Existen dos acepciones de la palabra “envidia”. La buena: emulación, deseo de algo que no se posee; y la mala: tristeza o pesar del bien ajeno.
La segunda acepción del término corresponde a ese sentimiento amargo y vergonzoso que nos cuesta aceptar, o siquiera mencionar, y que se siente como una puñalada en el vientre y nos deja atónitos y mudos ante el éxito ajeno. El sentimiento es especialmente insidioso y maligno contra todos aquellos que consideramos competidores directos o rivales. Los escritores sienten envidia de otros escritores, y mucho más si son sus colegas o amigos, los músicos de los músicos, los actores de otros actores y los científicos de otros científicos, y peor aún si son de su misma especialidad.
Un síntoma de la enfermedad es inequívoco: el silencio absoluto ante el éxito de los otros, con la intención de convertir el triunfo ajeno en algo invisible, inexistente, y con nuestra displicencia dar a la vez una prueba indirecta de nuestra superioridad que no se ve perturbada por hechos insignificantes. Otras veces la enfermedad se manifiesta en forma de condena moral. Del puritanismo, decía H. L. Mencken que, “es ese molesto temor de que alguien en alguna parte sea feliz”. La infidelidad se condena por envidia más que por convicción, y los galanes y conquistadores son vistos por sus rivales con recelo, y con frecuencia tildados de libertinos e impúdicos. De las mujeres bonitas se repite sin fundamento que son más vanidosas y menos inteligentes; de los ricos y aristócratas, que son superficiales y vacíos.
No se siente envidia de los genios ya consagrados. No existe un artista contemporáneo que envidie a Leonardo, ni un músico al que lo desvelen los méritos de Bach, ni existen escritores consumidos por la envidia ante las grandes obras de Shakespeare y Cervantes. Más aún, usamos su grandeza para disminuir a nuestros rivales, para crear la ilusión de que por debajo de esos gigantes todos somos iguales, insignificantes, y así podemos quedar a la par de aquellos que en secreto reconocemos como superiores.
La envidia, como todos los pecados capitales, es producto de la lógica perversa de la madre naturaleza y su obstinada obsesión en premiar la inmoralidad por encima de la virtud. Descendemos de envidiosos, ambiciosos, egoístas y mentirosos. La envidia es el acicate que nos impulsa a escalar la jerarquía del grupo. Lo que yo suba lo baja mi colega, y su ascenso me rebaja. Sus triunfos son mis derrotas; su éxito y su prestigio, mi fracaso y mi descrédito. No importa cuán alto se llegue, basta superar al competidor, o hacer que éste desaparezca. “Lo importante no es ganar sino que los otros pierdan”.