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Ver morir a un hijo por una enfermedad pertenece a la categoría de los horrores absolutos. La mañana comienza todavía sometida a las leyes ordinarias del mundo y, antes de que llegue la noche, todo ha terminado. Quedan una habitación intacta, unos zapatos que nadie volverá a usar, unos juguetes en el suelo, un cinturón… objetos menores cargados de ausencia, testimonios mudos de una existencia truncada. Quedan también un vacío que la razón no logra abarcar y un dolor capaz de despojar a la vida de todo sentido.
En la pintura conocida como El garrotillo, en medio de una habitación en penumbra, un hombre adusto sostiene con fuerza el cuello de un niño y le introduce los dedos en la boca. Según la interpretación médica del cuadro, el médico intenta desgarrar la membrana que la difteria ha formado en la garganta y que comienza a asfixiarlo. En unos pocos trazos, Goya concentra el horror de la medicina premoderna: un niño que lucha por respirar y un adulto que intenta salvarlo mediante una maniobra brutal, dolorosa y desesperada.
Todo comenzaba con fiebre ligera y dolor al tragar, pero podía convertirse en pocas horas en un suplicio indescriptible. Pronto aparecía una membrana gris y espesa, adherida a la faringe. Cada inspiración producía un ruido áspero; el pecho se hundía bajo un esfuerzo cada vez más inútil; los labios adquirían un tono azulado por la falta de oxígeno. El niño, incapaz de entender lo que le ocurría, luchaba por cada bocanada de aire.
En un último intento, el médico trataba de desprender la membrana con los dedos o con unas tenazas. La garganta sangraba y aquella sangre agravaba su ahogamiento. El niño se debatía mientras sus padres lo sujetaban. No podía comprender por qué se habían vuelto contra él ni cuál era el propósito de aquella maniobra. Solo sabía que no podía respirar y que un extraño lo sometía, sin explicación alguna, a una forma de tortura desconocida.
En medio del llanto, de las oraciones y de la desesperación, surgía una pregunta que apenas podía formularse: ¿cómo puede un Dios misericordioso condenar a un niño inocente a semejante sufrimiento y exigir después que reconozcamos en esa atrocidad un designio? ¿Qué propósito podría justificar semejante crueldad?
Entre los horrores de la medicina premoderna, la apendicitis muestra con particular crudeza la distancia que nos separa del pasado.
Todo comenzaba con un dolor impreciso alrededor del ombligo. Horas después, descendía hacia la derecha y adquiría una intensidad feroz. Caminar dolía. Toser dolía. Incluso el movimiento del colchón dolía. Si el apéndice inflamado llegaba a perforarse, el dolor a veces disminuía de forma repentina y esa tregua se interpretaba como una mejoría. En realidad, el pus acababa de derramarse en el abdomen… Después venía la peritonitis: el vientre se endurecía, la fiebre quemaba, la lengua se secaba, el pulso se aceleraba y el intestino finalmente dejaba de moverse.
Luego comenzaba un vómito incontrolable: primero se expulsaban los alimentos; después, un líquido bilioso; más tarde, otro oscuro y pestilente, formado por secreciones y contenido intestinal estancado. Los médicos lo llamaban «vómito fecaloide»: el enfermo expulsaba por la boca una sustancia con olor a heces. La boca, destinada al alimento y a la palabra, se convertía en la última salida de un intestino ciego y paralizado.
Un olor putrefacto invadía la habitación; se impregnaba en las sábanas y en la ropa, y persistía en las manos de quienes trataban de limpiar al enfermo. A la agonía se sumaba la humillación de advertir el gesto involuntario con que los otros apartaban el rostro, vencidos por el asco. Todavía consciente, el enfermo podía pedir disculpas, como si aquella pestilencia fuera una falta suya y no el último ultraje que la enfermedad infligía a su cuerpo.
La meningitis suponía otra forma de crueldad. No convertía el abdomen en una cloaca, sino la conciencia en el escenario de su propia destrucción. Podía comenzar con fiebre y dolor de cabeza. Luego, el dolor se volvía agudo, continuo e intolerable. La luz hería, el cuello se endurecía y, en los casos más atroces, el enfermo podía pasar horas gritando con todas sus fuerzas, sin encontrar un instante de alivio. Después, comenzaba a confundir los rostros y las épocas. Preguntaba por personas muertas, quería regresar a lugares desaparecidos o se empeñaba en cumplir alguna antigua obligación cuyo sentido solo él recordaba.
La conciencia no se apaga como una lámpara. Se deshace en fragmentos. Primero se pierde la orientación; luego, el lenguaje; después, el reconocimiento. A veces el enfermo regresaba durante unos segundos, abría los ojos y pronunciaba una palabra sensata. La familia se aferraba a aquel instante como a una prueba de recuperación. Poco después, volvía a hundirse en el abismo.
Finalmente llegaban las convulsiones y, con ellas, el coma. Entonces, el tormento cambiaba de dueño. Eran los otros quienes contemplaban, impotentes, la respiración irregular, los párpados entreabiertos y el rostro todavía reconocible de alguien que parecía haberse apartado ya del mundo. Le hablaban porque nunca sabemos en qué momento nuestra voz deja de alcanzar al moribundo.
