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La guerra sigue siendo el más infame y vergonzoso pendiente de la humanidad. Nadie entiende cómo es posible que las mismas manos que pintaron las paredes de Altamira y acarician al gato sepan ahorcar al prójimo y arrebatarle el pan. Que el mismo cerebro que inventó el lenguaje y los números invente artefactos capaces de borrar del mundo los nidos y las casas, el pájaro y la flor.
Llevamos siglos tratando de explicarnos esta esquizofrenia de la especie. Los neurólogos dicen que en la cabeza del hombre luchan un combate encarnizado el cerebro reptiliano, un depredador voraz, y el cerebro mamífero, que es tierno y solidario. Los sicólogos les dan otros nombres a estos instintos y nos hablan de la oposición entre la pulsión de vida, que nos lleva al amor, y la pulsión de muerte, ese vértigo que nos lleva a matar por ambición, o la paranoia que nos lleva a matar por miedo a la muerte, para que el otro nos madrugue y nos mate antes.
Los teólogos creen que toda esta demencia obedece al hecho de que las fuerzas de la luz siguen luchando con potencias oscuras. Que los dioses aún no logran derrotar a los demonios.
Hay respuestas cínicas: no es suficiente que yo esté bien. Es necesario que el otro esté mal. Hay respuestas eruditas: la guerra es la partera de la historia, alma y nervio del mercado y de la tecnología. La frase resume tres verdades: la guerra es la musa de los grandes inventos, traza las fronteras de las naciones y obedece siempre a razones de mercado, aunque alegue motivos nobles.
La esquizofrenia del ser humano no es justificable, pero sí es comprensible. Recordemos que somos un animal anómalo, una criatura que en algún momento fue tocada por la mano de un Dios o por un azar de la evolución, y amaneció un día con un poder rarísimo, el lenguaje, un don que nos ha permitido volar a alturas inimaginables, al tiempo que seguimos reptando en el lodo de los más bajos instintos.
El resultado es que hoy no somos inocentes como los pájaros, ni solidarios como las hormigas ni tan angélicos como deberíamos ser los inventores de las lenguas. Quizá es por esto que el cielo nos queda muy alto y la tierra muy estrecha, no encontramos nuestro centro y el desasosiego nos hace criaturas inestables.
El lenguaje es un medio de cooperación, de acopio de conocimiento y un vehículo de expresión que nos ha permitido formular de manera precisa nuestras ansiedades. Con palabras podemos decir: «El voto y la plegaria son acciones conmovedoras. Ambas son hijas de la fe. Ambas besan las cadenas». Vargas Vila. Padre nuestro que estás en los cielos… (plegaria de un famoso disidente judío). «Por qué será que uno toca el cielo cuando está pecando». Un baladista. «El que inventó alfabeto… era analfabeto». Millor Fernandes. «El tiempo es la imagen móvil de la eternidad». Platón. «Ahora, el universo hidra retuerce las espirales de su cuerpo, escamadas de astros». Víctor Hugo.
Para cerrar, dos frases ornitológicas y tiernas: Viejo barrio, que tenés el alma inquieta de un gorrión sentimental. Papi, un pajarito se murió mañana.
Establecer un balance definitivo de las virtudes y los vicios del hombre es difícil. Las variables a considerar son muchas. Con todo, los optimistas pensamos que la humanidad avanza. Pese a las guerras, a la ceguera causada por el brillo del oro y a los desvaríos de nuestro desorden mental, avanzamos. Si oímos noticias quedamos con la sensación de que el fin del mundo es inminente, pero también es cierto que, si repasamos la historia de los últimos siglos, encontramos buenas noticias. Hoy vivimos más años, los presidentes son más poderosos que los reyes, y tienen más y mejores derechos la mujer y la niña, el viejo y el niño, el árbol, el perro y el río.
* Caminante, no hay camino perfecto… pero debemos continuar con una idea que está dando buenos resultados: tomar lo mejor de los dos modelos económicos, mezclar el dinamismo de la economía de mercado con la generosidad de los canales redistributivos de la economía social de mercado, mezcla que ha dado buenos frutos en China, Nueva Zelanda, Alemania, Brasil, Islandia y los países nórdicos.
** Texto completo en la edición digital.
