NUESTRO TIEMPO SERÁ MAL REcordado. Las generaciones venideras no lo nombrarán con sustantivos sonoros como renacimiento, vocablo aromado de artes, ciencias y humanismo, ni edad de la razón, la época que soñó con el plano del laberinto, ni era industrial, que evoca las máquinas movidas a vapor y los sueños forjados en acero.
De nosotros, en cambio, los historiadores dicen que estamos en el post-algo, sin que estén muy claros el post ni el algo. Pero yo creo que vamos a pasar a la historia como el-tiempo-en-que-todo-era-malo. Veamos.
Si usted es uribista, entonces es facho, paraco, narco, guerrerista, intolerante. Si además es pobre, entonces es traidor, masoquista, un vil cruce de gusano y esquirol. Si es antiuribista, tiene que ser faraco, terrorista, chateador, o amigo de Los Pepes, o descendiente de los que quemaron el Palacio de Justicia, o amigo de los que pusieron la bomba en Cali, o —baldón de ignominia— simpatizante de Hugo Chávez, Piedad Córdoba, Daniel Ortega y Walter Mercado.
Si es neoliberal, y a la vez sudaca, usted es un sapo despreciable, indigno del beso de la quinta princesa. Si osa objetar la globalización, entonces representa lo más profundo de la caverna, marcha en contravía de la flecha de la historia, va del chip a la mula, es un… un… un engendroide para el cual el español aún no acuña el monosílabo que nombre su ínfimo IQ.
Si cree en Dios, su cerebro quedará hecho cisco (huid del hombre de un solo libro). Si no cree, ¿de qué se agarrará cuando su avión atraviese zonas de turbulencia?
Si come harinas, azúcares, carnes rojas o sustancias sabrosas en general, se le disparan los triglicéridos y, horror de horrores, engordará y lo expulsarán como pepa de guama del mercado sexual. Puede comer carne de pollo, si no le importa tragarse de paso las hormonas con que les inflan sus sosas presas, o mariscos, así estén empapados en mercurio, preparados de cualquier manera y no muy frescos. A la hora de las benditas verduras (¡Dios no nos falte con ellas!) puede optar por las que provienen de cultivos tecnificados, rociadas generosamente con herbicidas, fungicidas y pesticidas y otras sustancias homicidas, o comprar sólo productos cultivados de manera artesanal, es decir, asperjados con los orines del hortelano.
Si guardas, niña, una dieta rigurosamente macrobiótica y haces siquiera dos horas de gimnasio al día, tu silueta será la envidia de tus amigas, tendrás las carnes firmes y abiertas de par en par las puertas del susodicho mercado… pero quizá no tengas las energías suficientes para desempeñarte de manera decorosa en la cama, es decir, para destrozar el cielo raso con las uñas de los pies.
En cualquier caso, sea cual sea su conducta sexual, comprobará el axioma cero de las posmodernidad: todo-es-malo. Si usted decide obedecer la naturaleza y retozar en otros lechos de tarde en tarde, entonces hay dos posibilidades: si usted es hombre, le aplicarán el postulado 4 del feminismo: donjuán = marica. Sus deslices sólo significan que tiene que reafirmar continuamente su vacilante “hombría” seduciendo mujeres por doquier. Si es mujer, la conclusión es más sencilla: usted es puta, señora mía.
Ahora, si decide ignorar el llamado de la carne y ser fiel por convicción, por pobreza o por obesidad, entonces evitará la maledicencia pero su vida perderá color, se le amorcillará la sangre en las venas, vivirá menos tiempo y mientras agoniza en vida comprobará en carne propia la implacable sentencia de Campoamor: “¿Te casaste? Pues bien, ya tienes mesa muda y lecho helado”. Lo dicho, caro lector: todo-es-malo.