Esos horrores no desaparecieron porque la naturaleza se hubiera vuelto más compasiva. Retrocedieron porque hubo hombres que se negaron a aceptar el sufrimiento como una condena divina. De esa rebelión nacieron algunos de los impulsos más nobles del humanismo y, más tarde, de la Ilustración. A pesar de las prohibiciones, abrieron cadáveres, observaron tejidos, cultivaron microorganismos, se lavaron las manos, desarrollaron la asepsia, inventaron vacunas y aprendieron a aliviar el dolor y a contener las infecciones.
Todos esos avances surgieron de una misma insubordinación: la decisión de combatir el dolor y la enfermedad en lugar de venerarlos. Pero esa rebelión tuvo que enfrentarse a unas autoridades eclesiásticas que, como tantas veces, se arrogaron el papel de guardianas de la moral y exigieron aceptar el sufrimiento como parte de un destino trazado por una Providencia que, ante aquellos cuerpos, no mostraba la menor compasión.
Bertrand Russell sostuvo que todo progreso moral ha encontrado la oposición de las iglesias organizadas del mundo. La afirmación puede parecer exagerada, pero la historia de la medicina le concede, en buena medida, la razón.
A finales del siglo XVIII y durante el XIX, algunos sectores cristianos combatieron la vacunación contra la viruela porque consideraban impío interferir en los designios de Dios y sacrílego introducir materia animal en el cuerpo humano. Cuando comenzó a emplearse la anestesia durante el parto, hubo quienes invocaron la condena bíblica de Eva para sostener que la mujer debía parir entre dolores y que mitigarlos equivalía a contradecir la voluntad divina.
La veneración del sufrimiento se mantuvo hasta tiempos recientes. La madre Teresa hablaba del dolor como del «beso de Jesús». Resulta fácil ennoblecer el tormento cuando lo padece otro. Para quien tiene cáncer, una herida gangrenada o los huesos consumidos por la enfermedad, el dolor no es una caricia divina, sino una fuerza que nubla la conciencia y destruye, hora tras hora, todo lo que queda de dignidad, lucidez y sosiego.
Esa forma aberrante de moralidad no ha desaparecido. Esos mismos faros de la virtud y la decencia condenan todavía la interrupción temprana del embarazo, incluso cuando el diagnóstico prenatal revela que el niño padecerá epidermólisis ampollosa, una enfermedad genética en la que el más leve roce puede arrancar la piel, cubrir de ampollas la boca y el esófago, abrir heridas en las mucosas y convertir cada movimiento, cada comida y hasta el acto de tragar en una fuente de dolor intolerable. Para esos guardianes de la moral, un embrión, todavía incapaz de sentir, posee una dignidad más inviolable que la del cuerpo del niño que habrá de pasar años cubierto de ampollas y vendajes. La vieja devoción por el sufrimiento sigue intacta.
Quienes hoy desprecian las vacunas suelen hacerlo desde la comodidad de un mundo construido por ellas. No han visto una sala repleta de niños atrapados en pulmones de acero o lisiados por la poliomielitis. No han oído el grito hidrocefálico de una víctima de meningitis mientras la presión en el cráneo aumenta y comprime el cerebro, como si este quisiera abrirse paso a través del hueso. Han olvidado que muchas de las enfermedades que ahora juzgan inofensivas dejaron de inspirar terror porque la ciencia las redujo, las contuvo o las hizo desaparecer.
La memoria humana posee una forma particular de ingratitud: cuando una conquista triunfa, las generaciones siguientes dejan de percibir el peligro que fue necesario vencer. Entonces, la protección parece innecesaria y el privilegio de no haber conocido una epidemia se convierte en argumento para negar que alguna vez haya sido necesaria.
Cada vez que alguien desacredita las vacunas, desprecia los avances científicos o convierte la pseudociencia o la superstición religiosa en política pública, no nos devuelve simplemente a un error del pasado. Nos empuja hacia un mundo que ya desconocemos: el de los cirujanos barberos; el de las amputaciones sin anestesia y los cauterios de hierro incandescente sobre la piel; el de las mujeres obligadas a parir durante días sin alivio; el de aquellas a quienes arrancaban los dientes sanos con tenazas para curarles la melancolía; el de los locos encerrados, golpeados y encadenados en manicomios inmundos; el del trépano que perforaba el cráneo para tratar golpes, convulsiones, dolores y formas incomprensibles de locura.
Era también el mundo de los cuerpos lisiados o deformados por enfermedades que hoy podemos prevenir o curar; el de la viruela, la difteria y la poliomielitis; el de los enfermos que morían de gangrena tras una lesión insignificante; el de las infecciones triviales que arrebataban a los padres la vida de sus hijos y que hoy detendría un antibiótico.
La ciencia no abolió el sufrimiento ni venció a la muerte. Hizo algo más modesto y acaso más humano: convirtió el conocimiento en alivio y la medicina en una forma de misericordia.
