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Aún es temprano para saber si el resultado de la Operación Determinación Absoluta será tan desastroso como todas las intervenciones gringas, pero ya podemos bocetear algunos comentarios.
La operación fue celebrada como la «extracción» del jefe del Cartel de los Soles, una multinacional del crimen y el terrorismo, mediante unas bombas «quirúrgicas» americanas contra el sistema de defensa venezolano. Aunque el asunto es sospechoso de cabo a rabo, como ya lo señalaron los analistas, reconozcamos que el comunicado oficial americano quedó bien redactado. Maduro no fue secuestrado ni capturado sino extraído, como un mineral, y el adjetivo quirúrgico sugiere asepsia y precisión. Los semióticos del Pentágono hicieron su trabajo.
Pocas horas después, ya estaba claro que hubo más negociaciones que extracciones, cirugías o inteligencia militar. Trump reconoció que Delcy Rodríguez era su ficha en Caracas y que María Corina Machado no pintaba nada en este asunto y que él reconstruirá Venezuela con sus destructores, los chavistas, no con los artífices del descontento popular que originó el chavismo, el viejo establecimiento venezolano, los Pérez, Capriles, Calderas… cuya figura visible es hoy la señora Machado.
Delcy Rodríguez asumió el cargo con diligencia, le ofreció al imperio 50 millones de barriles de petróleo, para empezar, aunque reclamó la libertad inmediata de Maduro con una vehemencia enternecedora, y Maduro apareció ante las cámaras esposado pero coqueto, demasiado tranquilo.
Para completar, el Departamento de Justicia de Estados Unidos, que había acusado a Nicolás Maduro de ser el jefe del Cartel de los Soles, reconoció tácitamente que el famoso cartel no existía, y no añadió nada más, ni siquiera un Sorry, Nico.
Bueno, «los Soles», los generales que forman la cúpula del chavismo, sí existen, por supuesto, y el portafolio de sus negocios es turbio y surtido, pero su peor crimen es la ruina del país, los millones de venezolanos que tuvieron que meter dos camisas en una mochila y echar andar por el mundo.
No toda la debacle venezolana es culpa del chavismo, claro. Pesó mucho la caída del precio del petróleo en 2014, y las conspiraciones del viejo establecimiento venezolano, sus maniobras para agudizar el desabastecimiento de drogas y alimentos, y el bloqueo gringo, que ya cumple un cuarto de siglo de asedios al chavismo aunque mantiene unos canales de negocios anchos y desbloqueados, como el de Goldman Sachs, el banco de inversión americano que ha comprado acciones de PDVESA a precio de huevo, o la Chevron, petrolera estadounidense que opera en Venezuela, o Citgo Petroleum Corporation, una empresa subsidiaria de PDVSA que refina y comercializa gasolina, lubricantes y petroquímicos en Estados Unidos. Ninguna de estas empresas está en la Lista Clinton.
El ataque gringo a Venezuela ha tenido todas las reacciones posibles. Las voces más críticas dijeron que la operación rompió el orden mundial, pero la verdad es que el pobre vive roto y que Estados Unidos nunca le ha negado una bomba a nadie. La Unión Europea mostró una levísima preocupación por el irrespeto a «la soberanía de las naciones». China y Rusia emitieron rezongos protocolarios. La comunidad venezolana de La Florida celebró «la caída del tirano» con un entusiasmo conmovedor. La derecha colombiana se frotó las manos, y algunos soñaron con la extracción de Petro.
En general, la derecha latinoamericana aplaudió el ataque con un entusiasmo corinesco. Es inaudito. Trump considera que los latinos somos basura, se proclama emperador de Las Indias, nombra virrey de la Gran Colombia a Marco Rubio, nos tira bombas, nos expulsa del paraíso americano y una bella candidata presidencial colombiana grita húmeda, ¡Trump, haz lo tuyo!
