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Un himno a la derrota

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Julio César Londoño
26 de marzo de 2011 - 03:00 a. m.
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A LAS MUCHAS RAZONES ESGRIMIdas para explicar la perdurabilidad del libro central de Cervantes, yo quiero agregar, con el vivo temor de que ya la hayan advertido la legión de comentaristas que se han aplicado al estudio de su obra, esta observación: el Quijote es un canto a la derrota.

Y nos hiere a todos de manera muy íntima porque al fin y al cabo Alonso Quijano fue un hombre que es todos los hombres. ¿Quién no soñó cambiar el mundo alguna vez? ¿Quién no ha querido ser campeón de la justicia, o al menos de un torneo? Todos acariciamos esa quimera un día, antes de que la realidad nos hiciera agachar la cabeza a punta de porrazos y nos obligara a transarnos con modestas y con frecuencia mezquinas empresas.

 Conmueve, y de alguna forma nos humilla, el hecho de que sea un anciano el que salga a enderezar el mundo, a socorrer viudas y desfacer entuertos. Tenía que fracasar, claro, porque no estamos ante la historieta de un superhéroe ni ante un libro de ficción (el Quijote es una novela realista cuyo personaje central vive en un mundo fantástico). Pero el fracaso lo engrandece. Si hubiera triunfado, si hubiera logrado construir la utopía, sentiríamos que era un libro falso, una comedia, como aún lo consideran muchos que encuentran divertido que un anciano sea objeto de palos y escarnios. No. El Quijote es, como sentía Dostoievski, un libro genial y triste. Muy triste. Porque no es divertido que un hombre viejo sufra escarnio y porrazos como pago de sus nobles empresas.

Suena paradójico, pero el fracaso y la tragedia pueden salvar las obras, y a las personas, del olvido. ¿Qué sería de Zorba el griego si no se le hubiera venido abajo el entable de su aserrío? ¿Recordaríamos hoy a Marilyn Monroe y a Luis Carlos Galán si las garras de la tragedia no los hubieran sacado a tiempo de escena? La derrota del Quijote lo humaniza. Al triunfador lo admiramos porque lo sentimos de una raza superior. Al perdedor lo sabemos semejante. Se parece a nosotros. Sufre y fracasa como nosotros. Como todos los que alguna vez soñamos cambiar el mundo, y fracasamos.

A Thomas Mann y a Vargas Llosa les molesta que Alonso Quijano recobre la razón al final, uno de los pocos momentos felices del libro. Cómo se ve que no lo entendieron. Que ninguno de sus seres queridos ha perdido la razón, que ninguno de sus hermanos ni amigos amaneció un día perdido en el delirio, levantando para siempre entre él y la familia y el mundo el muro más alto y espeso, la locura.

Alonso Quijano tenía que recobrar la razón; primero, porque no hay un bien más preciado. Y segundo, porque era un hecho necesario para que fuera consciente de su derrota.

Lo mágico es que don Quijote sigue dando la batalla. A pesar de todo, y aunque termine con “los brazos rompidos de luchar con los vientos”, ahí está, sirviendo a las generaciones como ejemplo de generosidad, de ingenuidad, de grandeza de espíritu y fortaleza de ánimo. Ahí sigue, vivo en ese adjetivo que casi lo resume, quijotesco, y que nos sirve para designar las empresas nobles y de antemano perdidas. Sigue vivo en millares de personas cuya divisa es la bondad y su norte el servicio al prójimo. Ahí sigue, como un japonés estoico, como si supiera que “la derrota tiene más dignidad que la ruidosa victoria”, como si hubiera triunfado porque, “después de todo, querido Sancho, las cosas grandes con intentarlas basta”.

El Quijote es, en suma, un himno a la derrota, una prueba de la fuerza que puede encerrar una gran derrota, un fracaso grandioso, y una suerte de evangelio laico de la solidaridad, que es la ternura de los pueblos, según la definición del Che Guevara.

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