En la tarde del pasado 31 de octubre falleció Boris Segismundo de Greiff, hijo del poeta León de Greiff, y uno de los padres del ajedrez en Colombia.
Como el gran Capablanca, Boris se inició en el juego de los escaques antes de comenzar a hablar. Fue campeón nacional a los veintiún años, Maestro Internacional a los veintisiete y Medalla de Oro en la olimpiada de Haifa, Israel, poco antes de cumplir los cincuenta. Al igual que su padre, fueron variados los mesteres con que nutrió sus ocios: durante años estuvo a cargo de la revista “Alfil Dama”, en la que hizo las veces de gerente, editor y distribuidor. Fue escritor y periodista. Entre sus libros se cuentan “Las 500 grandes partidas de la historia” y “Jaque al olvido”. El maestro De Greiff será recordado, no solo como virtuoso del tablero, sino también por sus amenas columnas, en aquellas épocas en que el ajedrez todavía ocupaba las páginas principales de los periódicos.
La muerte de Boris ha hecho que yo vuelva a hojear, con cierta nostalgia, los cuatro tomos de “El Tratado General de Ajedrez”, del maestro Grau, la obra más completa sobre el juego, en idioma español. Me ha traído a la memoria las anécdotas de los grandes genios y sus partidas inmortales. Capablanca, el hombre de mundo, el mujeriego disoluto. Alekhine, su archirrival, el ególatra insufrible, soberbio e iracundo, que prefería los gatos a las mujeres, excepto cuando se trataba de veteranas bien entradas en años. El inolvidable torneo de Buenos Aires, durante el cual el ruso perdió seis piezas dentales pero ganó un título mundial, una victoria en contra de todas las predicciones; una que Capablanca jamás pudo vengar, pues la parca madrugó a darle jaque mate: murió el 8 de marzo de 1942 a las 5:30 de la mañana como consecuencia de una hemorragia cerebral. Tenía 53 años y se encontraba en el cenit de su carrera.
Durante décadas, el ajedrez llegó a ocupar las primeras páginas de los diarios, e incluso a transmitirse en directo por la radio. Todavía se recuerda la figura excéntrica de Bobby Fischer, el niño genio que fue Gran Maestro a los quince años, y que murió a los 64, el número exacto de escaques. Y por supuesto, el match del siglo, contra Boris Spassky, la recreación en el tablero de la Guerra Fría. Pero es innegable que desde mediados de 1980 la popularidad del juego ciencia ha venido en declive, sin duda afectada por la corrupción en la FIDE, que llevó a la creación de dos títulos mundiales diferentes. Pero hay un factor que, a mi modo de ver, ha contribuido más que ningún otro al ocaso del juego ciencia: las imbatibles máquinas que llegaron para superarnos en una actividad considerada por los románticos más arte que estrategia, y menos cálculo que intuición.
Así como durante una década hubo dos títulos mundiales, existen hoy dos campeonatos: uno para máquinas y otro para humanos, este último cada vez más parecido a un torneo de minusválidos cuando se compara con los duelos entre los titanes de silicio. Hay en la actualidad un monstruo creado por el Maestro Internacional Vaclav Rajlich, llamado Rybka, cuyo Elo alcanza la increíble cifra de 3224 puntos, incluso por encima de Garry Kasparov (Elo 2847), considerado por muchos el mejor jugador de la historia. En una de sus últimas versiones, Rybka derrotó al Gran Maestro Joel Benjamin dándole peón de ventaja en cada partida. Llama la atención que no se haya establecido un campeonato mundial unificado donde se permita por igual la participación de humanos y de máquinas. Es muy probable que nadie quiera ver cómo nuestra especie es vapuleada por uno de estos golems de silicio. Nadie quiere repetir la experiencia del mal llamado “match por el orgullo de la humanidad”, en el que Deep Fritz humilló al mejor jugador del mundo en su momento, el ruso Vladímir Krámnik. Y eso que Fritz es un neófito al lado de Rybka, hoy destronado por Houdini 2.0, la más feroz de las bestias digitales.
No obstante los avances de los computadores, los interrogantes fundamentales del ajedrez permanecen aún en el más absoluto misterio. Nadie sabe, por ejemplo, si una ventaja de dama desde el comienzo del juego le permite al blanco ganar cualquier partida. Sería muy improbable que una diferencia de material tan grande no fuese suficiente, pero no conozco ninguna demostración de este hecho. Un buen aficionado sabe cómo ganar una final de rey y dos alfiles contra rey; e igual cosa ocurre si en su lugar dispone de dos caballos, o de alfil y caballo. Pero cuando el adversario cuenta con piezas adicionales, el análisis de la posición puede llegar a ser extraordinariamente complejo. Hace poco una máquina anunció mate en 290 jugadas, en una final de rey, dos torres y caballo, contra rey y dos torres, el mate más lejano en el horizonte virtual que se haya vaticinado.
Aunque el número posible de partidas se estima en diez elevado a la potencia diez a la cincuenta, 10^(10^50), un increíble teorema debido al lógico Zermelo afirma que el ajedrez es uno de esos juegos para los cuales existe una estrategia óptima. Es decir, siempre es posible jugar de tal manera que nunca se pierda. ¿En qué consiste este algoritmo divino? Nadie lo sabe. Solo sabemos que existe. La proposición hace parte de los llamados teoremas de existencia, en los que se prueba que existe cierto objeto matemático, aunque no lo conozcamos, y, en algunos casos, podría ser que nunca llegásemos a conocerlo. Un ejemplo sencillo, aunque algo traído de los pelos, es el siguiente: en una ciudad del tamaño de Bogotá debe haber por lo menos dos personas con exactamente el mismo número de cabellos. ¿Quiénes son estas personas? Nunca lo llegaremos a saber, ¡pero existen! (el acertijo se deja al lector para sus ratos de ocio).
Desde sus orígenes remotos en India, y tras mil años de historia, el ajedrez guarda misterios insondables que quizá jamás sean develados. No creo, o no quiero creer, que pueda llegar el día en que un autómata jugando con las blancas, y justo tras iniciar la partida, anuncie mate en… ¿tres mil quinientos veintitrés movimientos?