En Medellín, un pequeño pueblo de la provincia de Badajoz, se alza una imponente figura de bronce. Representa a Hernán Cortés, conquistador de México e ilustre hijo de la localidad. Erguido y arrogante, empuña el estandarte de Castilla mientras mantiene el pie izquierdo sobre los restos de un ídolo azteca.
Cinco siglos después del comienzo del genocidio de los pueblos originarios de América, otro conquistador español, Vasco Núñez de Balboa, da nombre a la moneda de Panamá, a una de las principales avenidas de su capital y a un monumento erigido frente al Pacífico. Inaugurada en 1924, la imponente estatua descansa sobre un globo terráqueo sostenido por cuatro figuras desnudas que simbolizan las «razas». En la mano izquierda, Balboa porta el estandarte de España; en la derecha, alza una espada cuya empuñadura es cruciforme. Difícilmente podría imaginarse una alegoría más perfecta de la conquista: la espada y la cruz fundidas en una sola imagen.
Cada 12 de octubre deberíamos preguntarnos si el comienzo de aquel mundo —la conquista, la esclavitud, la desposesión y el colapso de pueblos enteros— merece seguir siendo motivo de celebración. Acaso la carga racial más profunda de esa tradición resida precisamente en nuestra capacidad para contemplar sin perturbarnos atrocidades que nos parecerían monstruosas si hubieran sido cometidas contra pueblos a los que reconocemos como nuestros semejantes; atrocidades que la historia ha aprendido a tolerar, justificar e incluso glorificar una vez que a las víctimas se les despoja de su condición humana.
Para comprender hasta qué punto persiste esa miopía moral, basta con invertir los papeles por un instante.
Imaginemos que los ejércitos de la Wehrmacht hubieran conquistado Europa y que, décadas después de la carnicería, las deportaciones y las campañas de exterminio contra judíos, eslavos y otros pueblos considerados inferiores, se celebrara cada año el aniversario de aquella victoria como el «Día de la Raza Aria». Imaginemos las plazas presididas por monumentos a los vencedores y, en una de ellas, la estatua de un oficial de las SS, erguido y triunfante, con un brazo en alto empuñando la Hakenkreuzfahne, la bandera roja con la esvástica negra, y el pie izquierdo apoyado sobre una estrella de David.
La comparación no pretende equiparar procesos históricos diferentes, sino someterlos a una misma exigencia moral: preguntarnos si es legítimo convertir en celebración pública la victoria del conquistador sobre el conquistado. Se trata, en el fondo, de un ejercicio kantiano de universalización: cambiar los nombres, las banderas y las víctimas para descubrir si aquello que aceptamos por costumbre seguiría pareciéndonos moralmente aceptable cuando son otros quienes padecen sus consecuencias.
Esa es precisamente la pregunta en torno a la cual gravita Das Fünfhundertjährige Reich —El Reich de 500 años—, el volumen colectivo editado por Bruni Höfer, Heinz Dieterich y Klaus Meyer, y publicado en 1990, en vísperas del quinto centenario de la llegada de Colón a América.
Los autores no se limitan a cuestionar la conquista. A la destrucción material le siguió una segunda victoria: imponer las palabras con las que habría de ser recordada. La invasión pasó a llamarse «descubrimiento»; la conquista y el exterminio, «encuentro de dos mundos»; la imposición de una religión y una cultura, «civilización». El derrumbe de pueblos enteros quedó relegado a los márgenes de una epopeya en la que los protagonistas continuaron siendo Colón, Cortés, Pizarro, Balboa…
Esa segunda victoria fue también una derrota para la memoria histórica. La violencia de las armas se prolongó en el lenguaje con el que después se narró lo ocurrido. Llamar «descubrimiento» a la llegada de Colón convierte un continente habitado desde hacía milenios en un territorio que parece comenzar a existir solo cuando Europa lo encuentra. Hablar del «encuentro de dos mundos» sitúa en un mismo plano a quienes llegaron con ejércitos para conquistar, saquear y despojar, y a quienes fueron sometidos, despojados y diezmados. Y celebrar una «raza» común termina por envolver, bajo una palabra conciliadora, una historia de dominación en la que unas culturas impusieron a otras su lengua, su religión y sus instituciones.
El 12 de octubre debería ser un día de reflexión. Recordar una fecha no obliga a celebrarla; a veces exige detenerse y mirar de frente sus consecuencias y, en este caso, escuchar las voces de quienes pagaron el precio más alto. Hay acontecimientos cuya importancia histórica nadie discute y que, precisamente por la magnitud de lo que desencadenaron, merecen ser recordados con mayor gravedad.
