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El enemigo íntimo

Klaus Ziegler

11 de julio de 2026 - 12:05 a. m.

Todo empieza en un día cualquiera, cuando advertimos una pequeña anomalía: una gota de sangre en la orina o en la saliva, una pérdida de peso sin explicación, un dolor de espalda que no cede, un bultito apenas perceptible, una tos persistente, una alteración en la voz que atribuimos, con optimismo, a un resfriado pasajero, o un lunar oscuro, violáceo, que hasta entonces habíamos preferido no mirar.

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Decidimos ir al médico por prudencia, casi por trámite, todavía convencidos de que la vida sigue intacta. No sabemos que ese instante es el comienzo de una ordalía brutal: la espera convertida en tortura, la sospecha administrada gota a gota, la posibilidad de una palabra que nadie quiere oír y cuya mera mención nos parte la vida en dos.

De esas primeras consultas se desprende una sucesión confusa de señales, temores y falsas treguas. Un médico empático nos advierte sobre la posibilidad de algo grave, pero intenta tranquilizarnos con alguna estadística piadosa. Una segunda opinión, menos complaciente, nos obliga a someternos a exámenes más concluyentes. Entonces no queda sino esperar: una cita, una autorización, una imagen, una biopsia, una llamada. Y en esa espera metafísica, la vida queda suspendida entre la esperanza y la tragedia.

Finalmente, con la frialdad burocrática de lo irreparable, llega el informe. Lo leemos con taquicardia. Primero, de manera oblicua, casi supersticiosa, buscando una palabra salvadora entre las líneas; luego saltamos al diagnóstico final, como quien mira de reojo el veredicto antes de tener valor para entenderlo. Después volvemos al comienzo y leemos todo con minuciosidad febril: cada término, cada sigla, cada medición, cada dictamen. En ese documento, de apenas unas páginas, cifrado y redactado con frialdad clínica, aparece escrita con tinta ajena una noticia demoledora.

La carta cifrada dice, en jerga técnica, lo que más temíamos: «cáncer», esa palabra que, incluso en la era de la medicina molecular, todavía conserva el prestigio arcaico de una sentencia de muerte. Una vez comprendida nuestra condición —primero con incredulidad, luego con esa resignación imperfecta que aún se parece demasiado al miedo—, sobreviene la angustia de las estadísticas: porcentajes de supervivencia, curvas de recurrencia, estadios, marcadores, años de vida.

En las enfermedades infecciosas, la imaginación reconoce de inmediato la figura del enemigo. Un virus atraviesa la frontera del cuerpo; una bacteria coloniza un tejido; un parásito se instala en la sangre. En esos casos, el adversario es un intruso, una presencia foránea que nos invade. El cáncer resulta más perturbador porque no se ajusta a esa imagen. No tiene rostro extranjero ni pertenece a una especie ajena que penetra en el organismo para devorarlo. Nace más adentro: en el mismo genoma de nuestras propias células.

Una célula cancerosa es un fenómeno natural. Está programada para reproducirse, mutar, competir, adaptarse y multiplicarse. En ella operan, a escala microscópica, los grandes verbos de la evolución. Pero, a diferencia de una célula normal, no acepta límites. No respeta la arquitectura del organismo. No se sacrifica por el conjunto. Posee su propia ley. Persiste, prolifera, invade. Es la vida emancipada de toda obediencia, reducida a su forma más antigua y brutal: el impulso de reproducirse y perdurar.

Basta con mirar un bosque para reconocer esa misma lógica elemental, aunque allí se nos presente de forma serena y hermosa. Los árboles crecen hacia la luz y se elevan por encima de sus competidores. Dispersan sus semillas mediante el viento, el agua, los insectos, las aves o los mamíferos. Algunos producen frutos dulces y apetitosos porque los animales que los comen dispersan sus semillas lejos del árbol original. Otras semillas se protegen mediante cubiertas duras, sustancias amargas o compuestos tóxicos que dificultan su destrucción.

Nada de esto obedece a una deliberación consciente. El árbol no piensa, no calcula ni traza ningún plan. Ni siquiera sabe que existe. Simplemente participa, como todo lo vivo, en ese mecanismo ciego por el cual la materia se copia, se propaga y persiste sin ningún propósito.

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Richard Dawkins formuló con brutal claridad una parte de esta intuición en «El gen egoísta»: los organismos no son los fines últimos de la evolución, sino vehículos transitorios de una continuidad genética que los excede. La gallina, el cerdo, el toro, el hombre: formas espléndidas, vulnerables e imperfectas que la evolución ensambla por un instante y luego abandona a su deterioro. La muerte no es un accidente externo a la vida, sino uno de sus mecanismos esenciales.

El cáncer no es la negación de la vida, sino una de sus posibilidades más oscuras. La misma división celular que permite la formación de un embrión puede, si se desvía de sus límites, crear y nutrir un tumor. Las mismas mutaciones que hicieron posible la diversidad de las especies pueden producir una línea celular resistente a la muerte. En 1951, a partir de un tumor cervical de Henrietta Lacks, se obtuvieron las células «HeLa»: una estirpe cancerosa que aprendió a sobrevivir a su propia dueña y que, más de siete décadas después, sigue multiplicándose en cultivos de laboratorio en todo el mundo.

