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El absurdo de ser hincha

Klaus Ziegler

16 de septiembre de 2009 - 11:02 p. m.

Durante las eliminatorias para el campeonato mundial de fútbol de 1970, después de dos partidos en que se produjeron violentos enfrentamientos entre los hinchas de las selecciones de Honduras y El Salvador, y mientras se esperaba un tercer partido de desempate, los ejércitos de estos dos países, embriagados de fervor patriótico, se enfrentaron durante seis días en la llamada Guerra del fútbol, quizá la más ridícula de todas las conflagraciones que registra la historia reciente.

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No es fácil comprender cómo un partido de fútbol, sin mayores consecuencias para los aficionados, pueda llegar a desatar semejante violencia. A diario, hinchas de equipos rivales se matan a puñaladas en las tribunas de los estadios, y hordas de hooligans enardecidos se lanzan a las calles destruyendo en orgías de violencia desenfrenada todo lo que encuentran a su paso.

Y el fenómeno resulta aún más inexplicable cuando pensamos lo absurdo que significa ser un fiel seguidor de un mismo equipo toda la vida, porque los equipos son abstracciones imaginarias que no existen como entidades fijas. El equipo de hace una década apenas guarda un ligero parecido con el de hoy, y sin embargo para sus fervorosos hinchas éste sigue siendo el mismo. Y si, demos por caso, Millonarios incorporara seis nuevos jugadores de su archirrival Santa Fe, con seguridad que sus hinchas le seguirían profesando la misma fidelidad y devoción aunque su onceno ya tenga más sangre roja que azul.

Y si llevamos el argumento al extremo e imaginamos que un poderoso empresario decide comprar ambos equipos, y justo antes de que comience el campeonato traslada los once jugadores de Millonarios a Santa Fe, y viceversa, entonces los fieles hinchas de Millonarios quedarían convertidos en hinchas de su rival, pero aun así, podríamos estar seguros de que perdurarían inquebrantables en su lealtad hacia su “equipo” adorado.

Para entender semejante absurdo, hay que comenzar por comprender que las emociones humanas, como muchas de las rutinas cognitivas fundamentales para la supervivencia, son el resultado de un largo proceso de selección natural que, a lo largo de milenios, fue moldeando formas de comportamiento útiles en el pasado, pero que pueden resultar anacrónicas en el mundo actual.

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La fiesta de los hinchas, con sus caras pintadas y sus estentóreos gritos no difiere en mucho del espectáculo vulgar del caudillo de plaza pública y sus consabidas arengas patrioteras. En ambos casos lo que se manifiesta es el mismo sentimiento gregario y primitivo que llevamos latente en nuestros genes desde épocas inmemoriales, listo a relucir su grotesca cara en el momento apropiado.

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