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Apología de las ciencias puras

Klaus Ziegler

28 de enero de 2009 - 10:18 p. m.

Son muchas las personas, entre las que se cuentan políticos y directores de entidades encargadas de administrar los recursos destinados a la investigación científica, convencidas de que es un despilfarro financiar proyectos en ciencias puras, especialmente en Matemáticas y Física teórica, porque no creen que estas actividades puedan tener alguna incidencia en la solución de problemas reales o en el desarrollo de nuevas tecnologías.

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Pero la historia de la ciencia ha mostrado que la génesis de las grandes invenciones obedece casi siempre a una lógica que tiene poco o nada que ver con la solución de problemas prácticos. El descubrimiento de las ondas electromagnéticas, y su aplicación tecnológica más inmediata, la comunicación inalámbrica, es el mejor ejemplo.

Motivado por una cuestión puramente teórica, James C. Maxwell buscó durante años un conjunto simple y elegante de ecuaciones que diera cuenta de los fenómenos eléctricos y magnéticos, problema que pudo resolver finalmente después de muchos esfuerzos en 1861. Inmediatamente después de la publicación de sus célebres ecuaciones, algunos físicos notaron que éstas admitían, como soluciones, funciones periódicas similares a las que aparecen en la descripción de las ondas mecánicas. La coincidencia sugería la existencia de una onda desconocida muy similar al sonido, pero capaz de viajar en el vacío sin necesidad de ningún medio de propagación. Veinte años más tarde, Hertz pudo generar en su laboratorio las ondas que Maxwell había predicho. Es altamente improbable que este logro hubiera podido realizarse sin la teoría de Maxwell.

Asimismo, dos de los mayores inventos del siglo XX, el transistor y el láser, fueron subproductos inesperados de la mecánica cuántica, una teoría del mundo atómico que usa matemáticas tan sofisticadas como la teoría de espacios de Hilbert de infinitas dimensiones y otras abstracciones concebidas en las mentes de matemáticos y físicos preocupados por comprender universos aparentemente disímiles a nuestro mundo terrenal de tres y cuatro dimensiones.

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La tecnología moderna sería impensable sin el trabajo solitario de algunos individuos cuya motivación no era muy distinta de la de un poeta o de un artista que crea mundos mentales para su propio deleite intelectual, sin esperar que estos necesariamente sirvan para algún propósito práctico. Como decía Einstein, no hay nada que tenga más aplicaciones que una buena teoría.

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