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La misma selección natural que durante miles de millones de años talló ojos, pulmones, alas y cerebros puede operar ahora en el interior de un órgano, favoreciendo células más agresivas, más evasivas y más difíciles de destruir.

Las terapias modernas, incluso las más refinadas, enfrentan a ese enemigo incierto. Durante décadas, se soñó con una bala mágica: una molécula capaz de reconocer la falla específica y destruir únicamente la célula enferma, sin afectar el resto del organismo. La medicina ha avanzado admirablemente hacia ese ideal, pero no lo ha alcanzado por completo.

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Hoy existen medicamentos dirigidos contra mutaciones concretas, inmunoterapias que activan el sistema inmunológico, anticuerpos conjugados que llevan una carga tóxica hasta la célula maligna, terapias celulares que reprograman linfocitos para perseguir ciertos tumores y análisis genómicos que permiten escoger tratamientos con una precisión impensable hace apenas una generación. Muchos pacientes que antes habrían muerto en pocos meses viven ahora años; algunos cánceres, antes fulminantes, se han convertido en enfermedades crónicas o incluso curables.

Pero el propio éxito del tratamiento introduce una presión selectiva feroz. Una terapia eficaz elimina millones, quizá miles de millones, de células sensibles. Sin embargo, si entre ellas queda una sola célula capaz de tolerar el golpe —por una mutación previa, por una alteración epigenética, por refugiarse en un nicho protegido, por entrar en estado de letargo o por aprender a expulsar el fármaco—, esa célula puede convertirse en el origen de una nueva población.

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Lo que para nosotros fue una victoria parcial, para la enfermedad es apenas una poda evolutiva: desaparecen los débiles, sobreviven los resistentes. Y cuando el tumor regresa, a veces lo hace más pobre en diversidad, pero más terrible en malignidad; quizá menos numeroso, pero mejor adaptado al veneno que debería destruirlo.

Este es el núcleo cruel del problema. El cáncer no necesita ganar siempre; le basta con ganar una vez. Un tratamiento puede reducirlo hasta hacerlo invisible en las imágenes, borrar sus huellas en los análisis ordinarios y producir una remisión que parezca un milagro. Pero si queda una enfermedad residual mínima, —una célula dormida, un pequeño linaje escondido en la médula, en el hígado, en el pulmón o en algún repliegue del tejido—, la historia puede volver a comenzar. Celebramos entonces una paz provisional mientras, en silencio, un microcosmos de sublevados se prepara para un nuevo asalto.

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Lo mejor de la oncología contemporánea consiste en haber entendido que el cáncer no es un objeto fijo, sino una población viva sometida a mutación, selección y adaptación. Ya no se trata solo de atacar el tumor visible, sino de anticipar sus rutas de escape.

La evolución, que solemos imaginar como una epopeya ascendente hacia la complejidad y la belleza, revela entonces su indiferencia esencial. Para la naturaleza, en su potencia creadora, no hay una diferencia ética entre producir un colibrí y producir la metástasis de un tumor cerebral en un niño. Esa diferencia pertenece al ámbito de la moral humana, no al de la biología.

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Nuestra razón se rebela ante la idea de otorgar el mismo valor a una célula insurrecta que a la persona que la padece. Pero la biología no valora: conserva aquello que logra persistir. Somos nosotros quienes llamamos «milagro» a un ojo, «belleza» al plumaje del ave del paraíso y «grotesca» a una masa de células que florece con éxito, aberrante y muda, en el cuerpo de un hombre.

En la Chacona de la segunda Partita para violín solo de Bach, la vida entra en un doloroso duelo contra la muerte. La pieza se levanta sobre una arquitectura implacable: un bajo obstinado, una progresión armónica que vuelve sobre sí misma una y otra vez, y una serie de variaciones que parecen recorrer todo el espectro del dolor. No hay acompañamiento, pero el violín crea la ilusión de varias voces: canta, responde, sostiene acordes, desciende a la gravedad del registro bajo y luego asciende hacia regiones de una claridad sobrecogedora. La tonalidad de re menor impone desde el comienzo un carácter fúnebre; más adelante, el paso a re mayor abre una región luminosa, casi transfigurada. Pero la sombra regresa. La melodía insiste sin rendirse: mira de frente a la muerte y no se doblega ante ella.

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Tal vez esa sea la forma más elevada de nuestra resistencia: no vencer siempre, no prolongar indefinidamente la vida, no negar la ruina final, sino sostener todavía una melodía en medio de la devastación. Luchar mientras sea posible; aceptar, cuando ya no lo sea, que la lucha también tiene un término.

Y cuando finalmente llegue, como el rey Duncan después de la fiebre intermitente de la vida, podremos dormir en paz. Ya nada podrá tocarnos: ni el miedo, ni el acero, ni los ejércitos extranjeros, ni esa guerra íntima que alguna vez ardió en nuestro cuerpo. Entonces, con la grave belleza de la antigua voz del Eclesiastés, se soltará el cordón de plata; se quebrará el cuenco de oro; el cántaro se romperá junto a la fuente, y la rueda, sobre el pozo. El polvo volverá a la tierra, como era. Y habrá, al fin, un descanso.

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