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Jesús nació judío y fue circuncidado al octavo día. Aquel pequeño anillo de piel, que en cualquier otra circunstancia habría sido desechado, ocuparía durante siglos las mentes de teólogos, místicos y coleccionistas de reliquias y despojos santos.
El problema no es trivial: si Cristo murió en la cruz, resucitó y ascendió corporalmente a los cielos, ¿subió intacto o dejó en la Tierra una parte de sí, excluida de la gloria eterna?
Según una leyenda piadosa, la Virgen conservó la piel divina y luego la entregó a María Magdalena en un recipiente con aceite de nardos. Otras versiones aseguran que pasó por las manos de san Juan Bautista, de varios emperadores y hasta por las de Carlomagno.
A Leo Allatius, erudito griego y custodio de la Biblioteca Vaticana durante el siglo XVII, se le atribuye la solución más ambiciosa al problema. El prepucio habría ascendido también, pero no alcanzó a reunirse con el cuerpo glorificado. Quedó suspendido en el firmamento y terminó convirtiéndose en los anillos de Saturno.
La unidad del cuerpo resucitado, puesta en peligro por la circuncisión, encontraba así una solución no anatómica, sino astronómica. Newton necesitaría, después, inventar el cálculo infinitesimal y formular la ley de la gravitación universal para explicar mucho menos.
La resurrección de la carne planteaba problemas aún más complejos. Una doctrina que promete el regreso del cuerpo debe explicar primero qué entiende por «cuerpo». No basta con afirmar que los muertos se levantarán el día del Juicio Final. Es necesario establecer qué materia pertenece a cada persona. Entre esas dificultades, el canibalismo era una de las más delicadas.
Supongamos que un hombre devora a otro. El caníbal digiere la carne de la víctima y luego la transforma en músculos, sangre, grasa y huesos. Cuando suenen las trompetas y ambos cuerpos deban reconstruirse, ¿a cuál de los dos cuerpos pertenecerá esa materia?
El asunto empeora si el caníbal es, a su vez, devorado por un tercero. Este puede ser comido después por animales; los animales, por otros hombres; y los restos de todos ellos, transformados en plantas, frutos y nuevas criaturas. Después de miles de años, la materia humana ha circulado de cuerpo en cuerpo con una promiscuidad que haría imposible cualquier inventario ordinario.
San Agustín examinó la paradoja. Su respuesta fue que la carne devorada regresaría al cuerpo al que había pertenecido originalmente. Lo asimilado por el caníbal podía ser reemplazado por otra materia, pues Dios no necesitaba reconstruir a cada persona con todos y cada uno de sus átomos originales.
La solución salvaba la doctrina, aunque convertía la resurrección en una operación de contabilidad orgánica. Dios debía determinar la procedencia de cada fragmento, devolverlo a su primer propietario o completar los faltantes con relleno divino. La omnipotencia no solo levantaría a los muertos: tendría que revertir un gigantesco proceso de digestión universal.
Los ángeles planteaban dificultades de otra índole. Según la teología cristiana, son sustancias espirituales: inteligencias incorpóreas que no poseen carne, huesos ni órganos.
Esto no impidió que, según una antigua tradición, se venerara en la Basílica de la Santa Casa de Loreto una pluma que habría caído de una de las alas del arcángel Gabriel durante la Anunciación. Gabriel entró allí, le comunicó a María que concebiría al hijo de Dios y, quizá por la emoción del momento o por el roce contra una puerta, se le desprendió una pluma.
La reliquia plantea varias dificultades. La primera es la aerodinámica: ¿para qué necesita alas un ser incorpóreo? En un cielo espiritual, sin atmósfera ni resistencia aerodinámica, batirlas parece un esfuerzo innecesario. Un arcángel capaz de atravesar la distancia entre la divinidad y Nazaret, sin someterse a las leyes del movimiento, difícilmente requeriría plumas para mantenerse en el aire.
