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La ilusión de la democracia

Klaus Ziegler

12 de noviembre de 2008 - 09:13 p. m.

Un paciente con un tumor cerebral inoperable tiene la opción de someterse a una radioterapia, con el riesgo de quedar con la mitad de su cara paralizada, o a una quimioterapia, arriesgando su vida en caso de que el tratamiento no dé resultado.

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¿Qué es más razonable, dejar la decisión en manos de una junta de oncólogos o realizar una encuesta entre colegas y amigos y seguir el consejo de la mayoría? La pregunta es retórica, y la respuesta obvia: la opinión de una minoría informada es mucho más valiosa que la de una mayoría ignorante.

Sin embargo, cuando se trata de elegir a un gobernante sobre el que recae la responsabilidad de tomar un sinnúmero de decisiones que afectan directamente la vida de millones de personas, confiamos en el juicio de una mayoría desinformada. En las pasadas elecciones, la mayor parte de los votantes norteamericanos no disponía de otra información sobre las políticas económicas y de gobierno de cada uno de los candidatos más allá de la parábola infantil de Joe el plomero, de McCain, o del discurso genérico de Obama sobre “cambio” y “esperanza”.

Los dueños del poder, que manipulan los medios de comunicación, saben usar las mejores estrategias de mercadeo, difamación y desinformación malintencionada, con el propósito de persuadir al votante para que elija al aspirante que conviene a una élite. Así que las posibilidades de triunfo de cualquier candidato dependen de tener a su disposición una formidable maquinaria de propaganda que requiere enormes recursos económicos (se calcula que la campaña de Obama triplicó en recursos económicos la de McCain), y en últimas, de los intereses de una pequeña minoría rica y poderosa (¿cuántos conocen siquiera el nombre de alguno de los candidatos independientes?).

Si queremos diseñar un sistema de votación más justo y lógico, no parece sensato otorgar el mismo poder de votación a todos los individuos, dadas las diferencias de los electores en conocimientos de política, experiencia y honestidad. Porque en los sistemas democráticos tiene tanto poder de decisión un analfabeta como un ciudadano informado. El problema es que  nadie sabe cómo darles peso a los votos, de tal modo que se tengan en cuenta las cualidades del votante.

“No ha existido, ni existirá jamás, verdadera democracia”, dijo Rousseau. La democracia, como la entendieron los griegos, puede ser un buen sistema de gobierno en pequeños grupos humanos, pero pierde sus virtudes en grandes colectivos. Quizá tenga razón Churchill: “La democracia es la peor forma de gobierno, a excepción de todas las demás”.

klaus.ziegler2@gmail.com

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