñado que, si éramos dignos de ella, podíamos encontrar poesía en cualquier cosa, incluso en una carroña; que el poeta no tenía por qué limitarse a los cánones clásicos de belleza y eufonía; que las imágenes bonitas y los versos musicales eran sólo dos de las infinitas aristas del prisma poético. Presintiendo a Gabo, Chesterton dijo que los mejores poetas eran capaces de encontrar poesía incluso en su propia familia.
Muchos consideran que las teorías literarias son inútiles. “Las respuestas pasan y las preguntas quedan”, repiten con sorna. Desprecian las “etiquetas” y las clasificaciones. Consideran que es mejor leer poesía que ponerse a definirla. Es una falsa oposición. Lo uno no tiene que excluir lo otro. Si no hay campos vedados para la literatura, si puede hablar de sexo, guerra, crepúsculos, etcétera, ¿por qué prohibirle que se vuelva y reflexione sobre sí misma? ¿Qué mejor tema para un hombre de letras? Así no lleguemos nunca a La Respuesta, las preguntas teóricas son estímulos valiosos para la creación. No hay que olvidar que fue tratando de responderlas como hicieron algunos de sus mejores libros Aristóteles, Horacio, Wilde, Valéry, Alfonso Reyes, Borges, Bloom y Steiner, entre otros fulanos.