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Los inefables cualias

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Klaus Ziegler
09 de noviembre de 2011 - 11:44 p. m.
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Las inconfundibles figuras alargadas que caracterizan las pinturas del Greco han llevado a más de un autor a conjeturar que el artista sufría de una anomalía visual.

Más que un recurso estilístico, las deformaciones en su pintura serían consecuencia de un defecto en la curvatura del cristalino que le hacía ver los objetos alargados en dirección vertical. El argumento, en apariencia factible, no es difícil de refutar: para reproducir sobre un lienzo la imagen de un cuadrado, El Greco tendría que dibujar otro cuadrado idéntico, pues si en su lugar pintara uno “alargado”, la pintura luciría ante sus ojos doblemente distorsionada, incongruente con la percepción del objeto real.

No podemos concluir, sin embargo, que el singular pintor no padeciera la afección, solo que el defecto no se manifestaría en su obra. Pero, ¿cómo percibiría el movimiento? Si el mismo cuadrado comenzara a girar, El Greco notaría que en ciertos momentos sus ángulos internos dejarían de ser rectos de tal suerte que la figura al rotar se le asemejaría a un diamante elástico que se extiende y contrae a medida que da vueltas. Así, su mundo interno estaría conformado por seres plásticos que se deforman al inclinarse, una experiencia subjetiva propia, sin embargo, cognoscible desde fuera.

Pero no todas las experiencias subjetivas poseen esa característica. En el clásico experimento mental de Locke, un individuo percibe los colores rojo y verde de manera invertida: en su mente las fresas y los tomates maduros despertarían la sensación del color verde, mientras que la campiña se percibiría como una gran alfombra roja. La inversión del espectro lumínico sería inapreciable para él, y a diferencia de la anomalía del Greco, ésta sería imperceptible desde el exterior. Cabe la posibilidad, al menos en principio, de que en este sujeto la respuesta de su retina y su cerebro a las distintas longitudes de onda fuera la usual, no obstante su “vivencia interior” del color pudiera estar invertida.

Los filósofos han denominado “cualias” a las cualidades subjetivas de las experiencias que acontecen en el interior de cada psiquis, y que son accesibles solo para quien las vive: la percepción de los colores, el sabor del vino, las emociones estéticas, el dolor físico o moral, la angustia, la ira, la ansiedad, la alegría… Durante siglos se ha especulado sobre su naturaleza. Para filósofos como Daniel Dennett, el concepto constituye uno de los más virulentos memes de la filosofía. En su opinión, las propiedades atribuidas a los cualias no tienen una realidad constatable; desde su perspectiva serían conceptos vacíos, carentes de sentido. Para otros pensadores y científicos, entre quienes se cuenta el colombiano Rodolfo Llinás, los cualias no serían más que respuestas de nuestro cerebro a ciertos estímulos sensoriales. Según este punto de vista, todo el asunto se reduciría a la comprensión de la actividad neuronal: cada experiencia subjetiva sería identificable con un conjunto específico de reacciones neurológicas, precisamente aquellas que la representan, así que el estudio de las experiencias conscientes pasaría a ser un capítulo más de la neurofisiología.

¿Son los cualias susceptibles de ser estudiados con los métodos tradicionales de la ciencia? Supongamos que nos situamos frente a una cámara de video conectada a un computador. Una vez activamos el programa y enfocamos la lente podremos ver con nitidez nuestro propio rostro. ¿Está la cámara “viendo” nuestra cara? Por supuesto que no. Las cámaras son artefactos desprovistos de sensaciones, máquinas que convierten las imágenes en secuencias de impulsos eléctricos. Y el computador, ¿acaso “nos ve”? Una respuesta afirmativa implicaría que así mismo tendríamos que aceptar que los televisores también “ven” el noticiero de la noche. Pero sabemos de antemano que estos aparatos no hacen otra cosa que convertir señales electromagnéticas en matrices de pixeles lumínicos que a su vez excitan nuestra retina, que tampoco ve nada, pues es solo un transductor que convierte cada imagen en una señal que viaja por el nervio óptico hasta la corteza occipital. ¿Acaso el tejido neuronal “ve” algo? Las neuronas por sí mismas no experimentan sensación alguna. Pero aquí viene el gran salto: el “yo”, el sujeto consciente que en últimas vive la percepción subjetiva de la imagen sería precisamente una colección de patrones electroquímicos que se activan en respuesta al estímulo externo, así que en este punto la pregunta por la consciencia se desvanece en un espejismo, en una simple ilusión. ¿Una ilusión para quién?

Pero, ¿por qué trazar la línea divisoria precisamente allí, y no más atrás? La imagen que proviene de la cámara también activa miles de circuitos lógicos dentro del procesador, pero no por ello le conferimos al sistema el estatus consciente. Una máquina como Rybka, juzgada desde afuera, es indistinguible de un Gran Maestro, capaz de engañar a su contrincante con celadas que juzgaríamos brillantes de ser concebidas por un humano. Sin embargo, pocos se atreverían a afirmar que la máquina “comprende” el juego del ajedrez. De hecho, sabemos que el programa no hace otra cosa que explorar de manera sistemática un gigantesco árbol de posibilidades, siguiendo un procedimiento que en principio podría ser ejecutado paso a paso por alguien que incluso desconociera las nociones más elementales del juego pero dispusiera de paciencia infinita.

El hecho de que miles de neuronas (o compuertas lógicas) se activen y desactiven siguiendo patrones identificables no nos autoriza a deducir que el sistema en su conjunto “comprenda” o “perciba” lo que hace, a no ser que definamos la inefable cualidad de la consciencia como el fenómeno emergente en cualquier sistema complejo con una determinada arquitectura particular, y, como exige el “test de Turing”, capaz de manifestarse como si fuese consciente. Esta solución al problema de los cualias no difiere en esencia de la clásica respuesta a la pregunta ¿qué es un pato?: todo aquello que tiene plumas de pato, pico de pato, camina como pato y hace “cuac”.

En su opúsculo “Sobre los límites de las ciencias de la naturaleza”, el gran fisiólogo alemán Emil du Bois había conjeturado la existencia de misterios que trascienden la razón. No es casual que haya considerado el problema de las experiencias subjetivas como el más trascendental de todos los misterios.

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