En febrero de 1941, Bertrand Russell la cátedra de filosofía de la Universidad de Nueva York, y el campus todo suspiró, desde los jardineros hasta el rector.
Buenos días, señor Russell. Mi colega Bertrand Russell y yo… Lo siento, será otro día, tengo clase con Russell… Mi muchacho va bien, es monitor de epistemología de Bertrand Russell.
Pero de pronto una señora demandó el nombramiento alegando que Russell era inmoral y extranjero. Sorpresivamente, la demanda tuvo un eco tremendo y republicanos y demócratas hicieron causa común con la buena señora. Usando citas tomadas de algunos libros de Russell, un juez de apellido McGeehan lo acusó de promover el homosexualismo, el adulterio, la promiscuidad, la prostitución, la corrupción de menores, el nudismo, el ateísmo, el comunismo y la masturbación, y de orquestar una conspiración para arrebatarles los hijos a los padres y entregarlos a un Estado sin Dios.
También hubo voces a favor. Alfred Whitehead, John Dewey, Edward Kasner y Albert Einstein apoyaron al filósofo. El 18 de marzo el Consejo Superior sometió el caso a votación, y el nombramiento de Russell fue aprobado por 11 votos contra siete.
Entonces las críticas arreciaron. Un senador inició una campaña para suprimir las partidas que la Universidad recibía del Estado de Nueva York.
Joseph Goldstein, el abogado de la señora, afirmó que las obras de Russell eran “venéreas, libidinosas, sin criterio ni fibra moral. Este anciano aprueba el homosexualismo, escribe poesía salaz y no es un filósofo, es un sofista”.
Mientras la caverna rugía, las editoriales y las universidades del país cerraron filas en torno a Russell. “Como editores, no suscribimos todas las opiniones de nuestros autores, pero nos honra tener en los catálogos las obras de pensadores como Russell, el único hombre vivo que brilla con luz propia en tres disciplinas complejas: filosofía, literatura y matemáticas”.
El New York Times terció de manera “salomónica”. Criticó a los puritanos diciendo que los criterios del juez McGeehan eran “peligrosamente vagos”, pero a renglón seguido anotó que el nombramiento era “inoportuno” y que Russell debía renunciar a la plaza.
“Si solo hubiese atendido mis intereses personales —respondió Russell— habría declinado gustosamente el nombramiento, pero no soy tan egoísta. No renuncio porque están en juego el buen nombre de los que me postularon, el principio de la tolerancia, el derecho a la libertad de expresión y el deber del ejercicio del pensamiento crítico en la Universidad”.
En realidad los “pecados” de Russell eran proposiciones llenas de ternura y sentido común, pero sus enemigos las interpretaron de la peor manera. Así, cuando Russell escribió que una aventura no debería ser necesariamente causal de divorcio, su fin era la preservación de las relaciones de pareja, pero sus enemigos solo vieron aquí una clara incitación al adulterio.
Cuando dijo que los jóvenes deberían tener matrimonios temporales sin hijos, pensaba en los traumas que los divorcios causaban a los niños, pero los puritanos lo entendieron como un ataque a la familia y una incitación a la promiscuidad.
Lo más curioso de todo este escándalo es que las materias que Russell dictaría no tenían relación alguna con los cónyuges, los niños, la mano o la pelvis. Él iba a enseñar lógica, fundamentos de filosofía y las relaciones entre las ciencias puras y las aplicadas.
El 25 de noviembre de 1941 la Justicia falló contra Russell. El 26, Russell recibió un telegrama del rector de Harvard. “Docto señor, quisiera decirle que lamento la decisión del Tribunal, pero la verdad es que estoy feliz ¿Puedo suponer que ahora sí dictará aquí Presocráticos II después de Navidad?”.