A un joven de hoy le cuesta imaginar cuántas horas de primaria y secundaria se dedicaban, hasta hace no tantas décadas, a aprender ortografía. Había reglas, versos, excepciones y toda clase de recursos mnemónicos. Y no era un asunto menor: bastaba una tilde en el lugar equivocado o una b donde debía ir una v para descalificar a cualquiera, incluso a alguien con genuino talento literario.
Los procesadores de texto derribaron buena parte de ese muro. Quedaba, sin embargo, un obstáculo más alto: escribir con buena gramática. María Moliner, Bello, Bosque y Demonte, además de las gramáticas de la RAE, ocupaban estantes enteros en los despachos de los escritores —aún los veo en los míos, convertidos ya en fósiles vivientes—. Los periódicos y las editoriales mantenían una pequeña policía del idioma, armada de diccionarios y manuales de estilo.
Hoy, la inteligencia artificial ha empezado a hacer ese trabajo: corrige concordancias y tiempos verbales, persigue comas fugitivas, detecta preposiciones mal usadas, elimina repeticiones, cacofonías y muletillas, y hasta decide dónde conviene poner un punto y coma.
Me cuento entre quienes ven ese cambio con alegría. Los idiomas, después de todo, son organismos vivos: evolucionan y mutan sin pedir permiso. ¿De qué nos sirve saber que los gramáticos de la RAE ya permiten escribir “chévere” si en Colombia la palabra circula desde hace décadas, por igual, en boca de un gamín y de un erudito? La Academia puede expedirle finalmente su ‘green card’, pero la palabra lleva mucho tiempo viviendo perfectamente sin papeles.
Diría que la gramática es a la escritura lo que las reglas de etiqueta son a la buena cocina. Para ser un gran chef no hace falta saber cómo se sirve el vino ni dominar la ceremonia del descorche. Todo eso puede impresionar en un restaurante elegante, pero dice muy poco sobre lo que sucede en la cocina.
Muchas de estas destrezas han servido, sobre todo, como señales de exclusividad. Las sociedades humanas adoran esas cosas. Los aristócratas tuvieron escudos de armas; los sacerdotes, el latín; los académicos, títulos, citas y jergas. Cada grupo acaba inventando alguna contraseña para reconocerse entre los suyos.
Por eso, me parece saludable que la tecnología haga públicas esas contraseñas. En la escritura, alguien con ideas magníficas y una voz literaria singular ya no necesita un saco Brioni ni una corbata Hermès para entrar al salón de los elegidos: ahora el traje se lo regalan a todos. Y cuando todos van vestidos de alta costura, no queda más remedio que averiguar quién tiene realmente algo que decir.
La inteligencia artificial puede llevar mucho más lejos la democratización del conocimiento. Internet ya había puesto bibliotecas, artículos y grandes cursos al alcance de cualquiera. Pero seguía faltando algo más raro y valioso: un interlocutor. Y buena parte del poder de la universidad ha consistido precisamente en monopolizar, o al menos en administrar, el acceso a esos interlocutores.
Entonces, la pregunta surge por sí sola: ¿qué ocurrirá con la más venerada de todas nuestras instituciones intelectuales, la universidad?
Durante siglos, las universidades concentraron buena parte del saber escrito, de la enseñanza superior y de la investigación. Sus bibliotecas custodiaban los libros, sus profesores transmitían el conocimiento y la propia institución decidía, al final, quién merecía ser llamado ingeniero, abogado, médico o biólogo.
Hoy esas funciones comienzan a separarse. Las bibliotecas están en la red y también hay algunos de los mejores cursos y clases del mundo. Ahora aparece, además, algo verdaderamente nuevo: un interlocutor capaz de explicar, discutir, reformular una idea, responder preguntas una y otra vez y adaptarse al nivel de quien pregunta, siempre disponible y con una paciencia que ningún profesor humano podría sostener indefinidamente.
La universidad, al menos como la concebimos hoy, tendrá que transformarse si quiere sobrevivir. Seguirá siendo indispensable para buena parte de la investigación experimental y para la práctica médica, y conservará, sobre todo, algo mucho más difícil de reemplazar: la posibilidad de trabajar cerca de mentes excepcionales. Pero tendrá que responder a una pregunta que durante mucho tiempo pudo eludir: ¿por qué alguien debe pasar años dentro de ella y, en muchos casos, pagar una fortuna por conocimientos que hoy puede adquirir fuera de sus muros?
