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La curiosa forma del pene

Klaus Ziegler

31 de marzo de 2011 - 12:02 a. m.

Entre las muchas extravagancias del Creador hay una que llama la atención de los –etólogos: de todos los primates, el hombre es quien posee el pene más largo y el más grueso.

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El órgano eréctil del gorila, el mayor de los primates del mundo, si mucho alcanza cuatro centímetros, mientras que el orangután supera a su primo por apenas un centímetro. El chimpancé, nuestro pariente más cercano, ocupa el segundo lugar, con un pene que dobla en tamaño al del gran simio, pero que no llega ni a la mitad del falo conferido por el Gran Arquitecto a su creación suprema, un formidable instrumento que alcanza a medir veinte centímetros de largo y cinco de diámetro.

Ese capricho aparente de la madre naturaleza, como cualquier otra peculiaridad del mundo vivo, adquiere perfecta lógica cuando se analiza desde la perspectiva evolutiva. Biólogos como Robert Trivers han observado que la longitud del pene es una de las muchas características adaptativas que aparecen como respuesta a lo que se conoce en evolución como “guerra espermática”: la lucha para que el esperma depositado por el individuo sea el que finalmente fecunde el óvulo.

Aumentar longitud significa, en este caso, acortar distancias y reducir obstáculos para alcanzar la meta. Pero el pene no es solo un caño para inyectar semen. Es además una sofisticada herramienta que sirve para remover el esperma de cualquier adversario. En algunas especies de tiburones, el pene se asemeja a una escopeta de doble cañón que eyecta agua a presión por uno de sus conductos con el fin de eliminar el semen rival para luego disparar su carga espermática por el otro. En los primates, incluido el hombre, el pene ha sido cuidadosamente diseñado para servir de bomba de succión como la utilizada por los plomeros para destapar sanitarios. Su curiosa forma de pistón, con un glande bulboso y esponjado, garantiza una ventosa capaz de aprovechar el rítmico movimiento de la cópula para succionar eyaculaciones foráneas.

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Es razonable pensar que la selección natural haya privilegiado todo cambio encaminado a facilitar la fecundación. Pero, contrario a lo que dicta el sentido común, en este caso la verdad parece ser lo opuesto: aunque conviene a la hembra que sus óvulos sean fecundados, no es adaptativo que el fecundador sea “cualquier aparecido”, y resulta poco recomendable entregar los preciosos huevos al “primer postor”.

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Los mecanismos de la selección sexual y la fecundación parecen descansar en el maquiavélico principio de que lo importante no es ganar, sino que los otros pierdan. La feroz lucha por las hembras, la batalla última por la reproducción, ocurre en varios frentes. Invisibles a nuestros ojos, los frenéticos espermatozoides deben adentrase en territorio enemigo y enfrentar una travesía no apta para flojos. Los obstinados guerreros comienzan su tortuoso recorrido en un medio hostil, ácido, diseñado para acabar con los invasores. El moco cervical diezma los ejércitos, paraliza a unos y aniquila a otros. Tras la heróica jornada, un puñado de sobrevivientes alcanza la inexpugnable fortaleza del óvulo solo para toparse con un último escollo: perforar su membrana; de un ejercito de más de 50 millones solo uno lo logra.

Como respuesta a los incontables tropiezos que implica la fecundación, y a la tenaz lucha espermática, la respuesta evolutiva ha sido, no solo falos más grandes, sino también mayores testículos. Mientras más infiel la hembra, mayor cantidad de semen deberán producir los promiscuos machos si ambicionan derrotar a sus rivales en la fiera batalla de los espermas. Por ello el tamaño de los testículos es una confirmación de la poligamia de la especie y un testimonio de la infidelidad de sus hembras durante milenios.

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El gorila dominante de espalda plateada, el alfa del grupo, el amo indiscutible del harén, no necesita un órgano sofisticado: para disuadir a cualquier rival su tamaño corporal le basta. Por ello su pene y sus testículos son diminutos, risibles en comparación con su ostentosa masculinidad y descomunal peso. A diferencia, el pobre chimpancé macho, condenado como sus parientes humanos a la tiranía del sexo, a la feroz lucha por conquistar los favores sexuales de las lascivas hembras, que llegan a copular hasta cincuenta veces al día con una docena de machos diferentes, debe resignarse a confiar en sus enormes testículos, de más de 60 gramos.

Nuestra situación dentro del grupo de los grandes simios es intermedia. No somos los más “pelotudos”, quizá porque la promiscuidad femenina en nuestra especie no alcanza los escandalosos niveles de nuestros primos antropoides. Aunque sí resulta más que suficiente para forzar una estrategia de penes largos como arma en la lucha espermática (es falso que los grandes falos se hayan seleccionado porque produzcan mayor satisfacción sexual en las mujeres).

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No sorprende que la eterna preocupación masculina por el tamaño del pene, una obsesión que debió aparecer mucho antes del invento del taparrabos, guarde estrecha relación con la eficacia reproductiva de nuestra especie. La “envidia del pene” es una realidad, pero la siente el hombre, no la mujer, otra equivocación entre muchas del señor Freud.
 

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