Existe la opinión generalizada de que las diferencias de género en lo concerniente a preferencias, habilidades cognitivas y roles sociales son consecuencia exclusiva de la crianza, el ambiente y la socialización.
Expresiones como “mente masculina” o “mente femenina” se consideran parte de un lenguaje estereotipado y sexista, inapropiado en cualquier círculo intelectual respetable.
Pero contrario al consenso existente entre muchos humanistas, el problema de ponderar los efectos de natura versus cultura en la determinación de la identidad de género, así como la explicación de las diferencias sicológicas e intelectuales entre los sexos, son considerados asuntos fundamentales de la sicología humana que permanecen sin resolver. Como señala Diane Halpern, ex presidente de la Asociación Americana de Sicología, en su libro Sex Differences in Cognitive Ability, pocos temas están tan contaminados con afirmaciones emotivas, hallazgos inconsistentes y teorías contradictorias como el de las diferencias entre hombres y mujeres.
Sorprende que Halpern, crítica acérrima de la sicología evolutiva, llegue a una conclusión “incorrecta”, una que ella misma no estaba preparada para aceptar cuando comenzó su trabajo de revisión bibliográfica, como confiesa en el prólogo de su libro. Contrario a lo que muchos quisieran creer, el resultado del extenso metaanálisis de Halpern sugiere que los factores socioculturales por sí mismos no dan cuenta de un buen número de diferencias cognitivas, como discrepancias en el ritmo de adquisición del lenguaje, en las capacidades verbales, en el razonamiento matemático y en la realización de tareas espaciales.
Pero si los culturalistas enfrentan enormes problemas para explicar esas discrepancias, la hipótesis del feminismo más radical sobre la construcción social de la identidad de género, independiente de la biología, es un hecho empírico insostenible. Y no hay que ser un experto para sospechar lo improbable que resulta esta hipótesis. Hay “experimentos” que se dan en la naturaleza en forma silvestre, como aquellos accidentes en que individuos cromosómicamente masculinos se han visto forzados a vivir en el cuerpo de una mujer, que ponen en entredicho esta posición.
Uno de los casos más famosos quizá sea el de Brenda, un gemelo idéntico que perdió el pene a los siete meses de edad a causa de una circuncisión chapucera. Once meses después del incidente, y bajo las recomendaciones de John Money, un reconocido defensor de la tesis culturalista, los padres del niño decidieron castrarlo, reconstruirle órganos genitales femeninos y someterlo a tratamiento con estrógenos. Por el bien del niño, los padres juraron guardar el secreto y darle a la “niña” el nombre de Brenda. La naturaleza proporcionaba por puro azar un experimento ideal, pues Brenda compartía con su hermano, no solo los genes, sino también los entornos intrauterino y social.
Durante años Money reportó que el cambio de sexo había sido todo un éxito: “La personalidad de Brenda es claramente la de una niña normal, muy distinta del carácter viril de su hermano gemelo”. Sin embargo, con el paso del tiempo se comenzaron a filtrar rumores de que algo no andaba bien, lo que llevó al experto en sexualidad humana, Milton Diamond, a emprender una investigación independiente.
Cuando Diamond localizó a Brenda, la niña tenía catorce años y vivía con sus padres. Era una jovencita de voz grave y maneras rudas, sumida en el total ostracismo y en la más profunda depresión, muy diferente de la persona felizmente adaptada a su nuevo sexo que Money y los medios habían publicitado. La trágica historia de lo ocurrido con Brenda solo se reveló décadas más tarde: una vez los padres le contaron a su hija la verdadera historia, “la” adolescente exigió que se le hiciera una cirugía para restaurarle el pene y adoptar una “vida masculina”. Suspendió de inmediato el tratamiento hormonal, se hizo extirpar los pechos y cambió su nombre por el de David. Con el tiempo se casó y fue padrastro de tres hijos. En mayo de 2004, tras sufrir una crisis depresiva, puso el cañón de una escopeta en su boca y se voló los sesos.
Otro “experimento silvestre” fue reportado en la revista Science hace unos años, esta vez sobre una extraña anormalidad genética que afectaba a veintitrés familias de la población de Salinas, en República Dominicana. Debido a la presencia de un gen mutado, algunos varones nacieron insensibles a la testosterona, lo que les confería una apariencia femenina. Como era de esperarse, el extraño síndrome, conocido como insensibilidad andrógena, hizo que los niños fueran criados y educados como niñas. Solo fue al comienzo de la pubertad cuando las latentes fuerzas biológicas reventaron de súbito: de la noche a la mañana las “niñas” comenzaron a transformarse en adolescentes de voz grave. Los testículos descendieron y el clítoris creció hasta convertirse en un pene verdadero. En lugar de jovencitas de aspecto varonil, la brutal metamorfosis dio lugar a jóvenes con preferencias y “conductas masculinas”, una repentina inversión de la identidad sexual inculcada, en total desacuerdo con la predicción ambientalista.
Nadie duda de que muchos estereotipos asociados con lo masculino y lo femenino sean simples fabricaciones sociales. Pero ello no implica que todos los estereotipos sean creencias aceptadas sin ningún trasfondo de realidad. Que los basquetbolistas sean más altos que los jockeys es un estereotipo, pero no por ello la diferencia promedio de estatura entre ambos grupos deja de ser un hecho real. Flaco favor se le hace a la legítima lucha contra la discriminación sexual exigiendo que para lograr la equidad, mujeres y hombres debamos ser esencialmente indistinguibles.