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Hasta hace poco era costumbre cargar en el bolsillo un trozo cuadrado de tela que prestaba a su dueño un sinfín inimaginable de servicios, entre ellos, sonarse la nariz.
Después de una cena abundante, cuando la sangre va al estomago y la nariz se enfría, no era extraño ver a uno de los comensales llevarse el pañuelo a la cara, y luego descargar su viscoso fluido nasal en dos o tres espasmos que se escuchaban como las notas desafinadas de una trompeta con sordina. A continuación se procedía a ejecutar una maniobra de doblez digna de un maestro de origami, con la cual se rescataba la única porción de superficie libre de esa inconfundible película amarillenta que dejaba traslucir el trapo. No era inusual que minutos después volviera a desenfundar el paño para secarse el sudor de la cara, o para refrescarse, extendiéndolo sobre la nuca.
La urbanidad y los buenos modales no fueron precisamente características propias de la cultura europea. Durante toda la Edad Media, y hasta el siglo XVIII, era común encontrar a alguien evacuando el vientre u orinando en un lugar público. Entre las primeras normas de fineza se cuenta esta reliquia: “no defecar en los pasillos ni en las escaleras”. Hay que recordar que ni siquiera el suntuoso Palacio de Versalles contaba con un solo baño. Y no fue hasta hace mucho que en las calles de las ciudades se ofrecía a manera de retrete un balde, y una capa que servía para esconder al necesitado mientras aliviaba sus urgencias. Eran épocas anteriores al descubrimiento más grande de la humanidad, después de la rueda: el inodoro de válvula, de John Harington, la única invención práctica, y la más genial, que haya realizado un poeta.
Uno de los primeros manuales de urbanidad en Occidente es el tratado de etiqueta “De Civitiate Morum Puerilium”, escrito por Erasmo de Rotterdam y publicado en 1530. Las recomendaciones que allí se hacen, como no sonarse con el sombrero, o con el gorro, ni en el brazo o en el codo, “a la manera del campesino o del salchichero”, resultan hoy cómicas por su obviedad. Sin embargo, no todas sus normas son igualmente anacrónicas. Hay individuos que todavía se suena la nariz ejerciendo presión sobre una de las fosas mientras exhalan con fuerza a través de la otra, hábito común entre futbolistas. Erasmo, aunque aconsejaba no retener el aire en el vientre por considerarlo perjudicial para la salud "reprimere sonitum, quem natura fert, ineptorum est, qui plus tribuunt civilitati, queam saluti", advertía, no obstante, hacer gala de la mayor discreción posible cuando se tratara de evacuarlo, una norma que, como el lector podrá constatar, está aún lejos de ser universal.
Escupir mientras se conversaba era costumbre común hasta bien entrado el siglo pasado, tanto que en algunas antiguas mansiones todavía se conservaban las “escupideras”, recipientes que se ponían a disposición de la visita para que ésta pudiese aliviar el exceso de saliva que el mismo hábito ayudaba a producir. Pero hasta escupir tenía sus reglas. Un hombre “educado” jamás escupiría en la mesa o por sobre ella, sino detrás de sí. En un manual de etiqueta de 1672 se advierte: “antes era lícito que las personas de alcurnia escupieran en el suelo, y era suficiente con poner el pie encima; hoy en día se considera indecente”.
En cuanto a la etiqueta en la mesa, Erasmo se opone a que se convide a otros con trozos de carne que uno mismo ha mantenido en la boca. Advertencias igualmente anacrónicas se pueden leer en otro manual de urbanidad y buenas maneras, este mucho más reciente, de Manuel Antonio Carreño. Allí se recomienda que “jamás limpiemos el escarbadientes en nuestros vestidos”; y se considera imperdonable grosería “separar del pan una parte de su miga para traerla entre las manos y jugar con ella, y sobre todo el formar pelotillas y arrojarlas a las otras personas”. No se menciona, sin embargo, una costumbre similar: formar bolitas, pero no precisamente con migas de pan, para luego arrojarlas dándoles impulso entre el pulgar y el índice, como gusta hacerlo el aristocrático técnico de la selección alemana de futbol.
En ese mismo manual pueden leerse otras normas que podríamos llamar “curiosas”, por decir lo menos. Carreño creía que los ronquidos durante el sueño se podían evitar con una buena educación. “El ronquido, ese ruido áspero y desapacible, no es un movimiento natural, sino un mal hábito que revela siempre una educación descuidada”. En épocas en que no se diagnosticaba la hiperplasia prostática, don Manuel consideraba reprobable la costumbre de levantarse en la noche a orinar, justificada solo por aquel “que desconociese todo lo que la educación puede recabar de la naturaleza”.
Esas antiguas normas de urbanidad parecen hoy un chiste, por su obviedad o por su anacronismo, y más de uno consideraría una pérdida de tiempo detenerse a analizar las que fueron reglas de conducta en épocas pasadas. Sin embargo, fue precisamente este material el que sirvió de fundamento para una de las obras más célebres de la sociología del siglo XX, "El proceso de la civilización". Cuando el gran sociólogo alemán Norbert Elias comparó las obras sobre etiqueta desde el Medievo hasta el siglo XIX pudo constatar cómo la vida cotidiana en Europa se fue transformando a través de generaciones.
Elias denominó psicogénesis a ese lento proceso de cambio de consciencia, en el que ciertas formas de autocontrol se fueron aprendiendo hasta constituirse en una segunda naturaleza, de tal manera que los límites de vergüenza y pudor permitidos en el Medievo resultaban inaceptables en el siglo XVIII. El mismo Elias, quien muriera nonagenario, fue testigo de cómo ciertos hábitos (escupir mientras se conversa o sonarse con el pañuelo y utilizarlo luego para secarse el rostro), corrientes en su infancia, ya se consideraban socialmente reprochables hacia el final de su vida.
