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Seudociencia freudiana

Klaus Ziegler

04 de febrero de 2009 - 09:38 p. m.

Uno de los episodios más patéticos de la historia de la siquiatría tuvo que ver con la infame operación de nariz que se le practicó a Emma Eckstein. La paciente sufría de molestias gástricas y dismenorreas que, según Freud, eran síntomas histéricos.

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Los frecuentes sangrados de Emma hicieron que Freud acudiera a su amigo Wilhelm Fliess, destacado otorrino, que en el mejor estilo de seudociencia freudiana había desarrollado una teoría de la “neurosis nasal refleja”, que permitía explicar los males de Emma como consecuencia de un defecto en los cornetes.

Freud estaba convencido de que los síntomas desaparecerían una vez se le extirpase parte del hueso de la nariz, y, temerariamente, invitó a Fliess a Viena para que le practicara la operación. Emma fue intervenida en febrero de 1895. Días después empezó a sangrar en forma incesante. Freud, desesperado, recurrió a otro cirujano.

 El hombre abrió la nariz de Emma y extrajo un pedazo de hueso pegado a medio metro de gasa podrida que Fleiss había olvidado en la operación, a lo que sobrevino una hemorragia que casi le cuesta la vida. La aterradora operación dejó a Emma desfigurada de por vida, con un hundido grotesco en el lugar donde el hueso se había desprendido.

Lo que aconteció después es un ejemplo de la forma descarada como Freud ajustaba sus teorías cuando éstas no coincidían con sus observaciones clínicas. En una serie de cartas que envió a Fleiss en la primavera del año siguiente, Freud le informó que por fin había hallado la explicación a los sangrados de la nariz de Emma.

Se trataba de sangrados histéricos que expresaban el deseo inconsciente ¡de ser tratada y amada por un médico! A Freud nunca le preocupó que el sangrado pudiera explicarse en forma natural.

Ante la necesidad de mantener la validez de sus teorías, no tenía inconveniente en ir modificándolas, convirtiendo cada contradicción en una confirmación de sus creencias. La experiencia con Emma dio pie para otra de sus fantasías: la idea del “cumplimiento fantasmático de un deseo”.

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En sus últimos años, Emma quedó inválida como consecuencia de un tumor abdominal. Aunque pudo volver a caminar después de extirpársele el tumor, Freud insistía, en contra de toda evidencia, que su invalidez tenía origen neurótico. Furioso ante el éxito de la operación, la expulsó para siempre del diván y con su característica arrogancia le escribe a un amigo: “Un paciente que se cura por malas razones, definitivamente no puede ser curado”.

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