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El espíritu en la máquina

Klaus Ziegler

23 de diciembre de 2009 - 09:59 p. m.

El 5 de diciembre de 2006 quedó claro que el mejor ajedrecista del planeta ya no será de carne y hueso. Ese día Deep Fritz aprovechó cada falta, cada error táctico de Vladimir Krámnik, el campeón mundial del momento, para pulverizarlo en un encuentro pactado a seis partidas, denominado “el match por el orgullo de la humanidad”, que finalizó con un resultado de cuatro partidas en tablas y dos a favor de la máquina.

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Durante la tercera partida Deep Fritz sacrificó un peón para lograr un mejor desarrollo de sus piezas, a pesar de que por lo general el juego de una máquina evita aquellas posiciones de inferioridad material. Tras la réplica del joven ruso, el autómata, en vez de atacar como todos esperaban, realizó una jugada defensiva.

El silencio se apoderó de la sala; Deep Fritz parecía “pensar”. Krámnik, desconcertado ante su adversario, un golem frío y sin rostro capaz de jugar con el genio de Alekhine y la imaginación de Capablanca, pudo lograr las tablas después de 44 movimientos.

El juego, celebrado en Bonn, fue un gran triunfo para la inteligencia artificial y la estocada final para algunos románticos que aún sostenían que los robots jamás superarían a los humanos jugando a los escaques, “por ser el ajedrez más arte que estrategia y menos cálculo que intuición”.

La idea de que aquellas destrezas que consideramos exclusivas de los humanos puedan ser usurpadas por las máquinas resulta sacrílega para la mayoría. Un cerebro de silicio, capaz de tramar una celada, despierta la peor de las pesadillas de la ciencia ficción: la suplantación final del hombre por la máquina.

Los argumentos que se han dado para descartar esta posibilidad se reducen a los prejuicios cartesianos del “fantasma en la máquina”, o la creencia de que aquellas expresiones del intelecto, la ciencia, la literatura y las artes no pueden reducirse a destellos sinápticos o a patrones electroquímicos en el interior de ese kilo y medio de tejido gelatinoso que llamamos cerebro.

Es cierto que Deep Fritz es un monstruo de la fuerza bruta, capaz de analizar diez millones de posiciones por segundo y de anticipar hasta 26 movimientos, pero un monstruo cuyas partidas calificaríamos de virtuosas, bellas e imaginativas si se atribuyeran a un jugador humano.

Si Deep Fritz en realidad piensa o no, dependerá de la definición que convengamos en darle al término. Lo cierto es que esta máquina no sólo juega como un humano, sino mejor que el más grande de los maestros.

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