Algo parecido ocurre con las revistas científicas. En matemáticas, por ejemplo, siempre ha habido algo de cómico en que la demostración de un teorema necesite, además, un apellido de alcurnia matemática y un sello editorial para adquirir existencia oficial. Un teorema no es más verdadero porque haya sido escrito en Princeton, ni más dudoso porque haya sido demostrado en Bogotá o en Nairobi. Pero la academia también tiene su heráldica: revistas prestigiosas, instituciones venerables y nombres que funcionan casi como escudos de armas.
Los repositorios abiertos, por fortuna, ya han erosionado parte de ese poder. Hoy un matemático o un físico puede poner un manuscrito a disposición del mundo sin esperar, a veces durante años, a que algún árbitro encuentre una tarde libre para emitir su informe. Para cuando llega el dictamen final, el artículo puede haber sido leído por miles de colegas, corregido públicamente si contenía errores y utilizado por otros investigadores, aunque todavía no haya superado las exigencias —o las manías— de un árbitro particular.
La publicación tradicional sigue siendo importante. Sobre ella se han construido becas, contratos, ascensos y, sobre todo, prestigio. Pero la circulación del conocimiento ya no depende de que un pequeño colegio de cardenales académicos otorgue el nihil obstat.
Y son precisamente algunas de esas instituciones de élite las que contemplan la inteligencia artificial con mayor recelo. Annals of Mathematics, probablemente la revista matemática más prestigiosa del mundo, exige que, si una IA contribuyó con una idea, el autor explique cuál fue y le indique exactamente dónde aparece en el artículo. Uno casi puede imaginar una casilla adicional en el formulario: «Confiese aquí sus relaciones clandestinas con la máquina». Dudo mucho que este tipo de disposiciones consiga que los matemáticos dejen de usarla. Es más probable que, si la resistencia se vuelve demasiado insistente, Annals of Mathematics corra el riesgo de convertirse con el tiempo en el “anal” de las publicaciones matemáticas.
Supongamos que un matemático envía a esa revista una solución a la llamada Hipótesis de Riemann, quizá el problema más famoso de todas las matemáticas. ¿Qué sentido tendría preguntar si su contribución fue del 40,156 % o del 59,844 %? Lo importante sería saber si la demostración es correcta y cuáles fueron las ideas fundamentales que se tuvieron que descubrir, desarrollar o inventar para llegar a ella. ¿Qué es, entonces, lo que realmente preocupa a los editores? ¿Que los resultados sean correctos y que las matemáticas avancen? ¿O que una herramienta nueva pueda alterar el sistema de jerarquías, credenciales y privilegios que las élites académicas custodian con tanto celo?
Otras instituciones, menos temerosas de la novedad, empiezan, en cambio, a descubrir hasta qué punto la inteligencia artificial puede ampliar las capacidades de un científico, acelerar enormemente su trabajo y, en algunos casos, abrir caminos hacia problemas que durante años parecían fuera de alcance. Permitir el uso de la inteligencia artificial, pero exigir al mismo tiempo que no aporte ideas ni contribuya de manera sustancial al razonamiento, es casi tan absurdo como prestar un cañón con la condición de que no se use con fines bélicos.
Sospecho que dentro de pocos años estas declaraciones de pureza nos parecerán tan pintorescas como nos parecería hoy que una revista exigiera al autor precisar qué cálculos hizo con calculadora y qué párrafos escribió a máquina. Las instituciones pueden reglamentar el futuro durante algún tiempo, pero rara vez consiguen impedir que llegue.
Lo que sí pueden hacer es conservar durante mucho tiempo los símbolos de un poder que empieza a vaciarse por dentro. Las élites intelectuales no desaparecen simplemente porque pierden un monopolio. Los aristócratas conservaron sus títulos mucho después de haber perdido buena parte del poder que representaban. Siguieron existiendo duques, condes y marqueses, rodeados de escudos, ceremonias y árboles genealógicos; lo único que había cambiado era un “detalle menor”: los pergaminos seguían proclamando privilegios que el mundo ya no reconocía, y nadie tenía la menor obligación de inclinar la cabeza ante ellos.
Tal vez algo parecido ocurra en algunas instituciones académicas. Podrán conservar durante mucho tiempo sus títulos, sus escudos, sus ceremonias y hasta el derecho solemne de estampar un sello sobre el conocimiento, aunque cada vez menos personas necesiten ese sello para aprender, publicar o ser escuchadas. Entonces se habrá completado una metamorfosis bastante menos gloriosa de lo que sugieren los diplomas y las publicaciones: de templos del conocimiento habrán terminado convertidas en notarías del saber.