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La piedra que aprendió a pensar

Klaus Ziegler escribe hoy sobre la neurona más elemental de la era digital: el transistor MOS, que debemos a dos ingenieros que nunca tuvieron el reconocimiento que merecían.

Klaus Ziegler

19 de junio de 2026 - 09:39 p. m.
El Espectador.
Foto: Diego Peña Pinilla
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Uno de los pasatiempos favoritos del gran físico Enrico Fermi consistía en estimar, con unos pocos datos y algo de sentido común, lo que parece inestimable: «¿Cuántos afinadores de piano podría haber en Chicago?». O, en una escala mayor: «¿Cuántos libros se han escrito desde que Gutenberg inventó la imprenta?». La pregunta, por supuesto, no busca un número exacto. El desafío consiste en algo más modesto y, acaso, más interesante: formular una conjetura razonable a partir de información limitada.

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Pensemos en la segunda pregunta. Una referencia confiable proviene de Google Books. En 2010, tras depurar duplicados en catálogos, bibliotecas, WorldCat, registros de ISBN y proveedores comerciales, se estimó en 129.864.880 el número de libros distintos en el mundo, excluidas las publicaciones seriadas. Si suponemos una producción de entre dos y tres millones de títulos nuevos por año durante algo más de una década y media, llegaríamos a una cifra aproximada de entre 160 y 180 millones de libros escritos o publicados.

Naturalmente, todo depende de qué decidamos llamar “libro”. Permanecen fuera del recuento innumerables manuscritos inéditos, tesis, panfletos, autoediciones y obras digitales sin registro formal. Incluso concediendo un margen generoso para todas esas omisiones, parece difícil que el número total de libros concebidos por la humanidad supere el orden de unos pocos cientos de millones o, en el extremo más liberal, alrededor de mil millones. Es una cantidad inmensa para cualquier biblioteca, pero sorprendentemente modesta si se la compara con otros objetos mucho más humildes, por ejemplo: cucharas.

¿Y cuántas cucharas se habrán fabricado desde que los seres humanos empezaron a fabricar herramientas? El cálculo, al estilo de Fermi, no resulta complicado. Según las estimaciones demográficas más aceptadas, desde la aparición del Homo sapiens han vivido en la Tierra alrededor de cien mil millones de personas. Supongamos, con generosidad, que cada una utilizó, en promedio, unas veinte cucharas a lo largo de su vida —de madera, hueso, concha, barro, bronce, plata, acero, oro o plástico—. El resultado arroja unos dos billones de cucharas fabricadas a lo largo de la historia: un dos seguido de doce ceros.

La conclusión resulta curiosa. Desde Gutenberg hasta hoy, la humanidad ha escrito menos de 200 millones de libros, pero ha fabricado billones de cucharas. Hay, por tanto, decenas de miles de cucharas por cada libro jamás escrito. El objeto más humilde supera en número a algunas de las más altas creaciones del espíritu.

Pero el objeto más fabricado en la historia humana no es el libro, la cuchara, el ladrillo ni el clavo. Es una diminuta criatura de silicio que la humanidad ha producido en cantidades casi astronómicas y cuyo nombre, sin embargo, muy pocos conocen.

Se trata del transistor MOS, la neurona elemental de la era digital.

Su diseño extraordinariamente simple, diminuto y eficiente permitió concentrar primero millones y, más tarde, miles de millones de estos interruptores microscópicos en una sola pastilla de silicio. De esa arquitectura invisible nacieron los circuitos integrados, los microprocesadores y, en última instancia, la civilización electrónica contemporánea: computadores, teléfonos celulares, tabletas, satélites e inteligencias artificiales.

Ningún otro artefacto fabricado por el hombre se ha producido en cantidades comparables. Los ingenieros estiman que su número total ya se cuenta en sextillones: un uno seguido de veintiún ceros. Para intuir la desmesura de esa cifra, basta pensar que la humanidad ha fabricado suficientes transistores MOS como para construir una copia electrónica, neurona por neurona, de todos los cerebros humanos que han habitado la Tierra desde los tiempos más remotos, y todavía sobrarían miles de billones. Una proliferación tan extraordinaria que casi roza lo inverosímil.

