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La diferencia prohibida: Biología, género y pseudociencia

Klaus Ziegler

05 de septiembre de 2026 - 12:07 a. m.

Hay ideas que adquieren prestigio no porque expliquen mejor la realidad, sino porque un sentido elemental de justicia nos lleva a desear que sean ciertas. Una de ellas ha ganado terreno hasta alcanzar el rango de artículo de fe: que las diferencias psicológicas y conductuales entre hombres y mujeres pueden explicarse, en lo esencial, prescindiendo de la biología.

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Se repite que los niños juegan con arcos, pistolas y carros, y las niñas con muñecas porque así lo ha dispuesto una tradición machista, del mismo modo que a unos se los viste de azul y a otros de rosado.

Sin duda, en esto hay algo de verdad. El color rosa no está escrito en los cromosomas. Tampoco lo están los tacones, las corbatas ni las faldas. Todas las culturas adornan los sexos, exageran algunas diferencias y atenúan otras; las convenciones cambian de una sociedad a otra y de una época a la siguiente. El problema comienza cuando de esa trivialidad se pretende extraer una conclusión mucho más ambiciosa: que las diferencias psicológicas y conductuales entre hombres y mujeres son producto exclusivo —o casi exclusivo— de la cultura.

La relación entre biología y cultura se asemeja a la de un nadador que cruza un río. El lugar al que llegará depende de la corriente y de la fuerza con la que nada. Si el río fluye con violencia, terminará muchos metros aguas abajo; si la corriente es mansa, unas pocas brazadas pueden modificar considerablemente su trayectoria.

Así ocurre con los humanos. La educación, las costumbres y las instituciones pueden reforzar, debilitar o desviar muchas predisposiciones. Pero que el nadador consiga cambiar de rumbo no demuestra que el río haya dejado de correr.

Mucho antes de que existieran iglesias, patriarcados o «estudios de género», ya existía una profunda asimetría reproductiva. Para un hombre, la inversión biológica mínima necesaria para engendrar un hijo puede reducirse a una sola relación sexual. Para una mujer, allí apenas comienzan un embarazo, un parto y, durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva, meses o años de lactancia y cuidado. A diferencia de otras especies, los humanos nacemos extraordinariamente inmaduros y atravesamos una infancia prolongada.

A ello se suma otra diferencia fundamental. Un hombre puede fecundar a varias mujeres en un período relativamente breve; una mujer no puede quedar embarazada 20 veces simultáneamente por acostarse con 20 hombres. La naturaleza impuso así límites radicalmente distintos al éxito reproductivo potencial de ambos sexos, sin necesidad de consultar previamente a ningún comité de estudios culturales.

Hace más de medio siglo, Robert Trivers formuló las consecuencias evolutivas de esta asimetría en su teoría de la inversión parental: el sexo que invierte más en cada descendiente tenderá, bajo determinadas condiciones, a ser más selectivo, mientras que una inversión mínima favorece una competencia más intensa por oportunidades reproductivas adicionales 1.

Las consecuencias no son menores. Si para uno de los sexos cada reproducción supone una enorme inversión biológica, mientras que para el otro el número potencial de descendientes puede crecer mucho más con el número de parejas, la selección natural enfrenta a ambos a problemas distintos. Esperar que millones de años de esas presiones no hayan dejado ninguna huella en la elección de pareja, la competencia sexual o la disposición al sexo casual sería una hipótesis verdaderamente extraordinaria.

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En el terreno sexual, los datos son contundentes. Russell Clark y Elaine Hatfield hicieron que jóvenes universitarios abordaran en el campus a desconocidos del sexo opuesto, les dijeran que les parecían atractivos y les propusieran una cita, ir a su apartamento o acostarse con ellos 3. Cuando la propuesta consistía en salir juntos, hombres y mujeres no diferían demasiado. Cuando se trataba de tener relaciones sexuales esa misma noche con un completo desconocido, la diferencia fue espectacular: en los experimentos originales aceptaron alrededor del 70 % de los hombres y ninguna de las mujeres 3.

El resultado no quedó sepultado como una extravagancia de otra época. Estudios posteriores reprodujeron la diferencia y mostraron, además, que el lugar y la percepción del riesgo modificaban las respuestas 4. Dos replicaciones recientes del mismo experimento encontraron de nuevo que los hombres aceptaban con mayor frecuencia una invitación sexual de una persona desconocida 5.

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Los resultados también aparecen a escalas mucho mayores. Un estudio transcultural con 14.059 personas de 48 países encontró diferencias sexuales amplias y recurrentes en la sociosexualidad, es decir, en la disposición a mantener relaciones sexuales sin compromiso 6. La magnitud variaba según el contexto social y disminuía en los países con mayor igualdad política y económica entre los sexos, aunque no desaparecía.

La cultura importa. Durante siglos, los hombres pudieron presumir de sus conquistas mientras las mujeres eran castigadas por lo mismo. Pero convertir esa observación en una explicación universal tampoco funciona. Un metaanálisis de 211 estudios y más de 600.000 personas encontró un impulso sexual promedio mayor en los hombres: más pensamientos y fantasías sexuales, mayor deseo y más masturbación 7. Al corregir estadísticamente algunos sesgos de respuesta, la diferencia disminuía, pero persistía.

