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La dulce venganza

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Klaus Ziegler
21 de mayo de 2009 - 03:37 a. m.
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En un cuento magistral de Juan Rulfo, Juvencio Nava asesina a machetazos a su compadre Lupe Terreros después de un altercado en el que don Lupe le mata un novillo.

 Juvencio huye durante treinta años, y es finalmente apresado por los hombres de un sargento, hijo de don Lupe, a quien Juvencio implora que lo deje vivir, “que lo deje morir solito derrengao de viejo”. Sin sentir odio ni resentimiento hacia el asesino de su padre, a quien ni siquiera se digna a conocer, el sargento ordena fusilarlo.

Casi todas las venganzas son insensatas y en apariencia inútiles, porque no logran resarcir el daño sufrido, y casi siempre empeoran las cosas. Pero quien recibe la ofensa no encuentra solaz para su alma hasta lograr el desquite. “Pondré en práctica la vileza que he aprendido y malo será que no supere a mis maestros”, dice premeditando Shylock su venganza, el avaricioso personaje de Shakespeare.

Como tantos otros sentimientos, la venganza es una adquisición evolutiva incorporada a nuestra psiquis, un agente disuasivo útil en sociedades primitivas, que carecían de códigos penales. El miedo a una venganza era en aquellas épocas la única ley capaz de evitar que un hombre fuera despojado de sus pertenencias, o que otros atentaran contra él o contra su familia. Y para que el mecanismo fuera eficaz debía ser implacable y público.

Quien se venga debe infligir un daño mayor al recibido, es una de las leyes fundamentales, y conduce a una cadena ascendente de odios que implican retaliaciones cada vez más brutales. Pueblos enteros se han enfrentado durante generaciones hasta casi exterminarse. Una guerra lleva a otra sólo por el deseo de venganza. El tratado de Versalles fue humillante para miles de alemanes que años más tarde vieron en Hitler el instrumento para resarcir el honor mancillado. Y Bush permitió la tortura para vengar los atentados del 11 de septiembre.

La venganza es una virtud biológica y cuenta con la aprobación de Jehová. En el “Levítico” se lee: “Si alguno causare una herida a otro, según hizo él, así se le hará; fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; se le hará la misma lesión que él haya causado a otro”.

El cruel consejo no proviene de Dios sino de la madre naturaleza. Porque la ley del Talión es la base primitiva de los códigos de justicia humanos, una ley biológica que parece emanar de lo más profundo del sistema límbico, ese misterioso rincón del cerebro donde se esconden, junto con la felicidad y el amor, las más sombrías emociones.

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