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Su historia comienza en los Laboratorios Bell, en 1947, cuando John Bardeen, Walter Brattain y William Shockley construyeron un dispositivo destinado a reemplazar los aparatosos y frágiles tubos de vacío. Sin embargo, el verdadero protagonista de quizá la mayor revolución tecnológica de la historia sería una variante posterior, concebida en 1959 por dos ingenieros de los que pocos han oído hablar: Mohamed Atalla y Dawon Kahng.

Aquel modesto invento, nacido en las manos de un inmigrante egipcio cristiano copto y de un físico coreano formado en los años posteriores a la ocupación japonesa, terminaría multiplicándose hasta alcanzar una población inconcebible y transformar para siempre la faz de la civilización. La ironía es difícil de ignorar. William Shockley, galardonado con el Premio Nobel por el transistor original, dedicaría años más tarde buena parte de sus energías a defender las teorías eugenésicas más desacreditadas, convencido de la superioridad intelectual de la raza blanca y partidario de medidas hoy consideradas aberrantes. Difícilmente habría imaginado que el objeto más abundante jamás producido por la humanidad llevaría la huella de dos hombres a quienes muchos racistas de su época habrían considerado indeseables.

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Existe cierta justicia poética en ello. La más prodigiosa de las criaturas de silicio no nació del aislamiento, sino de la improbable convergencia de culturas, lenguas y biografías diversas. Como tantas veces en la historia de la ciencia, la inteligencia humana volvió a demostrar que ignora las fronteras, las banderas y las fantasías de pureza racial.

Atalla y Kahng jamás recibieron el Nobel. Y, sin embargo, más del 99,99 % de todos los transistores fabricados por la humanidad descienden de la modesta criatura concebida por ambos en 1959. El galardón premió el nacimiento de la especie, pero olvidó a los dos hombres que engendraron el linaje destinado a multiplicarse hasta convertirse en el objeto más abundante jamás salido de manos humanas.

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Sus nombres tampoco alcanzarían la celebridad de Einstein, Turing o von Neumann. Atalla abandonó los Laboratorios Bell y, años más tarde, se convirtió en pionero de los sistemas de seguridad electrónica para transacciones bancarias. Murió en 2009, después de haber presenciado cómo aquel modesto dispositivo, concebido medio siglo atrás, conquistaba el planeta.

Kahng permaneció en Bell Labs durante décadas. Discreto y poco dado a la notoriedad, continuó trabajando en física del estado sólido y en semiconductores, lejos de las controversias y los reflectores. Murió en 1992, cuando la revolución informática apenas empezaba a desplegar toda su fuerza. No alcanzó a ver Internet, los teléfonos inteligentes ni la inteligencia artificial moderna, todos ellos descendientes directos de aquella criatura de silicio cuya paternidad compartieron Atalla y Kahng.

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Hay algo profundamente poético en esta historia, además de lo humano. Con el avance de la tecnología de semiconductores, cada transistor MOS ha llegado a reducirse a una diminuta marca grabada en una lámina de silicio. Como los ladrillos grabados de Babilonia, un cerebro electrónico también es una piedra escrita: un bloque mineral en el que billones de signos microscópicos han sido trazados con una precisión absoluta. Solo que esta escritura cuneiforme moderna ya no se limita a conservar la memoria de reyes, impuestos o cosechas. Ahora calcula, recuerda, reconoce rostros, traduce lenguas, conduce máquinas y quizás empieza a pensar por sí mismo. Un objeto a la vez arcaico y futurista: piedra, escritura y pensamiento.

Si una inteligencia venida de las estrellas pudiera estudiarnos, probablemente se asombraría de una peculiaridad de nuestra especie. Descubriría que muchos de los hombres que cambiaron para siempre el curso de la civilización permanecen sumidos en el anonimato, mientras que el mausoleo de nuestros inmortales está reservado, con frecuencia, a actores, deportistas, celebridades pasajeras y, en ocasiones, a los grandes criminales de la historia.

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Quizá pensaría que los seres humanos confundimos fácilmente la celebridad con la grandeza. Porque el ruido y la fama son efímeros. Son las ideas, las obras y los actos de creación los que, silenciosamente, continúan modelando el mundo mucho después de que los nombres de sus autores hayan sido olvidados.

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