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Para el Reverendo Pat Robertson la terrible tragedia del pueblo haitiano es harto justificada: “Hay algo que ocurrió en Haití hace mucho tiempo y que nadie quiere mencionar”.
Bajo la ocupación colonial francesa --dijo Robertson--, los haitianos juraron a Satán que se convertirían en sus siervos si les ayudaba a emanciparse. Por tan execrable ofensa, el Señor los maldijo y condenó a padecer por siempre infortunios y miserias.
Sandeces como estas no tendrían la menor importancia si no provinieran de un astuto empresario del milagroso negocio de la fe, dueño del imperio mediático Christian Broadcasting Network y estrella del programa de difusión mundial Club 700 con millones de prosélitos en todo el mundo.
Este telepredicador hace parte de un ejército de energúmenos ignorantes y difamadores profesionales al servicio de la ultraderecha norteamericana, dedicados a instigar desde sus púlpitos la intolerancia, la homofobia y el racismo, y a utilizar sus privilegios mediáticos para promover su propia agenda religiosa de desinformación, que pretende abolir de las escuelas la teoría de la evolución y la explicación científica del origen del hombre, para enseñar en su lugar el relato bíblico del Génesis y el mito de Adán y Eva.
Su discurso xenófobo y racista es de vieja data: en 1992, en su intervención ante la Convención del partido Republicano, animó a sus seguidores a apoyar la guerra de Bush contra el terrorismo denunciando a los inmigrantes sospechosos de albergar sentimientos antipatrióticos, y alertando a sus feligreses sobre la urgente necesidad de expulsarlos del país.
A Robertson se le ha acusado de usar como fachada una de sus empresas sin ánimo de lucro (y libre de impuestos), Operación Bendición, para multiplicar sus enormes ingresos. En una operación humanitaria, la cual se suponía estaría destinada a aliviar el sufrimiento de los refugiados de Ruanda en Zaire, se descubrió que, en vez de víveres, algunos de los aviones transportaban equipos para extraer diamantes de otra de sus compañías, La Corporación para el Desarrollo de África, fundada por Robertson y su entrañable amigo Mobuto Sese Seko.
Su predilección por genocidas como Sese Seko, o el derrocado presidente de Liberia Charles Taylor, es bien conocida. Mucho menos lo son sus millonarias inversiones en minas de oro de este país africano, ni los generosos “auxilios humanitarios” de sus dos caritativos camaradas al momento de solventar sus deudas.
Haití, el país más pobre del hemisferio, ha padecido incontables luchas internas, dictadores genocidas, regímenes corruptos y terremotos devastadores como el del pasado 12 de enero. También es uno de los contados lugares del planeta en donde ha triunfado una revuelta esclavista: después de trece años de sangrientas luchas contra uno de los regímenes más brutales que recuerde la historia, cientos de miles de esclavos lograron finalmente emanciparse del yugo francés en 1804.
En la retorcida mente de ese fanático religioso es imperdonable que un pueblo de negros dedicados al vudú y a la hechicería se subleve contra sus amos cristianos; y que haya triunfado, resulta inexplicable sin la oportuna mediación de Satanás. Sus recientes declaraciones en medio de las ruinas de Puerto Príncipe, de calles repletas de cadáveres y del sufrimiento de un pueblo que aun no termina de desenterrar de los escombros a sus seres queridos, merecen figurar en los anales de la infamia.
Quizás sus palabras sirvan al menos para que se tome consciencia sobre la perniciosa influencia de este y otros comediantes del lucrativo negocio de la fe, dedicados a promover la intolerancia y el fanatismo religioso, mientras llenan sus arcas con las generosas donaciones de miles de almas cándidas; y también para que muchos se den cuenta de quiénes son en realidad los que han firmado un pacto con Satán.
