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Un cerebro externo

Julio César Londoño

07 de mayo de 2010 - 10:07 p. m.

ES LA PARTE MÁS HÁBIL DEL CUERPO. Sin ella, no seríamos nosotros. Primero fue aleta, luego pata y finalmente mano. Cuando el homínido se irguió, quizá tratando de oliscar las estrellas, las extremidades anteriores quedaron ociosas.

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Liberadas de sus funciones locomotrices, comenzaron a buscar qué hacer y adquirieron, luego de laboriosos milenios, una destreza singular. Fue un hito evolutivo. El hocico ya no tuvo que asir ni portar objetos, y se acható para configurar el rostro humano. Esta modificación fue decisiva para la articulación del lenguaje, para ese proceso que va desde los matices del gruñido, hasta el silbo, el susurro, la sonrisa, la plegaria y la canción; hasta el día luminoso de la palabra clara y precisa.

Emmanuel Kant decía que la mano era un cerebro externo, y Anaxágoras llegó a afirmar que “el hombre es inteligente porque tiene manos”.

La yema de los dedos tiene una sensibilidad sólo superada por los labios y la lengua. Las uñas, láminas córneas ligeramente convexas, recuerdan las garras de los buenos tiempos. (Es paradójico que dos tejidos insensibles del cuerpo, las uñas y el cabello, vivan más que nosotros y sigan creciendo más allá de la muerte).

Cuando nos enfrentamos a un desconocido, podemos leer en sus manos un completo informe sociológico. El quiromántico descubre en las líneas de la palma las huellas del pasado y atisba signos del futuro. El médico encuentra allí algunas señales del presente.

Las manos son pinza, martillo, vasija, megáfono, visera, pala, pantalla. La mano agarra, palpa, sostiene, presiona, hurga, escarba, rebruja, amenaza, abofetea, apuñala, dispara, alza, mide, señala, escribe, pulsa, tañe, esculpe, subraya, ilustra, enfatiza, implora, mece, roza, rasca, acaricia, ora, bendice y cierra ese conmovedor intento de fusión con el otro, el abrazo.

Atrapar una hormiga entre el índice y el pulgar sin lastimarla, tocar guitarra, hundir con precisión el escalpelo y maquillar un párpado son operaciones que quizá no alcance a ejecutar el más fino autómata de la nanotecnología del tercer milenio.

Aunque la vista proporciona el máximo de información en un mínimo de tiempo, el tacto es una percepción complementaria irreemplazable. Tocar nos da una sensación de realidad que ni siquiera el ojo puede garantizar. Como Santo Tomás, confiamos más en la mano que en el ojo. A pesar de su perfección, el ojo sufre ilusiones y alucinaciones. El tacto, en cambio, es casi siempre leal. Tocando es como sabemos que no estamos frente a un espejismo o un holograma.

El amor entra por los ojos, sí, sigue por el oído (lo que se dice es tan importante como la manera en que se dice) pero se consuma en el tacto y empieza siempre por las manos.

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¿Por qué hay más diestros que zurdos? Lo ignoramos. Antes se pensaba que la mayoría era diestra porque a los zurdos los enderezaban a punta de garrote, pero hace años que se abandonó el garrote y los diestros siguen predominando en una proporción de 17 a 1. Los neurólogos creen que todo se debe a una asimetría del cerebro: aunque la conexión entre los hemisferios cerebrales y los lados del cuerpo es trocada (el hemisferio derecho controla los movimientos del lado izquierdo, y el hemisferio izquierdo los del lado derecho) la motricidad de ambas manos está regida por el hemisferio izquierdo del cerebro. La mano derecha, entonces, recibe órdenes del hemisferio izquierdo, que es lo normal. La mano izquierda, en cambio, espera, por atávicas costumbres del cuerpo, órdenes del hemisferio derecho… ¡y le llegan desde el izquierdo! Esto la sorprende, la confunde y la hace torpe.

Es una buena teoría, sin duda, pero yo he descubierto una razón práctica: la mano derecha está más cerca del corazón del enemigo, y así es más corta la trayectoria que debe recorrer el puñal. Eso creo yo. Dios sabe cómo hace sus cosas.

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