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El magnate y el jorobado

Klaus Ziegler

11 de diciembre de 2013 - 05:00 p. m.

No creo que exista una sola persona para quien Steve Jobs sea un desconocido. Muy pocos, sin embargo, habríamos oído hablar de Charles Proteus Steinmetz si no fuera por ese bello tributo que el gran novelista norteamericano John Dos Passos le rindiera alguna vez a este genio polaco-alemán.

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 No se trata de comparar una estrella del mundo de los negocios con un matemático desconocido y ermitaño. Vale la pena, no obstante, contrastar dos almas paralelas aunque solo sea para comprender cómo la fama y el dinero terminan fabricando sus propios ídolos.
Jobs, fue, sin duda, un empresario y un diseñador extraordinario. Pero hay buenas razones para dudar de la leyenda del inventor legendario. No es secreto para nadie que el Apple I y el Apple II son creaciones del cofundador de la compañía “Apple”, Stephen Wozniak, artífice del computador personal. A Jobs debemos reconocerle un olfato prodigioso para el negocio sumado a una capacidad de trabajo casi sobrenatural, distintivo de individuos convencidos de su designio mesiánico. En el dúo se complementaban la mente analítica y creativa de Wozniak con la energía ilimitada de Jobs. La cultura popular atribuye a Jobs la invención del “mouse” y de la interface gráfica, en verdad, creaciones del ingeniero de origen noruego Douglas Engelbart, quién, dicho sea de paso, jamás recibió un dólar por sus inventos.

Michael Shermer, editor de la revista “Skeptical Inquirer”, nos muestra al magnate de Apple como un individuo amante de las filosofías orientales, supersticioso y esotérico. Cuenta Shermer que su gusto por lo paranormal llevó al joven Jobs a trabar amistad con Robert Friedland, un cultivador de manzanas que terminó convenciéndolo de la posibilidad de alterar la realidad cuando la mente se enfoca de manera fija en un objetivo. Jobs llegó a creerse capaz de generar “campos de distorsión de la realidad”, un efluvio que Friedland suponía emanaba de la mente mediante un simple acto de voluntad. El sicólogo Daniel Khaneman ha denominado esta clase de distorsiones cognitivas "sesgos optimistas omnipresentes", condición frecuente en muchos megalómanos. Las leyendas sobre el superhombre millonario de temperamento colérico, imprevisible, y de mirada hipnótica, se han multiplicado después de su muerte hasta convertirlo en una especie de Rasputín de los tiempos modernos.

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Como ocurre con aquellos que han saboreado desde temprano la fama y la fortuna, Jobs terminó por creerse omnipotente. Pero como diría alguna vez Bertrand Russell, tarde o temprano a todos nos llega la hora de recorrer ese destino final, ese camino enlosado con las lápidas de esperanzas abandonadas. Y el ídolo supremo se vio forzado a enfrentar la dura realidad de la enfermedad y la muerte.

La historia de Jobs quizá sea la demostración más trágica de cómo la credulidad puede llegar a ser mortal. Al amo del Macintosh y del iPhone se le diagnosticó una forma poco agresiva de cáncer pancreático, de buen pronóstico cuando se lo extirpa en sus fases tempranas. Guiado por sus creencias seudocientíficas, Jobs rechazó la cirugía salvadora y en su lugar se encomendó a un charlatán, célebre entre los millonarios de Beverly Hills y las estrellas de Hollywood. Optó por seguir una estricta dieta vegetariana de jugo de zanahorias y frutas, acompañada de enemas, hidroterapia y acupuntura. Pero el cáncer no perdona a los incautos: cinco años después, en 2009, se le descubrió metástasis en el hígado. En octubre de 2011, después de un trasplante infructuoso, descendió del Olimpo para morir como cualquier humano.

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Si Steve Jobs fue un ícono de la cultura popular, un ídolo del mundo capitalista, Charles Proteus Steinmetz bien podría ser su antítesis. Paria de la sociedad, judío y comunista, Steinmetz se vio obligado a emigrar a Estados Unidos en una época en que aquellos de su clase eran considerados poco menos que desechables. Y no pudo haber sido nadie más que otro exiliado compatriota suyo, Rudolph Eichemeyer, quien se apiadara de un emigrante paupérrimo, semita y contrahecho.

Y fue en una pequeña tienda de Brooklyn, que años más tarde se convertiría en la “General Electric”, donde el genio solitario pudo transformar sus fórmulas matemáticas en la inmensa red eléctrica que ilumina y da vida a las grandes urbes modernas. Allí formuló por primera vez su ley de la histéresis magnética, la relación matemática entre la densidad de un metal, su temperatura y la frecuencia de una corriente que circula por una bobina alrededor de un núcleo ferromagnético. Este descubrimiento permitió el diseño eficiente de transformadores de corriente alterna, uno de los mayores inventos de la humanidad, sin el cual sería imposible llevar electricidad a cada hogar desde las grandes plantas generadoras, un avance en la tecnología de comienzos del siglo XX comparable a la Internet o al computador.

En su refugio de la General Electric, Steinmetz fue libre de seguir inventando esas fórmulas que por arte de magia se convertían en líneas de tranvía, luces de neón y avenidas iluminadas. En el interior de un invernadero atiborrado de plantas de cactus y lámparas de mercurio, el genio solitario pasaba sus horas de ocio en la sola compañía de lagartos, cocodrilos y monstruos de gila, sus más queridas mascotas. “Y le dejaron ser socialista y creer que la sociedad humana puede mejorarse como se mejora una dínamo. Y ser pro alemán, y escribirle cartas a Lenin ofreciéndole sus servicios”. También se cuenta que hubo un día en el que Edison y Steinmetz, viejos rivales, finalmente se encontraron. Pero los cuadernos de notas de los reporteros quedaron en blanco, pues los dos hombres, telegrafistas veteranos, se hablaron en clave Morse golpeándose con sus dedos suavemente en las rodillas debido a que Edison estaba sordo, y muy anciano.

“Steinmetz fue la maquinaria más valiosa de la General Electric hasta que finalmente se desgató y dejó de funcionar”. La historia recuerda de manera diferente a sus prohombres según hayan sido famosos y ricos, o humildes y jorobados.

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