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La oración como terapia

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Klaus Ziegler
02 de octubre de 2008 - 01:15 a. m.
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Una niña de diez años muere de un tumor cerebral después de una larga y dolorosa agonía. Sus padres, devotos católicos, han orado incesantemente durante meses suplicando a Dios que la sane. ¿Sirvieron de algo las oraciones?

La pregunta tiene dos aspectos, uno moral y otro empírico. Si nuestro destino está determinado con antelación, y si Dios ya tiene un plan para cada uno de nosotros, ¿no es inútil pedirle que lo cambie a última hora? Y lo que es peor, ¿no es acaso un sacrilegio pensar que un Dios infinitamente bueno, capaz de evitar cualquier tipo de sufrimientos, necesite ser sobornado con oraciones, sacrificios o dádivas para que cambie el curso natural de los acontecimientos?

Para que se entienda mejor el argumento, suponga el lector que esa niña es su propia hija y que un oncólogo vecino suyo guarda en su consultorio un número ilimitado de ampolletas de un nuevo y potente fármaco capaz de curar cualquier tipo de cáncer. Pero este vecino, a pesar de ser consciente del terrible sufrimiento de su hija, no accede a proporcionarle ninguna de las ampolletas a menos que usted y su familia se lo ruegue durante meses, y de rodillas, ¿qué diríamos de la moralidad de este individuo?

Dejando de lado la cuestión moral y de fe, uno podría de todos modos preguntarse si las oraciones de los pacientes, o a favor de los pacientes, tienen algún efecto en la curación de las enfermedades. En un estudio encabezado por Herbert Benson, del Centro Médico Beth Israel Deaconess, en Boston, se sometieron a prueba 1.802 pacientes operados de desvío coronario. Los enfermos se dividieron en tres grupos: 604 fueron objeto de oraciones de intercesión, tras haber sido advertidos de que podían, o no, recibirlas; 597 no recibieron ningún tipo de oración, y a los 601 restantes se les informó que recibiría oraciones de intercesión durante 14 días, a partir de la noche siguiente a la intervención quirúrgica. Los investigadores obtuvieron el apoyo de dos monasterios católicos, a cuyos integrantes se les pidió que oraran por “una cirugía exitosa y una rápida recuperación”. Los criterios de referencia fueron el índice de mortalidad y las complicaciones presentadas dentro de los 30 días siguientes a la operación.

El estudio reveló que los índices de mortalidad fueron similares en los tres grupos. Curiosamente, el 59% de los pacientes que estaban seguros de que alguien había orado por ellos tuvo complicaciones, comparado con el 52% de los pacientes que no sabían si rezaban o no por su recuperación.

Quizás en este caso Dios no haya escuchado las plegarias, dirán los creyentes, o tal vez sí, digo yo, pero les ha dicho que “no”.

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