Quedan algunas preguntas menores. ¿Los ángeles mudan el plumaje? ¿Existen estaciones celestiales en las que el suelo del paraíso queda cubierto de plumas? ¿Se distinguen los coros celestes por la envergadura, el color o la velocidad de vuelo? Una teología verdaderamente exhaustiva habría debido ocuparse también de la ornitología celestial.
Pero no todas las reliquias provienen de cuerpos. Algunas intentan conservar aquello que, por su propia naturaleza, no puede retenerse. En Blois se habría exhibido una botella que contenía un suspiro de san José. La imagen posee una delicadeza que la salva del absurdo. Alguien quiso creer que aquel aliento no se había perdido, que podía permanecer durante siglos encerrado detrás de un vidrio.
También se habló de una ampolleta que contenía un estornudo del Espíritu Santo.
Otra botella contenía un destello de la estrella que guio a los pastores hasta Belén. Era una reliquia todavía más improbable y, acaso por ello, más hermosa. No conservaba la estrella ni un fragmento de su materia, sino apenas la luz que, al atravesar una noche los campos de Judea, había señalado, entre todos los lugares del mundo, un pesebre. La luz había viajado desde el cielo, había tocado los ojos de unos pastores y había terminado cautiva en una ampolla.
Estas reliquias no pretenden preservar huesos, sangre ni piel. Intentan impedir que ciertos instantes desaparezcan. Un suspiro se extingue apenas nace; un estornudo se disipa en el aire; un destello cruza la oscuridad y continúa su viaje. El relicario quiere detenerlos, confinarlos, convertir en sustancia aquello que solo existió por un momento.
Tal vez nadie creyera con absoluta literalidad que una botella pudiera contener la fatiga de san José, un estornudo del Espíritu Santo o la claridad de una estrella. Pero la imaginación religiosa comprendió algo que también sabe la poesía: ciertos instantes parecen demasiado preciosos para que el tiempo se los lleve.
La botella vacía se convierte en una forma de la nostalgia. Su contenido no puede verse ni medirse. Precisamente por eso puede contenerlo todo: el desconcierto de José, el frío de la noche, la respiración de los animales, el miedo de María, el silencio anterior al nacimiento y la luz que señaló el camino.
No vale la pena abrir la botella para demostrar que está vacía. Sería como corregir la gramática de una carta de amor. Tampoco vale la pena objetar que los anillos de Saturno están formados por partículas de hielo y roca. Sería tan pedante como señalar que los dragones no pueden volar por su peso. La imagen no pertenece a la astronomía, sino a la literatura fantástica, y en ese territorio resulta evocativa y hermosa.
La discusión sobre los cuerpos resucitados también posee algo bellísimo: busca una solución a la muerte en la que nadie desaparece por completo. La materia devorada, quemada, corrompida o convertida en polvo sería reunida de nuevo. Cada ser humano regresaría a sí mismo tras haber sido dispersado por la creación. La teología convierte el fin del mundo en una inmensa ceremonia de restitución.
La poesía teológica dotó de alas a los ángeles. Son hermosas porque expresan velocidad, libertad, elevación y liberación del peso de la tierra. Permiten que el mensajero descienda de otro mundo y que el alma imagine su propio ascenso. No necesitan obedecer a la física porque nunca le pertenecieron.
Leída como literatura, la teología constituye uno de los grandes archivos de la imaginación humana. Contiene monstruos, ángeles, demonios, cuerpos gloriosos, ciudades celestes, lagos de fuego, trompetas capaces de resucitar a los muertos y jueces que conocen la historia de cada átomo. Concibió un universo en el que la carne puede reconstruirse después de la putrefacción y una palabra, pronunciada fuera del espacio y del tiempo, basta para crear el universo.
Entre todas esas invenciones, algunas alcanzan una belleza y una desmesura difíciles de igualar. La de aquella pequeña porción del cuerpo de Cristo que no quedó abandonada en la Tierra ni terminó entre las reliquias que tantas ciudades aseguraron poseer quizá sea una de las más memorables.
Continúa girando alrededor de Saturno.
