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La fiesta brava y otras crueldades

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Klaus Ziegler
14 de enero de 2010 - 01:54 a. m.
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El trato cruel que el hombre siempre ha dado al animal es de vieja data, y aun vivimos en una sociedad donde se tortura a los toros por diversión y por negocio.

Durante siglos se ha abusado de burros y asnos como bestias de carga, y todavía es posible ver en los pueblos de Colombia carritos tirados por caballos viejos y flacos obligados a trabajar sin descanso en las condiciones más oprobiosas.

A cerdos y a novillos se les transporta en camiones durante largas horas en condiciones miserables de hacinamiento, sin agua y sin comida. Con frecuencia unos mueren asfixiados en el viaje y otros llegan a las ferias con patas fracturadas o caderas rotas. En algunas granjas y criaderos, a los pollos se les corta el pico con una cuchilla al rojo vivo, de tal suerte que el dolor lacerante les impide comer y mueren de inanición; otros son arrojados vivos en tanques de agua hirviendo para desplumarlos.

Durante más de un siglo miles de animales fueron sometidos a experimentos pavorosos en nombre de la ciencia, incluyendo algunos en los que se practicaba la vivisección. El famoso fisiólogo francés Claude Bernard realizó experimentos de verdadero horror con cientos de perros, incluyendo el de su propia hija, a los que abría por el vientre sin anestesia para hurgar en sus órganos internos en su afán de probar la existencia de la homeostasis, o la capacidad del hígado de transformar azúcares en glucógeno.

El toro, como todo animal superior, posee un complejo sistema nervioso que lo hace sensible al dolor físico, y es precisamente por esta razón que en varios países del mundo todo acto que les inflija daño o sufrimiento grave es sancionado severamente por la ley. En el Reino Unido, por ejemplo, existe una legislación que castiga toda forma de tortura a los vertebrados: en lo que concierne a esta ley, se puede hacer lo que se desee a los insectos o crustáceos, pero no a las aves ni a ningún mamífero. La legislación fue recientemente modificada para incluir como “vertebrados honorarios” a los cefalópodos (pulpos, calamares y sepias), debido a su sofisticado sistema nervioso, lo que no ocurre por ejemplo con los moluscos. En Estados Unidos la difusión de algunos videos de laboratorios que experimentaban con primates en condiciones degradantes llevó a que en 1985 el Senado tomara medidas para poner coto a estos abusos; y en Canadá está prohibido emplear mamíferos como conejillos de laboratorio.

Muchos amantes de la fiesta brava son personas sensibles que tratan con cariño a sus mascotas, y quienes verían con horror e indignación si un depravado por diversión quisiera atravesar un perro de un sablazo en el lomo que le saliera por la boca. Pero como piensan con el deseo, imaginan que cuando del toro se trata la situación es otra, que la fuerza y bravura del bovino de alguna forma lo hace insensible al dolor o merecedor del martirio.

Más de uno prefiere mirar hacia otro lado, y no falta el intelectual que cree ponerle punto final a la discusión alegando que “el arte de los toros no necesita defenderse: basta con ir a verlos”, un argumento de lo más pueril y tonto.

Otros en su afán de defender un simple gusto personal llegan al extremo risible de afirmar que sin las corridas este hermoso animal se extinguiría; o que su nicho natural correría el peligro de desaparecer, como si existiera algo parecido a un nicho propio del toro de lidia. Otros recurren a simples falacias, como aquella de justificar la tauromaquia alegando que de todas maneras al ganado se le maltrata de muchas otras formas. 

Cualquiera en capacidad de abrigar un mínimo de compasión por el dolor y el sufrimiento animal, y consciente de que con ellos compartimos ese terrible legado evolutivo, pero fundamental para la supervivencia, que es la facultad de experimentar dolor, está obligado a reconocer que es un imperativo moral darles un trato digno.

Es sin duda un síntoma de progreso moral que el sanguinario espectáculo haya sido prohibido en Portugal, y recientemente en toda Cataluña, un ejemplo que esperamos sea pronto emulado en el resto de Hispanoamérica. En aquellos países en los cuales no existe esta bárbara tradición, la fiesta taurina se considera un atavismo cultural intolerable.

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