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Y las diferencias no se limitan a la sexualidad. Uno de los mayores metaanálisis sobre intereses vocacionales reunió a más de medio millón de personas y encontró una de las diferencias sexuales más grandes descritas en psicología: en promedio, los hombres mostraban mayor interés por trabajar con objetos, máquinas y sistemas; las mujeres, por actividades centradas en otras personas. En el eje «cosas-personas», el tamaño del efecto se acercaba a una desviación estándar 2.

Hay, además, evidencia especialmente incómoda para la versión extrema de la tábula rasa. Durante el desarrollo fetal, los niños y las niñas están expuestos a distintos ambientes hormonales. Un metaanálisis publicado en 2024, que reunió 20 muestras independientes acumuladas durante más de medio siglo, encontró efectos grandes y consistentes: las niñas con hiperplasia suprarrenal congénita, expuestas prenatalmente a niveles atípicos de andrógenos, mostraban patrones de juego más próximos a los de los niños que a los de otras niñas 8.

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No existe aquí ningún misterioso «gen de los carros». Lo que existe es algo mucho más difícil de encajar en una explicación exclusivamente cultural: la exposición hormonal prenatal puede modificar ciertas preferencias de juego. Y esa exposición ocurre antes de que la sociedad haya tenido siquiera la oportunidad de entregarles una muñeca. La muñeca llega después de que la biología ya estaba allí.

La asimetría reproductiva en muchas especies animales, incluida la humana, ha sometido durante millones de años a hombres y mujeres a presiones selectivas distintas. Pretender que semejante historia no haya dejado huella psicológica requiere más fe que admitir lo contrario. Atribuirlo todo al colonialismo, al patriarcado o al «machismo de los hombres blancos occidentales» exige una proeza intelectual adicional: explicar cómo millones de años de evolución tuvieron la delicadeza de permanecer psicológicamente inertes hasta que aparecieron los europeos.

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Nada de esto establece una jerarquía moral. De una diferencia biológica no se deduce quién debe gobernar, quién debe cocinar, quién puede estudiar física ni quién merece ganar más dinero. La inferencia es tan evidente que sorprende que todavía sea necesario aclararla. Los derechos no dependen de que dos poblaciones tengan medias estadísticas idénticas.

La igualdad entre hombres y mujeres tampoco requiere una naturaleza humana imaginaria, desprovista de sexo, hormonas e historia evolutiva. Una causa justa no se vuelve más justa al eliminar los hechos que nos resultan incómodos.

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No hay peor manera de defender una causa noble que hacerlo con argumentos falsos. Sostener que todas las diferencias psicológicas y conductuales entre los sexos son meras construcciones sociales tiene tanto fundamento científico como afirmar que no andamos en cuatro patas porque, desde niños, nos inculcaron la costumbre de caminar erguidos.

Señalar que ciertas versiones extremas de la teoría de género son pseudociencia puede valernos el sambenito de reaccionarios y retrógrados. Lichtenberg conocía bien el precio de imprudencias semejantes: «Es casi imposible atravesar una multitud con la antorcha de la verdad sin chamuscarle a alguien las barbas».

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Una parte del discurso contemporáneo ha encontrado una solución muy cómoda: primero nos declara capaces de nadar con fuerza ilimitada; después, a partir de esa fantasía, concluye que el caudal del río carece de importancia.

La cultura puede enseñarnos a nadar mejor y ayudarnos a atravesar el cauce. Pero no puede borrar el río.

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Referencias

1 Trivers, R. L. (1972). “Parental Investment and Sexual Selection”. En B. Campbell (ed.), Sexual Selection and the Descent of Man, 1871–1971. Aldine.

2 Su, R., Rounds, J. & Armstrong, P. I. (2009). “Men and Things, Women and People: A Meta-Analysis of Sex Differences in Interests”. Psychological Bulletin, 135(6), 859–884.

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3 Clark, R. D. & Hatfield, E. (1989). “Gender Differences in Receptivity to Sexual Offers”. Journal of Psychology & Human Sexuality, 2(1), 39–55.

4 Baranowski, A. M. & Hecht, H. (2015). “Gender Differences and Similarities in Receptivity to Sexual Invitations: Effects of Location and Risk Perception”. Archives of Sexual Behavior, 44, 2257–2265.

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5 Kunz, S. & Greitemeyer, T. (2025). “Gender Differences in Receptivity to Sexual Invitations: Two Naturalistic Replication Studies”. The Journal of Social Psychology, 165(4), 511–524.

6 Schmitt, D. P. (2005). “Sociosexuality from Argentina to Zimbabwe: A 48-Nation Study of Sex, Culture, and Strategies of Human Mating”. Behavioral and Brain Sciences, 28, 247–275.

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7 Frankenbach, J., Weber, M., Loschelder, D. D., Kilger, H. & Friese, M. (2022). “Sex Drive: Theoretical Conceptualization and Meta-Analytic Review of Gender Differences”. Psychological Bulletin, 148, 621–661.

8 Kung, K. T. F., Louie, K., Spencer, D., & Hines, M. (2024). “Prenatal Androgen Exposure and Sex-Typical Play Behavior: A Meta-analysis of Classic Congenital Adrenal Hyperplasia Studies”. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 159, 105616.

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