La devastación que siguió a la conquista de América fue de una magnitud difícil de concebir. En pocas generaciones, pueblos enteros desaparecieron y vastas regiones del continente perdieron a la mayor parte de sus habitantes. Las causas se entrelazaron de manera letal: guerras de conquista, matanzas, esclavitud, trabajos forzados, hambre y desplazamientos, agravados por epidemias de viruela, sarampión y otras enfermedades, frente a las cuales las poblaciones nativas carecían de inmunidad.
Nunca sabremos con precisión cuántos millones murieron. Las estimaciones sobre la población americana en vísperas de 1492 han variado enormemente y siguen siendo objeto de debate. Pero ninguna discusión sobre las cifras altera la magnitud de la catástrofe. Una de las reconstrucciones demográficas más amplias estima que, a finales del siglo XV, cerca de sesenta millones de personas habitaban el continente americano. Un siglo después, quedaban apenas seis millones. Cerca del 90 % de la población originaria había desaparecido.
El historiador David Stannard llevó aún más lejos la estimación y sostuvo que, a lo largo de los cuatro siglos posteriores a la llegada de Colón, la población indígena del hemisferio pudo haber disminuido hasta en 100 millones de personas. La cifra puede discutirse; no la magnitud del desastre.
De los horrores que acompañaron la conquista nos han llegado apenas registros fragmentarios: documentos administrativos, testimonios judiciales y, sobre todo, las crónicas de Indias. Hombres como Bartolomé de las Casas, Bernal Díaz del Castillo, Pedro Cieza de León o Guamán Poma dejaron constancia, desde perspectivas muy distintas, de lo que presenciaron o pudieron reconstruir. Las Casas confesó haber visto hechos tan atroces que temía narrarlos porque él mismo apenas podía creerlos, y advirtió que otros, todavía más crueles, habían ocurrido sin que pudiera consignarlos.
Las historias de horror llenarían volúmenes enteros. Entre las armas de la Conquista hubo incluso perros adiestrados para perseguir y despedazar seres humanos. Las Casas habla de lebreles «muy bien doctrinados» para atacar a los indígenas; Gonzalo Fernández de Oviedo dejó una descripción aún más inquietante de Leoncico, el célebre perro de Vasco Núñez de Balboa: el animal acompañaba a los españoles en sus expediciones, perseguía a quienes intentaban escapar y, según Oviedo, cuando alguno se resistía, «hacíale pedazos».
Pero las víctimas de aquella expansión colonial no solo fueron los pueblos nativos de América. Durante más de tres siglos, millones de africanos padecieron uno de los mayores horrores que la historia humana haya conocido: la trata de esclavos. Se calcula que cerca de 12,5 millones de hombres, mujeres y niños fueron arrancados de África y embarcados por la fuerza rumbo a las Américas. Las condiciones de la travesía fueron tan atroces que alrededor de 1,8 millones jamás llegaron con vida a su destino.
La conquista de América y la trata atlántica fueron, sin embargo, apenas dos capítulos de una expansión mucho más vasta. La historia de los últimos 500 años pertenece, en buena medida, a lo que el historiador indio K. M. Panikkar llamó la «era de Vasco da Gama»: la larga época de expansión y dominio occidentales que comenzó cuando las naves europeas irrumpieron en los océanos del mundo. Panikkar la daba por terminada en 1945. Vista desde nuestro presente, sin embargo, resulta difícil no advertir cuánto de aquella lógica sobrevivió a la desaparición de los viejos imperios.
Cambiaron las banderas, los métodos y los discursos, pero no siempre la relación entre quienes dictan las reglas y quienes deben padecerlas.
Han sido cinco siglos de conquista, pillaje y dominación que bien podrían llamarse la edad de oro de los angloladrones y los europillos. Y es una historia que, bajo nuevas formas, todavía no termina, aunque algunos creen advertir ya indicios de que podría estar acercándose a su fin.
A lo largo de esta historia, los vencidos no solo perdieron millones de vidas, sino también sus tierras, su cultura y su identidad. Y, para consumar la injusticia, perdieron además su voz: el derecho a nombrar lo que les ocurrió y a contar su propia historia. Tal vez allí resida la forma más profunda de negación histórica: ese prodigio perverso del lenguaje capaz de transformar la tragedia de las víctimas en la gesta de sus vencedores.