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Una flor para Plinio

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Julio César Londoño
08 de agosto de 2026 - 05:05 a. m.
Plinio Apuleyo Mendoza junto a García Márquez, amistad de la que surgió el libro "El olor de la guayaba".
Plinio Apuleyo Mendoza junto a García Márquez, amistad de la que surgió el libro "El olor de la guayaba".
Foto: Archivo El E
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Murió Plinio Apuleyo Mendoza, una figura muy destacada del periodismo y la literatura latinoamericana. Como escritas con pincel, sus crónicas y perfiles son pequeñas obras maestras. “La llama y el hielo”, “Ráfagas de tiempo” y “Los retos del poder son”, al tiempo, documentos históricos y lecciones de prosa.

Algunos no les perdonan a los escritores sus coqueteos con la derecha. Tienen razón. Una cosa es simpatizar con la maldita derecha, exitosa desde Súmer hasta hoy, y otra muy distinta es menearle la cola a lo peor de la derecha, como hizo Borges con Pinochet, Vargas Llosa con Keiko Fujimori, Plinio con Uribe o William Ospina con Rodolfo Hernández.

Antonio Caballero, por ejemplo, nunca le perdonó a Plinio que fuera la segunda generación de un clan de lagartos de cuero duro, cola larga y orejas muy grandes. Oigámoslo: «André Gide dijo que debemos seguir la propia inclinación, pero hacia arriba. Plinio ha seguido la suya, sí, pero cuesta abajo, dando botes hacia el abismo. Y así, de tumbo en tumbo, reptando, lamiendo y adulando, con artículos de compromiso y artículos por encargo, de agregaduría cultural a embajada en Roma, de amigo millonario a amigo presidente, de amigo paramilitar a mujer hermosísima (es curioso, Plinio solo trata con mujeres hermosas y personajes de fama universal; unas y otros lo adoran a él), de tumbo en tumbo, digo, Plinio acabó siendo lo que es ahora: embajador de Portugal».

Plinio, que no era mocho, respondió que Caballero era un jipi viejo, un perrito bulloso que ladraba más por susto que por ferocidad, y que, para ocultar su timidez visceral, se había dedicado a injuriar al género humano, con todo y orejas.

Lo cierto es que Plinio era un señor escritor. Sobre el funeral de Neruda, escribió: «La esposa de Neruda estaba sentada junto al féretro, sola. A Matilde Urrutia la había yo conocido dos años atrás en Barcelona, en la casa de García Márquez. Nada en aquel verano hacía temer por la vida del poeta. Ni por Chile. La mujer rubia que entonces hablaba con animación mientras se enfriaban en la nevera las botellas de vino blanco esperando la llegada de Neruda, permanecía ahora inmóvil y sin llorar, al pie del ataúd. Ese féretro gris, sin pompa, sin cirios, sin coronas, encallado en un extremo de la pieza y adornado solo con dos rosas blancas que parecían cortadas de prisa, daba una sensación de soledad desamparada. Bajo el cristal, descansando sobre una almohada de raso, la cara de Neruda parecía reducida, irreal. Lo humano en aquel momento no era su cara, sino la camisa de cuadros que llevaba abierta en el cuello y el saco de tweed: una indumentaria deportiva que hacía pensar en plácidos domingos en Isla Negra».

»El cuarto estaba sembrado de escombros. La casa había sido requisada y saqueada. Al ser desviadas las aguas de un canal, la planta baja se había inundado. No había luz eléctrica. Las ventanas estaban rotas. Rotas también las lámparas, rotas en añicos las cerámicas, quemados los libros y desaparecidos los cuadros, una colección de primitivistas que Neruda había reunido a lo largo de su vida».

Plinio fue compañero entrañable de Gabo. Juntos urdieron magníficas empresas, pero su amistad acabó mal. Gabo nunca le perdonó que ventilara ciertas miserias de su vida –de los tiempos en que fue feliz, pobre, indocumentado y putañero– ni que falsificara su firma en un manifiesto de intelectuales latinoamericanos contra Fidel Castro.

¿Podemos evaluar las obras sin mirar de soslayo la vida privada de los autores? Creo que no, o quizá solo en un 47 %. En todo caso, seguiremos leyendo a Borges, Vargas Llosa, Plinio y Ospina «con previo fervor y con una misteriosa lealtad». Después de todo, un resbalón cualquiera da en la vida. Ahora los queremos un poquito menos (la coherencia ética cuenta) pero las adicciones jalan y la buena prosa es una droga muy adictiva.

Culto, refinado, cosmopolita, Plinio estaba llamado a ser el gran escritor colombiano de la segunda mitad del siglo XX… pero le tocó un vecindario difícil: Caballero fue mucho más ágil en el estilo y más agudo en la conjetura; los personajes de Álvaro Mutis son más profundos; los de Fernando Vallejo son volcanes; la obra de Tomás González es tersa y auténtica; la paleta de William Ospina encierra los mejores colores del mundo. Y todos estos, a su vez, tuvieron la mala suerte de titilar en la órbita de una supernova, Gabriel García Márquez.

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