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Tormenta en un vaso de agua

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Klaus Ziegler
01 de junio de 2011 - 11:00 p. m.
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La decisión de una joven pareja canadiense de mantener en secreto el sexo de Storm, su bebé de cuatro meses, para que crezca sin identidad sexual, ha desatado una verdadera tormenta. Hay librepensadores que ven en el estrafalario experimento un tributo a la libertad de elección, mientras que los más conservadores consideran que utilizar a los propios hijos como conejillos de indias es una forma de abuso infantil.

Los padres de Storm han justificado su decisión apoyándose en teorías difundidas por científicos sociales y feministas radicales, que sostienen que la identidad de género es producto exclusivo de la crianza y la socialización. Según esta creencia, los infantes aprenderían a reconocer desde temprana edad aquellos roles, conductas y atributos que la sociedad considera apropiados para su sexo, de tal manera que percibirse como hombre o mujer sería consecuencia de haber interiorizado ciertas categorías preestablecidas socialmente. En palabras de Simone de Beauvoir: “No se nace mujer, se llega a serlo."


El caso de Storm no es el primer experimento de su clase. Experiencias similares se repiten innumerables veces en sociedades como los ¡kung san, del Kalahari, y los gusii, de Kenya, donde niños y niñas se crían por igual, sin distinción de sexos, y son considerados de género neutro hasta la pubertad. No obstante, jamás se ha observado que esta educación modifique la estrecha correlación entre el sexo y algunos roles genéricos observados por igual en todos los grupos humanos.


En una columna anterior discutí el caso de Brenda, un gemelo varón a quien sus padres decidieron criar como niña tras perder el pene a los siete meses de edad. Durante años, un reconocido sexólogo, John Money, reportó que el cambio de sexo había sido un éxito, pues la personalidad de Brenda era claramente la de una niña –su caso aún se cita como evidencia a favor de las tesis ambientalistas–. La realidad era bien diferente: Brenda jamás logró interiorizar su rol femenino; de hecho, siempre fue una “jovencita” de maneras rudas que, incapaz de vivir en un cuerpo de mujer, cambió su nombre por el de David Reimer, más tarde se casó y fue padrastro de tres hijos.


Pero quizá la evidencia más contundente en contra de la construcción social de la identidad de género sea un estudio que apareció en Scientific American, en junio de 2007, sobre el caso de dieciocho adolescentes varones de una comunidad rural en República Dominicana que fueron criados como chicas, a consecuencia de una deficiencia enzimática que inhibe la conversión de testosterona en dihidrotestosterona e impide el normal desarrollo de los genitales masculinos. El estudio mostró cómo las latentes fuerzas biológicas hicieron lo suyo una vez llegada la pubertad, y de qué manera las “jovencitas” comenzaron a transformarse física y psíquicamente en típicos adolescentes masculinos. En lugar de chicas de aspecto varonil, la metamorfosis dio lugar a una repentina inversión de la supuesta identidad sexual inculcada.


La experiencia reunida en los últimos años por sicólogos y antropólogos demuestra que la tesis estándar de la formación de los roles genéricos como producto exclusivo de la crianza y la socialización está en total contradicción con la evidencia experimental. Por simple continuidad evolutiva, los humanos debemos llevar en nuestros genes un paquete de instrucciones que en combinación con el ambiente propicia ciertas pautas y comportamientos acordes con el sexo biológico, como ocurre en muchas otras especies animales.


El problema de la formación de la identidad de género, o de la determinación de las preferencias sexuales, es harto complejo. Una teoría satisfactoria exige comprender un intrincado proceso epigenético en el cual las hormonas prenatales modifican las estructuras cerebrales y determinan trayectorias ontogénicas naturales, comportamientos y respuestas ante el ambiente, diferentes para cada sexo. En el llamado síndrome adrenogenital virilizante, por ejemplo, los bebés virilizados presentan al nacer un clítoris enorme que llega a confundirse con un pene. Los investigadores han demostrado que las niñas afectadas muestran en los juegos una definida inclinación hacia aquello que identificamos como comportamiento varonil, y menos interés por juegos considerados femeninos.


No ha faltado quien prevea con horror un mundo futuro en que sexo y género pudiesen estar “invertidos”, si una mayoría de padres decidiera imitar a la joven pareja de Toronto. El fatídico panorama nos recuerda el temor que despertaron algunos sicólogos y lingüistas hace unas décadas, quienes sostenían que si los chimpancés no hablaban era solo debido a sus limitaciones fonéticas. Para demostrar su tesis entrenaron en el lenguaje de signos a un chimpancé, al que llamaron Nim Chimpsky, en burla a Noam Chomsky, uno de los primeros en atreverse a sugerir la existencia de una fuerte componente genética sin la cual el lenguaje sería imposible. Hoy los instructores del pequeño simio permanecen más mudos que Chimpsky, que nunca logró contarnos sus intimidades.


Es indudable que muchos roles genéricos son culturales, y que otros comportamientos que llamamos “masculinos” o “femeninos” no pasan de ser meros estereotipos. Pero ello no implica que la identidad de género se reduzca a simples etiquetas que la sociedad pueda permutar a su antojo. Buena parte de las teorías del género no son más que textos farragosos y vacíos; constructos verbales sin relación alguna con el mundo real; presunciones que solo se sustentan en circuitos cerrados de citas, pero nunca en estudios empíricos.


Creer que nos comportamos como hombres o mujeres porque así nos condicionaron es tan ingenuo como suponer que caminamos, pero no volamos, porque nunca nos han enseñado a batir los brazos como alas. Cualquiera que haya seguido de cerca el desarrollo de las ciencias cognitivas de las últimas dos décadas sabría que el escándalo desatado alrededor de Storm no pasará de ser una tormenta en un vaso de agua.
 

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