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Empiezo aquí la publicación de la enciclopedia más delgada del mundo. Tendrá perfiles y chismes de personas notables, teorías científicas y cábalas esotéricas. El objetivo es trazar una historia de todos los mundos posibles en 111 páginas leves. Aquí va el primer fascículo.
La Loca. Mi abuelo la vio una vez en un puerto del Perú, donde ella se ganaba la vida vendiendo dulces en la calle. Era apenas una sombra, un temblor, casi nada. Los marineros escuchaban con sonrisa indulgente sus historias de tiempos gloriosos, cuando era muy hermosa y en sus brazos desfallecía de amor el Libertador de América. «Manuelita la de los dulces», la llamaban.
Doris Salcedo es cegatona y antipática. Un día taladró una grieta de 167 metros en el suelo sagrado de un museo londinense y la policía y el mundo la ovacionaron. Otro día inventó un desierto que llora. Son gotas de agua que trazan nombres sobre la arena: Mohamad, Jaime, Manuel, Abdala… los nombres brillan tres segundos y se los traga la arena, como ese Mediterráneo que devora refugiados. Nunca antes en la historia del arte la cosa y el símbolo se habían fundido de manera tan plástica y sutil.
Política hasta la médula, sensible siempre, sentimental a veces, nunca panfletaria, Doris Salcedo crea obras que tienen la solemnidad de un acto litúrgico, la concisión del símbolo y la belleza de un teorema.
San Agustín consagró su juventud a las tabernas y al maniqueísmo, una herejía que atribuía origen divino al bien y al mal.
Luego alternó la cátedra de elocuencia, los ejercicios de piedad y los abismos de la lujuria. «Dame la castidad, Señor, pero no ahora», pedía en sus cautelosas oraciones.
Cuando le preguntaron qué hacía Dios antes de hacer el mundo, contestó: «Antes de la Creación Dios hizo la Nada». Entonces notó que el adverbio antes era problemático porque implicaba la existencia previa del tiempo, y corrigió: «El universo no fue creado en el tiempo sino con el tiempo», afirmación que coincide punto por punto con la astrofísica de hoy.
Franz Kafka es el único mortal con letra propia, la K, y el único que es al tiempo autor y personaje literario. Ninguna obra ha generado tantas interpretaciones como la suya. Es cómica y trágica, una plegaria pagana o una blasfemia en clave, una prueba ácida de la educación, de la burocracia, de la familia, del derecho, de la lógica; un espejo de edades oscuras o una profecía del fascismo que se avecinaba.
Tenía rasgos físicos que le daban un aire entomológico. Desesperado, se arrancó una de sus seis patas para que no lo miraran como un insecto, pero el ardid no funcionó. Lo hace para sobresaltar, dijeron. Desde entonces se arrastra hacia la inmortalidad. Cada día avanza la mitad de la distancia que lo separa de la puerta del castillo de la gloria. Siempre la mitad, ni un milímetro más.
Mutis y la condesa. Dicen que el presidiario Álvaro Mutis se enloqueció cuando supo la noticia: la condesa Poniatowska se estaba revolcando con Buñuel. La veía en todas partes, veía sus zarcillos de jade en los lóbulos de las orejas de Ana «la cretense», sus ojos azules atisbando lejanías en el muelle de Buenaventura, el pelo minucioso ondeando en los recuerdos del hombre de la gavia, sus labios húmedos en el rostro de la proxeneta Ilona Garbowska. Dicen que la oyó escupir obscenidades en un hotelucho de Sumatra, que vio sus faldas remangadas en la cintura de una hetaira de Chipre, sus calzones estrujados por los dedos urgentes de un estibador negro, su naricita aspirando el pecho boscoso de Buñuel, las rayas rojas que sus uñas almendradas dejaron en la espalda de un hombre sin rostro, sus senos cimbrando bajo las arremetidas lujuriosas del Estratega, el insoportable perfil de sus nalgas a contraluz en el marco de la ventana en un crepúsculo amazónico, su rostro sepultado en la almohada en una eternidad de doloroso placer... Muchas cosas se dicen.
Gabo y Mario se amaban porque era la primera vez que dos señores de la misma cuadra daban en simultánea notas altísimas, el punto y el contrapunto de unas piezas verbales que cifraban el espíritu de un continente y ponían su literatura en la bocas del mundo. Después pasó lo que pasó y se distanciaron para siempre.
Pero no pasó un solo día sin que se extrañaran. En los momentos más felices, de gloria pública o de composición secreta, siempre pensaron: «Solo falta él para que este momento sea perfecto». O: «Si pudiera llamarlo para que me ayude a resolver esta maldita frase».
Un día, ya enredado en las neblinas del Alzheimer, Gabo leyó con inocencia un párrafo: «El gitano iba dispuesto a quedarse en el pueblo. Había estado en la muerte pero regresó porque no pudo soportar la soledad», y se dijo ¡Santo cielo, qué es esto, Mercedes, llama ya al «Jefe Inca!». Mercedes, cuyo rencor estaba intacto, le dijo ‘sí, mi amor’, pero nunca llamó a Mario.
