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Freud fue un teórico imaginativo y un brillante escritor. Un hombre convencido hasta el delirio de la veracidad de sus conjeturas; un fanático que sin embargo se veía a sí mismo como un hombre de ciencia en la obligación de sustentar sus teorías por medio de experiencias clínicas.
Pero la verdad es que como científico Freud fue un chapucero y un manipulador, como se dejar ver en un reciente estudio de numerosos documentos históricos y cartas inéditas que ha puesto en evidencia la cara oculta de la historia freudiana.
Entre quienes se han encargado de desmentir los mitos y leyendas del sicoanálisis se cuentan el filósofo e historiador de la ciencia Mikkel Borch-Jacobsen y el ex sicoanalista y gran erudito en la obra de Freud, Jacques van Rillaer. En una magnífica colección de ensayos publicada hace pocos años, Le Livre noir de la psychanalyse, Van Riller y Jacobsen, junto con otros apóstatas de las teorías freudianas, han denunciando las falacias y manipulaciones de esta escuela, comenzando por su propio fundador.
Una de las mentiras más flagrantes en esta historia quizá sea el caso de Ana O., cuyo verdadero nombre era Bertha Pappenheim. Freud afirmó hasta el fin de sus días que su amigo y creador del método catártico, Joseph Breuer, había conseguido curar a Bertha de sus síntomas histéricos con una terapia que sería el modelo de todas las curas sicoanalíticas. En sus Estudios sobre la histeria se reporta la curación definitiva de Bertha en junio de 1882. Sin embargo, después de analizar decenas de archivos del famoso sanatorio Bellevue de Kreuzlingen se descubrió que para esta fecha Breuer había hecho preparativos para internar a Bertha en Bellevue por padecer una “ligera locura histérica”. La verdad es que su locura no resultó tan ligera: Bertha tuvo que ser internada en varias clínicas psiquiátricas durante los ocho años siguientes, y no fue hasta 1890 que pudo recuperarse y rehacer su vida en forma normal.
La terapia había sido un fiasco total y Freud lo sabía perfectamente. De hecho, la esposa de Freud, que conocía personalmente a Bertha, le había contado a su marido en repetidas ocasiones sobre el lamentable estado de salud de su amiga, que continuaba histérica y sufría alucinaciones. Sin embargo, esto no fue ningún impedimento para que Freud escribiera con el mayor desparpajo en un artículo, publicado en 1888: “Este método de tratamiento es joven, pero produce éxitos terapéuticos imposibles de obtener por otros medios”.
La infame operación de nariz que se le practicó a Emma Eckstein es otro episodio revelador del carácter acientífico del padre del sicoanálisis. Freud creía en la teoría de la “neurosis nasal refleja” de su amigo, el otorrino Wilhelm Fliess, y estaba convencido de que las frecuentes dismenorreas de su paciente desaparecerían una vez se le extirpase parte del hueso de la nariz. Emma fue intervenida en febrero de 1895 y a los pocos días comenzó a sangrar de manera incesante. Desesperada, y al borde de la muerte, recurrió a otro cirujano para que intentara detener la hemorragia. Al abrir su nariz, la causa del sangrado se hizo evidente: pegado a un trozo suelto de hueso había medio metro de gasa podrida que Fliess había olvidado retirar.
Lo que aconteció después es un ejemplo de la forma desvergonzada como Freud ajustaba sus teorías. En una serie de cartas que envió a Fliess la primavera del año siguiente, le informó que por fin había hallado la explicación a la hemorragia nasal de Emma: se trataba de “sangrados histéricos que expresaban el deseo inconsciente de ser tratada y amada por un médico”. Si bien el sangrado había tenido una causa física evidente, a Freud la experiencia solo le sirvió para corroborar otra de sus fantasías: la noción del cumplimiento fantasmático de un deseo.
Freud no solo fue un escritor seductor sino también un genio de la propaganda. Consiguió convencer al mundo de sus teorías, aunque carentes por completo de respaldo empírico y sin efecto terapéutico demostrable. Con sus contradictores fue despiadado: Adler, Ferenczi y Jung fueron desprestigiados, tildados de paranoicos y reprimidos sexuales. Los mismos mecanismos que usó Freud para defender sus teorías los siguen utilizando sus discípulos cada vez que se critica el sicoanálisis. Una vez revelada la verdadera historia de Anna O., algunos freudianos rabiosos alegaban que la curación de Bertha –ocho años después de la terapia– había sido una “cura en diferido”, un asombroso concepto siquiátrico que ni el mismo Freud se hubiera soñado.
Como mucha de la seudociencia, el sicoanálisis es un recipiente vacío que se adapta a cualquier contexto; una teoría cerrada que explica todo y sirve para todo: desde terapia siquiátrica hasta herramienta para la crítica literaria y artística. Más aun, explica hasta por qué algunos no creen en ella: "Si usted no cree, es porque nunca se autoanalizó en un diván. Se trata de pura resistencia". La topología, la dialéctica hegeliana, o incluso la neurología, casi cualquier cosa puede incorporarse a la teoría. Ya existe el neuro-sicoanálisis, la fusión entre sicoanálisis y neurociencias. Ahora, los freudianos se llenan la boca repitiendo: "Freud fue el uno de los fundadores de las neurociencias, y podemos confirmarlo". Se gana con cara y con sello; un truco grosero, ¡pero funciona!
